¿Unidad de la derecha?

Seguir hoy en día articulando los equilibrios políticos en torno a la división izquierda y derecha significa que no se entiende la nueva realidad política del siglo XXI. Aparte de que siempre han existido facciones muy dispares en ambos bloques, tras el fin de la guerra fría los habituales parámetros económicos, sociales y culturales que servían para etiquetar a un derechista y un izquierdista se han desdibujado por completo. La pertenencia a una clase social, a despecho de las teorías marxistas, ya no significa nada ideológicamente.  Vemos a ultraizquierdistas formando parte de consejos de administración de empresas multinacionales, plutócratas trotskistas y por el contrario derechistas promulgando leyes LGTB o liberales regulando al detalle la vida de los ciudadanos.

La atentica división ideológica que va perfilándose en este siglo XXI es la que separa a los partidarios de la mundialización y los defensores de las comunidades naturales.  Aquellos que creen en una humanidad apelotonada en torno a los mercados y conciben al ciudadano como individuo consumidor y contribuyente, frente a los que creen en una humanidad arraigada en la familia y la nación, con un ciudadano centrado en sus relaciones sociales en vez de en el hedonismo utilitarista del individuo.

Dicho esto, francamente resulta obsceno el empeño de algunos periodistas al servicio del bipartidismo en querer recomponer el espacio político español montando un batiburrillo entre PP, Ciudadanos y VOX, con la disculpa de desalojar del poder a Pedro Sánchez. De salir adelante una política de “suma” en bloques, aparte de un hipotético y efímero beneficio cortoplacista, (más bien para el PP) sin duda nos encontraríamos ante un retroceso en los profundos cambios que precisa la sociedad española para reconquistar la idea de España como proyecto histórico de futuro. No hay que ser muy perspicaz para entender que tal “suma” tendría el efecto de provocar la neutralización de las propuestas ideológicas recién llegadas al espacio público español de la mano de VOX, diluidas en esa entelequia que llaman centro-derecha.  Es decir, hacer que cambiamos, para no cambiar nada.

Más allá del entendimiento en políticas fiscales y el liberalismo económico en que, en mayor o menor medida, pueden coexistir estas formaciones, no existen mayores coincidencias. Por supuesto, Ciudadanos, un partido cash all, abraza sin tapujos la agenda globalizadora y sigue propugnando la disolución de la soberanía nacional en Europa, mientras ignora la comunidad nacional como realidad socio-política, apoya la ideológia de género, no se opone a la inmigración masiva y rechaza las raíces católicas de la sociedad española. Por su parte, el PP, consiente con los objetivos del mundialismo, a los que no se opone, ni en materia migratoria, ni en cuestiones de ideológia de género, ni en cesión de soberanía a instancias internacionalistas.   Sigue apostando por el Estado de las Autonomías, al que, no olvidemos, Aznar, aportó el mayor paquete de transferencias. Prueba de su decidida apuesta a favor del autonomismo disgregador la encontramos en su política lingüística, que impide que se pueda estudiar libremente en español. Imponiendo en Galicia y proponiendo en Valencia, Cataluña o Baleares un sistema de porcentajes que obliga a estudiar una gran parte de las asignaturas en la lengua regional. Ambos partidos igualmente han apoyado la condena a media España que implican las normas sectarias y totalitarias de la memoria historica. No parece muy descabellado decir que tanto PP como Ciudadanos pueden situarse dentro del consenso capitalismo-socialdemocracia que rige la agenda globalizadora.

Mientras, VOX, si mal no lo hemos entendido, parece que se perfila como un partido conservador que se opone firmemente a esa agenda globalizadora, cree en la identidad nacional y en la necesidad de revertir la deriva autonómica, que además defiende en solitario las raíces católicas de España.  Aparte del mutuo interés en desalojar a Pedro y Pablo de La Moncloa, no acertamos a comprender que otras razones existen para “sumar” fuerzas políticas, apenas compatibles, aparte de las del bolsillo de algunos, porque sólo desde el calculo de la rentabilidad y la ganancia pude sostenerse tal intención.

En esta realidad líquida que nos ha tocado vivir, el mundo por venir no se puede vaticinar, pero de lo que se podemos estar seguros a fecha de hoy es que los bloques que van a definir ese futuro no pasan por la tradicional división entre derecha e izquierda a la que estábamos acostumbrados. El rumbo lo marcarán los bloques favorables al mundialismo o a las comunidades naturales. Y de momento en España, ni PP, ni Ciudadanos “suman” dentro del bloque del arraigo.

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