Reseña de “La noche en que puede haber visto tocar a Dizzy Gillespie”

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Título: La noche en que puede haber visto tocar a Dizzy Gillespie”

Autor: Antonio Tocornal

Editorial: Aguaclara 2018, 200 págs.

Lo memorable no es aquello que debe ser recordado, sino lo que merece ser transformado por la experiencia y el tiempo en un relato verosímil, la verdad de la ficción de nuestras vidas convertida en un referente fiable sobre cómo sucedieron nuestros pasos, la explicación de que hayamos llegado a ser lo que somos a pesar de lo que fuimos. Una vida sin reinterpretación es un expediente administrativo, o la descripción biológica de un proceso previsible: nacer, crecer, reproducirse y morir. Recordar, por el contrario, es nacer; volver a hacernos conforme a la lógica del presente en diálogo con la bruma del ayer. Es volver a encontrarnos sentido cuando la inmaterialidad del pasado ha arrebatado todo norte y todo sur a lo que hacíamos entonces, aquello que bajo la mirada de hoy (lo que hoy somos), no se sostiene ni en su propósito ni en su lógica (si es que alguna vez tuvo alguna lógica). Recordar es reconstruirnos con la cordura que nos faltaba y sin la pasión que nos sobraba.

Eso es justo lo que hace Antonio Tocornal en su notable, memorable novela La noche en que pude haber visto tocar a103-thickbox_default-1 Dizzy GillespieCuando París era París, más o menos la capital mundial de la cultura (pongamos a esa cultura todas las comillas que nos apetezca), un joven graduado en Bellas Artes, español por más señas, sumerge su existencia en la vorágine de la vida bohemia de la rive droite, entregado a una búsqueda cuyo objeto parece siempre importante pero nunca urgente. La novela nos situa en los años ochenta del pasado siglo y ya apenas hay nada que descubrir, ni en París ni en el mundo. Los viejos dirigentes del 68 han engordado, han conseguido aposentarse y llenar los bolsillos (unos más y otros menos), aunque ninguno ha renunciado a las chaquetas de pana, la barba de ocho días, los cafés de siempre, los eventos culturales más vistos que los semáforos y, por supuesto, la suscripción a Liberation. Sobre las ruinas del París revolucionario (pongamos más comillas), bajo cuyos adoquines brillaba el verde esmeralda de los mares más hermosos del planeta, continúan pululando inquietas tribus de derrotados, gente digna en su miseria y sabia en la aceptación del absurdo. Tal como afirma el autor: “Era la elección existencial de vivir de forma permanente en la revolución: una revolución íntima, autosuficiente y con la palabra derrota grabada en una hoja de afeitar o escrita con una tinta dulce y amarga al mismo tiempo. Una tinta que nunca se secaba…“.

Un fotógrafo ciego que triunfa discretamente en las salas de exposiciones, gracias al devanarse de sesos de “la intelectualidad” ante las manchas desenfocadas que cuelga de las paredes; un artista italiano llamado Franco (“como Francisco en España”, aclara para eludir malentendidos), que se gana la vida trapicheando con drogas y prestando su automóvil funerario para el traslado de obras enmarcadas, esculturas y toda clase de materiales necesarios a los afanes de la golfemia parisina; otro fotógrafo (éste con la vista intacta, a Dios gracias), dedicado al retrato erótico, quien consigue una perfecta expresión de repugnancia en todas sus modelos, por motivos inconfesables que los “entendidos” de turno identifican con el “hastío de la cultura occidental” y memeces semejantes; un poeta, estudiante frustrado de alemán, que escribe haikus en turco; una monja de año sabático dedicada a la industria del cine pornográfico… Son algunos, no todos ni mucho menos, de los poderosos personajes que pueblan la novela de Tocornal: todos rehenes de su elección en la vida y todos cautivados por la posibilidad de que algún día, por alguna causa azarosa y feliz, podrían dejar de ser quienes eran, cejar en la búsqueda y reconocerse personas en conformidad con el mundo y, lo más importante, consigo mismas.

En tanto llega ese desvelamiento, el protagonista y su clan de gente creativa, desnortada y marginal, recorren los días y los paisajes parisinos con encomiable entereza, un tesón que a menudo resulta enternecer, otras veces hilarante y en ocasiones terrible. Enternecedor me parece, sin duda, esa vuelta al día en ochenta mundos evocada a través de esta lectura, imaginaciones de un escritor también enajenado en su momento por la promesa cegadora del arte, la afición a la música, el jazz y la trompeta. Hilarantes son algunos pasajes que entroncan con la tradición literaria española del esperpento, las noches duelistas de Valle Inclán y las crónicas de la golfemia madrileña salidas de la fina pluma de César González Ruano. Y terrible…, sin duda: terribles son los episodios en que la vida y la muerte, la banalidad de la muerte y la condena de la vida, caen sobre los personajes de esta novela como una maldición redentora, como absolviendo a cada uno de los actores mediante el compasivo eximente de la ingenua indocilidad. Hay en todo ello (al menos me lo ha parecido), un último acento barojiano existencial, un desánimo inteligente que recorre la novela como un susurro: vayas donde vayas y hagas lo que hagas, encontrarás lo que estás buscando.

Apabullante, épico el final ante la tumba de Jim Morrison en el cementerio más ilustre del mundo. Todo el que me conoce y sabe de mis afanes literarios (y alguno de mis viajes) durante los últimos lustros, también sabe que el escritor que se detenga siquiera cinco minutos en el Pêre Lachaise me tiene ganado. Tan ganado como me ha cautivado esta novela encantadora, ágil como el vértigo de una noche, densa como la memoria nectarizada en 200 páginas de texto; a veces tremenda, a veces divertida y casi siempre triste. Como la vida.

No se la pierdan

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