Un gobierno en la luna

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“El problema del Poder es cómo lograr un uso responsable de él sin caer en la irresponsabilidad y la indulgencia” (Robert Kennedy)

Pudiera parecer que el título de esta Editorial proviene directamente del chiste fácil derivado de la presencia de un astronauta en la nómina ministerial. No ocultaremos que la chanza resulta recurrente por lo insólito del caso. Pero a fuer de sinceros, como iremos comprobando a lo largo de estas líneas, la apelación a la luna tiene bastante más que ver, en sentido metafórico, con la “desubicación” y las palpables contradicciones internas, inherentes a un equipo gubernamental gestado con la idea fija de “agradar a todos”. Si por definición la finalidad de un Gobierno es precisamente “gobernar”, podemos afirmar que la intención “prima facie” de Pedro Sánchez al configurar su gabinete ha resultado ser, por encima de otras, “gustar”. Y en ese sentido hay que decir que, en primera instancia, ha logrado su objetivo. A derecha e izquierda, desde los “constitucionalistas” a los independentistas, todos han creído percibir algún “guiño” a sus posiciones y motivos de esperanza en la salvaguarda de sus posturas. Expectación y alivio pudieran ser las sensaciones más comunes entre los muñidores de opinión y las fuerzas políticas. No obstante, como iremos viendo, este Gobierno “lunático” adolece de un vicio en origen que amenaza lastrar y condicionar decisivamente cualesquiera iniciativas “de Estado” con verdadero alcance y con un contenido realmente efectivo. Manejarse en los pantanosos terrenos del postureo y la ensoñación condena a quienes así proceden, a verse instalados en la absoluta irrelevancia, o lo que es peor, a constituirse en cooperadores necesarios del cataclismo…

LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL ESTADO

Vaya por delante una afirmación de principio: en España no cabe esperar, ni a derecha ni a izquierda, sea quien fuere el que gobierne, una auténtica, comprometida y consecuente Política de Estado. Semejante aseveración cobra inusitada gravedad si se refrenda con el hecho incuestionable de que hoy, más que nunca en nuestra historia reciente, resulta imperativa una actuación al frente del Estado que garantice la pervivencia del Estado mismo (incluso con independencia de su “morfología”), y por ende, de la Nación española como realidad política Soberana. A esto hemos llegado.

Tras la ominosa etapa en Moncloa del sonrojante “rajoy-sorayismo”, paradigma de la insustancialidad, toca el turno ahora a un “sanchismo” del que no parece aventurado vaticinar que va a discurrir por idénticos derroteros. La magra representación parlamentaria obtenida por los socialistas en los últimos comicios, unida a la pretensión expresada por Sánchez de intentar agotar la Legislatura, suponen un condicionante decisivo a la hora de intentar abordar cualquier iniciativa política de altos vuelos y un proyecto de efectiva envergadura “nacional”. Así pues, cabe colegir que Pedro Sánchez es, en todo caso, rehén voluntario de aquellos que con su apoyo en la Moción de Censura lo han aupado a la cúspide del Poder, lo que le obligará a un constante ejercicio de funambulismo en el desarrollo de sus funciones para evitar contravenir los intereses encontrados de sus ocasionales “compañeros de viaje”. De ello ya hemos tenido alguna muestra expresiva en sus recientísimas primeras decisiones…

La “puesta en escena” de Pedro Sánchez presagia únicamente nadería y un sospechoso “más de lo mismo” respecto a su antecesor en el cargo, en lo tocante a una definida y efectiva acción de gobierno. Acaso la principal novedad que podamos esperar consista en la sustitución de la imagen grotesca de M. Rajoy en sus ridículas caminatas, por el más garboso trote cochinero del nuevo inquilino del enclave monclovita. Eso, y que nos enseñe como ladra su perrita, nos muestre las manos pretendiendo sugerir que en ellas residen facultades taumatúrgicas, o se fotografíe con gafas de sol a bordo de un avión, remedando una imagen apolillada de John Fitzgerald Kennedy…

Parafraseando a Bauman, inauguramos una nueva “categoría”: la del “político líquido”, de la que Sánchez sería ejemplo perfecto; carente de solidez, del mínimo rigor, de contenido. Manejando sin desmayo conceptos evanescentes, superfluos, intrascendentes, como quien estuviera revelando a una audiencia aturdida el más prodigioso arcano. Toda una catarata de tópicos, redundantes eufemismos, eslóganes ajados y ese fetichismo cutre, de efecto anatemizante, tan caro a los autotitulados “progresistas”. Aposentado en una superficialidad congénita, se desliza sobre su propia delicuescencia taxonómica, provocando una especie de ajedrez mutante que diluye toda jerarquía conceptual en beneficio de la apariencia y el simulacro, según lo entendía Baudrillard.

Los planes de Sánchez pasan por resistir atrincherado en la poltrona y agotar la legislatura a cualquier precio, como único remedio para reestructurar su partido y hacerle recuperar “espacio”, tras una etapa que lo ha colocado al borde de la descomposición interna y la irrelevancia electoral. Como todo “político orgánico” que se precie, sabe que el “pegamento” más adecuado para unir a sus divididas huestes es aquel que le permita garantizarles poder continuar con su “modus vivendi”. Extramuros de la “zona de confort” arrecia el frío, y no resulta fácil renunciar de un día para otro, a las prebendas y las bagatelas que lleva aparejadas el cargo; sobre todo para aquellos que llevan tantos años disfrutando de sus privilegios sin tener que preocuparse, como el resto de los mortales, por llegar a fin de mes… Por eso Sánchez, consciente de los peligros que lo acechan desde su propia “casa”, está desde el mismo día en que puso en marcha la Moción de Censura, en campaña electoral. Y su objetivo es desarrollarla durante estos dos años y desde la Moncloa. Para ello no conoce otra fórmula que recurrir a una calculada “política de gestos”. El problema para él radica en la dificultad de contentar a tantos, durante tanto tiempo, simplemente con miradas de arrobo, almibarados pestañeos y algunos “regalitos” por cuenta del sufrido pueblo español. Para España y los españoles los problemas son: un Estado en franca descomposición, una Nación dividida en la que se discute su Soberanía y hasta su propia integridad territorial, y un Gobierno que, siguiendo la estela de los anteriores, emite signos alarmantes de estar dispuesto a continuar por la senda que conduce al despeñadero.

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