Paisaje después de la “batalla” (I)

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“Nuestros políticos simplemente manejan el poder que controlan otros, que sabemos quiénes son pero no dónde están. Sin reconocerlo, harán lo que tengan que hacer, que es poco. Por eso les cuesta tanto marcar diferencias en sus programas” (Raúl del Pozo)

Tras la celebración de unas nuevas Elecciones Generales en España y con carácter previo al análisis político de sus resultados, POSMODERNIA quiere dejar patente una vez más, su razonada, permanente y terminante “Enmienda a la Totalidad” del Régimen político que resignadamente soporta nuestra Nación. Más allá de la victoria de los “hunos” o de los “hotros”, que diría Unamuno, y más allá también del fundamentalismo impuesto a nuestro pueblo durante décadas de porfiada manipulación, según el cual ni existe ni puede existir otro formato de participación y representación democráticas distinto del articulado en la nefasta Constitución de 1.978, reponemos con firmeza que España necesita con urgencia un nuevo Proceso Constituyente, de signo inequívocamente vertebrador y carácter eminentemente democrático, que garantice en primer término y sin dejar lugar a la mínima duda, su continuidad histórica como Nación y la inmediata recuperación de su Soberanía y su Independencia, subrepticiamente secuestradas; por “arriba”, con los burócratas de la UE, supeditados al dictado de los intereses de las élites supranacionales y “los Mercados” que nos abocan, mediante una inmersión forzada en las dinámicas de la Globalización, al desarraigo, la pérdida de nuestra Identidad, la precarización económica de la población y la disolución como sujeto histórico en una amalgama espuria multicultural y mundialista; y por “abajo”, con los separatismos interiores que, sacudidos por una pulsión masoquista y suicida, están empeñados en desmembrar la unidad nacional, provocando la secesión de sus territorios, la división artificial del pueblo que le presta aliento y contenido, y la subsiguiente mutación de una de las naciones más antiguas y gloriosas del mundo, en una suerte demencial de taifas ahistóricas e irrelevantes.

Mientras la nave de la Nación española amenaza naufragio en todos los ordenes, el Cártel político que nos ha conducido con su lenidad, su irresponsabilidad, su ineptitud y sus mercenarias corruptelas al vórtice de todas las tormentas, continúa disfrutando de sus festines y privilegios, manteniendo la ficción de unas imaginarias derechas e izquierdas diferenciadas y retroalimentando el simulacro de una democracia inexistente.

Tras esta breve “Declaración de Principios”, pasamos a exponer nuestra interpretación de los últimos resultados electorales.

DON TANCREDO: ENTRE LA INEPTITUD, EL MONOTEMA Y LA TORPEZA     AJENA

La figura de Don Tancredo tiene su origen en la tauromaquia. Un personaje íntegramente pintado de blanco, colocado sobre un pedestal en el centro de la plaza, esperaba completamente inmóvil la salida del toro. Una vez que el animal pisaba la arena y comenzaba a corretear por sus inmediaciones, el individuo encaramado en la peana debía permanecer en posición erguida, observando una hierática quietud para evitar ser embestido. El mérito del Don Tancredo de turno consistía en no hacer absolutamente nada, y aguantar estoicamente sin mover un músculo, tragando saliva, mientras el cornúpeta deambulaba por sus alrededores. Como quiera que a menudo los toros no se dejaban engañar tan fácilmente y en múltiples ocasiones arremetían con furia contra el indefenso fantoche provocando numerosas cogidas, esta suerte fue desechándose hasta desaparecer.

Viene a cuento la evocación de esta modalidad taurina tan pintoresca, para establecer un escasamente forzado paralelismo con lo acontecido durante estas Elecciones Generales, ganadas por Pedro Sánchez interpretando con pericia la bufa figura del Don Tancredo. Le ha bastado mantenerse quietecito y calladito (una forma de estar “calladito” es recurrir al habitual repertorio de vaguedades y tópicas naderías, que por otro lado forman parte de su proceder cotidiano…), para obtener un triunfo discreto pero suficiente, que le posibilita mantenerse en la poltrona y alcanzar de paso, la “legitimidad” que le negaba su “accidental” acceso a la Presidencia del Gobierno. Por recurrente comparación con el símil taurino referenciado, los toros que con frecuencia volteaban por los aires y corneaban a los que se empleaban como eventuales Don Tancredo, han resultado bastante más avispados que los adversarios políticos de Sánchez…

Pero para entender en toda su magnitud lo ocurrido hemos de recurrir a lo que constituye un auténtico catálogo de los… errores. Los de Sánchez y los de sus contrincantes.

Afirmar que Pedro Sánchez y su cohorte ministerial han sido una auténtica calamidad en el desarrollo de la labor que les correspondía desempeñar al frente del Gobierno de la Nación, no es desde luego un descubrimiento que merezca parabienes de ninguna especie. Está instalada en el subconsciente colectivo la imagen patética de un Gobierno ineficaz y perdido en la improvisación permanente. Lejos de proyectar solvencia, el propio Sánchez daba una sensación de fragilidad y escasez de ideas, mayores aún que su precariedad parlamentaria. El hombre que llegó al cargo de Presidente del Gobierno mintiendo durante la Moción de Censura interpuesta contra su antecesor, evidenció por encima de otras consideraciones, un grave problema de impotencia para afrontar la acción de gobierno, apenas disimulada por la constante apelación a la excusa de su exiguo respaldo en el Parlamento. Atrincherado en La Moncloa pese a haberse comprometido a convocar elecciones inmediatas, pretendió aguantar en el “machito” a base de postergar la resolución de los problemas. “Patada a seguir” a los conflictos y “decretazos” para contentar a unos pocos con espasmódicas dosis de demagogia y populismo barato.

Un equipo ministerial tan improvisado como sus actuaciones, ha resultado una fuente inagotable de escándalos durante estos meses, mitigados exclusivamente por el hastío de los españoles, incapaces de digerir más bazofia procedente de los ámbitos políticos. Entre las irregularidades fiscales y académicas, las revelaciones de las amistades peligrosas con las cloacas y las reiteradas meteduras de pata, sobre todo de las “miembras”, en las comparecencias públicas, el paso del Gobierno Sánchez ha terminado siendo devastador. Con todo, lo peor ha correspondido al propio Sánchez, ese que no cejaba de repetirse y repetirnos que era Presidente. Su actuación con los secesionistas se inscribe, por la gravedad de las consecuencias que ha podido generar, en territorios rayanos con la exigencia de una depuración de responsabilidades. Veremos próximamente la naturaleza oculta de esos supuestos acuerdos…

Lo curioso del asunto es que con este bagaje, con tantas piedras en la mochila, Sánchez y un PSOE en descomposición evidente, han logrado alzarse con la victoria en la última cita electoral. La respuesta debe buscarse a partes iguales en la torpeza inaudita de una Oposición incapaz y en un mantra explotado hasta la saciedad por Sánchez y adecuadamente difundido y amplificado por sus altavoces mediáticos: “¡que vienen las derechas!”. Esto último, un burdo monotema ribeteado de intencionada manipulación y pertinazmente reproducido desde el fiasco socialista en las elecciones autonómicas andaluzas, ha servido como desencadenante movilizador en los sectores de la izquierda y como espejismo distorsionador en unas derechas convencidas de tener ganado “el partido” antes de disputarlo.

ANDALUCÍA, PIEDRA DE TOQUE

Todo empezó en Andalucía. El “desalojo” del PSOE del Gobierno de la Junta de Andalucía, tras 40 años ininterrumpidos de hegemonía en esa Comunidad, representó “un antes y un después” en la evolución del mapa político de España. Para entender cabalmente todo lo que ha venido sucediendo con posterioridad, es imperativo remontarse brevemente a las elecciones autonómicas verificadas en esa región el pasado diciembre.

La que es probablemente, la Comunidad más “rica” de España (por recursos naturales, población, clima, etc.), ha estado regida durante las últimas cuatro décadas por sucesivos gobiernos socialistas, que la han sumido en una situación de atraso general respecto a la mayor parte de las regiones españolas. Problemas estructurales inducidos por una pésima gestión pública, paro endémico, redes clientelares y corrupción enquistada, configuran el panorama desolador del colapso andaluz.

A todo esto había que añadir el enfrentamiento interno en el seno del propio PSOE, entre la Presidenta de la Junta, Susana Díaz, y el inquilino de La Moncloa, Pedro Sánchez. Díaz, una “apparátchik” del socialismo andaluz con pretensiones de desplazar y reemplazar a Sánchez en la dirección del PSOE (al que por cierto había “colocado” ahí gracias a la fuerza de su Federación dentro del partido…), decidió anticipar la convocatoria electoral autonómica para evitar hacerla coincidir con las europeas y municipales (aún no había fecha para las Generales). Sus motivos básicamente residían en soslayar el peligro de que la nefasta trayectoria de Sánchez al frente del Gobierno, en particular su gestión en Cataluña, pudiera truncar una victoria que, como siempre, se daba por segura. De rebote, fortaleciendo su posición en Andalucía frente a un Sánchez que por entonces pasaba por sus peores momentos como Presidente, socavaba decisivamente la imagen, la credibilidad y el estatus de su rival dentro del partido, cuya caída como fruta madura sería solo cuestión de tiempo. O eso pensaban ella y sus adláteres, que ya vislumbraban el asalto definitivo a la Secretaría General tras las anteriores tentativas fallidas. Error fatal.

La campaña de Díaz se vio lastrada en todo momento por la catastrófica intervención de Sánchez en la crisis catalana y sus devaneos con los secesionistas, al punto que el “tema catalán” tuvo, curiosamente, mayor presencia y peso específico en términos absolutos, durante la campaña andaluza que durante las últimas Generales. Esto provocó la desmovilización y el desencanto de una parte importante del que se presumía, desde tiempo inmemorial, “voto cautivo” socialista en la región, al par que supuso un aldabonazo para que parte del electorado “neutro” o incluso tradicionalmente abstencionista, optara por otras opciones. Añádase como complemento ineludible, el hartazgo y el descrédito acumulado entre el electorado andaluz por las políticas del PSOE y sus corruptelas, así como el desgaste y desprestigio de la propia Susana Díaz, y tendremos el cuadro completo de un fracaso de proporciones épicas.

Pese a todo cuanto antecede, el PSOE resultó ser el partido más votado en esos comicios y su usual “antagonista”, el PP, obtuvo el peor resultado que se le recuerda, de la mano además, de un “amortizado” Moreno Bonilla del que solo se esperaba dentro de su partido que cumpliera el trámite electoral para convertirlo en la cara visible de un nuevo y sonado fracaso, y mandarlo después a casa con patada en el trasero incluida, por haberse “equivocado” de candidato en las primarias de los populares…

Pero el contexto había cambiado sustancialmente y el descalabro pepero fue paliado por el ascenso de Ciudadanos (que pese a haber estado sosteniendo toda la legislatura al Gobierno Díaz, decidió en uno de sus proverbiales bandazos, que había llegado el momento de dejarla caer) y por la, para algunos, sorprendente aparición de un nuevo actor sobre el tablero: Vox, que hacía su entrada en el Parlamento autonómico nada menos que con doce diputados. La suma de estas tres fuerzas, que habían coincido en sus respectivos argumentarios de campaña en la necesidad de desalojar a Díaz y al PSOE del Gobierno de la Junta de Andalucía, hacían posible la Investidura de un perplejo Moreno al que su propio fracaso, en las elecciones (y dentro de su partido), le había convertido pírricamente en Presidente…

TORMENTA PERFECTA

Desde el mismo momento en que terminó el recuento de los votos emitidos por los andaluces para elegir a sus parlamentarios regionales, comenzó un juego múltiple de estrategias cruzadas, que ha acabado por instalar a Pedro Sánchez de nuevo en La Moncloa. Las previsiones más optimistas del entorno socialista durante las semanas posteriores a la debacle andaluza, aventuraban un escenario en que “las tres derechas”, como empezaban a denominarlas, se impondrían con claridad en los siguientes comicios convocados (europeas, municipales y autonómicas), reeditando el “modelo andaluz”.

Entretanto un desconcertado Sánchez buscaba ganar tiempo con desesperación y se aferraba al cargo furiosamente, negando cualquier posibilidad de convocar Elecciones Generales y afirmando que pensaba agotar la legislatura “heredada”, pese a su dramática situación. Desaparecido de la escena pública, entre los referidos decretazos, cortinas de humo para intentar desviar la atención que avivaban los sucesivos affaires fiscales de sus ministros, las boutades recurrentes de sus “portavozas”, y sometido a un creciente hostigamiento desde su flanco derecho (“okupa” era lo más suave que le llamaban), la vida política de Sánchez discurría en un continuo sobresalto, con el único e ínfimo consuelo de que su mayor y más peligrosa enemiga dentro del partido, Susana Díaz, había quedado laminada en el torbellino andaluz.

La oposición “derechista” se agitaba alentada por el precedente de Andalucía, mientras la “ocurrente” ministra Delgado la bautizaba como “derecha trifálica” (lo que dicho sea de paso, enlazado con la revelación de sus gravísimas y escabrosas conversaciones con Villarejo, sugiere freudianas traiciones subconscientes de obsesiva inspiración psicosexual…). Las encuestas y, aún más el creciente desapego que suscitaba un Gobierno claramente a la deriva, otorgaban en esos momentos previsiones que permitían presagiar una réplica a nivel nacional del pacto “a la andaluza”. Desde el gabinete ministerial empezaban a filtrarse a la prensa “amiga”, sin demasiada convicción, posibles fechas para la convocatoria de Elecciones Generales, siempre después del verano. Y en esta atmósfera enrarecida, concurrieron una serie de hechos concatenados, que hicieron concluir a algunos que acababa de desencadenarse la “tormenta perfecta”. Y lo fue, solo que en sentido inverso a como ellos la interpretaron…

Cronológicamente Febrero resulto ser el mes clave. Habían empezado a conocerse detalles de las reuniones entre Sánchez y Torra (revestidas de una insultante y bochornosa parafernalia de “bilateralidad”), así como de los encuentros de Carmen Calvo con diversos representantes de la Generalitat. Un torrente de especulaciones aderezadas con interesadas confidencias por una y otra parte, inundaban las páginas de los periódicos y los comentarios en las emisoras radiofónicas y cadenas televisivas. Al socaire de lo que se iba conociendo, las redes sociales “echaban humo”. Fue entonces cuando dos acontecimientos quasi simultáneos “desataron los elementos”.

Quim Torra, un personaje que alternativamente parece sacado de un tebeo o de una burda película de terror de serie B, desveló públicamente los “21 pactos de Estado” que había exigido a Sánchez durante la grotesca “cumbre” de Pedralbes. Su contenido levantó una ola de indignación, exponencialmente incrementada por el recuerdo de las valoraciones que Sánchez y su Gobierno hicieron del encuentro, omitiendo mencionar lo allí tratado y ofreciendo una versión edulcorada (y deliberadamente falsa), de la temática abordada durante la reunión.

Al día siguiente, con una semi-simultaneidad que hubiera podido parecer calculada (de no ser por las catastroficas consecuencias que comportaba para el Gobierno de que formaba parte y para ella misma), la Vicepresidenta Carmen Calvo, en el transcurso de una inofensiva entrevista en la cadena Ser, se embolicaba desvelando primero e intentando explicar después, la “necesidad” de contar con la estrambótica figura de un “relator” (¡!) para mediar en el conflicto catalán. A continuación, con atropellada urgencia, se convocó una rueda de prensa para que Calvo matizara sus declaraciones. Vano empeño saldado en esperpéntico ridículo, con Calvo desarbolada y perdida en explicaciones de tinte “cantinflista” que lejos de sofocar el incendio lo propagaron definitivamente. Esta mujer de ignotas capacidades para el común de los mortales, que atesora un amplio historial de estruendosos patinazos, colocaba a su Gobierno en un brete de difícil soslayo. Para muchos acababa de estallar con todo su furor la tormenta perfecta, que barrería al ejecutivo de Sánchez y posibilitaría el acceso al poder de la derecha.

Jaleada por su público y “al olor de la sangre” del contrincante herido, una Oposición derechista movilizada y extramotivada, se aprestó a lanzar su ataque a la yugular sanchista.

Al frente de las escaramuzas se colocó desde el minuto uno Albert Rivera, sobrexcitado y encelado por las encuestas que en esos momentos le auguraban unos resultados prometedores. Ansioso por convertirse en cabeza visible de la nueva situación, no es esta la primera vez que su impaciencia provoca una convocatoria electoral que se finiquita con resultado contrario a sus intereses. Baste recordar su machacona insistencia en Cataluña, que brindó al pusilánime Rajoy la coartada para dejar la aplicación del artículo 155 de la Constitución en mero simulacro…

Casado, el típico producto de la “factoría PP”, que nunca está demasiado seguro de cuando “toca subir o bajar”, se sumó a la batalla acuciado por la necesidad de “tocar pelo” a toda costa y así “justificar” su ejecutoria al frente del partido. Confiado en que el infalible “voto del miedo” (añeja triquiñuela de contrastada efectividad entre los “feligreses” de la derecha sociológica), le conferiría derechos de primogenitura entre sus aliados, conjeturó que esa posición le permitiría taponar las innumerables grietas de su partido y consolidar su discutido liderazgo.

Los terceros en discordia eran Santiago Abascal y su emergente Vox. Sorprendidos en primera instancia e inmediatamente arrastrados a hacer “seguidismo” de sus eventuales “socios/competidores”, el escenario “ideal” para sus intereses venía definido por las inminentes elecciones europeas ya convocadas, en las que el voto tradicionalmente más “desinhibido” que en los comicios “domésticos”, unido a la ola de entusiasmo generada por su inesperado éxito en Andalucía, podría hacerles alcanzar un resultado histórico.

Con estos mimbres se urdió la organización de una gran manifestación de protesta contra el Gobierno y para exigir la convocatoria inmediata de Elecciones Generales. Fue lo que alguien ingeniosamente sintetizó en expresión que hizo fortuna, como “la foto de Colón”. Aunque bien es cierto que Rivera se encargó de desvirtuar el “posado” de los tres líderes, mediante la chusca artimaña de hacer subir al estrado a cualquier allegado que anduviera cerca, lo que obligó a los otros dos dirigentes a hacer lo propio, convirtiendo la instantánea en algo parecido al retrato colectivo de los invitados a una Primera Comunión (no obstante la clamorosa ausencia de la icónica figura central de la criatura protagonista del evento…).

Un atribulado y balbuceante Pedro Sánchez apenas acertaba a articular, en su parvulario estilo de vacua demagogia, un aparentemente frágil argumento que podría resumirse en “¡que vienen las derechas!”, y con ellas poco menos que el Apocalipsis y un retorno a la Edad de Piedra. Y hete aquí que lo que pareció una desmañada e improvisada “excusa de mal pagador”, se transfiguró en el mantra movilizador sobre el que orbitó toda su campaña electoral y le condujo finalmente a la victoria.

El punto de inflexión hay que buscarlo en Santander, donde había “huído” Sánchez para refugiarse en un acto del PSOE, el mismo día que en Madrid tenía lugar la manifestación de Colón. Allí entre una catarata de banales excusas deslizó por vez primera la que se convertiría en piedra filosofal de su campaña. Ignoramos si fue él mismo o alguno de los “gurús” que lo asesoran, pero alguien se percató en ese momento de que la parroquia izquierdista, sensibilizada con la, para ellos, “inexplicable” pérdida del bastión andaluz, “compraba” el endeble razonamiento y ese guión podría bastar para su movilización electoral. Este es el “nivel” de la “política” en España, aunque desde la “otra orilla” el rasero no difiere sensiblemente, como ya hemos explicado…

ENEMIGO A LAS PUERTAS

Es fácil para la “mediocracia” unidireccional imperante en nuestro país, asignar “etiquetas” según convenga al “consenso” tácito en el monodiscurso de la corrección política y el pensamiento único. Pero debería mover a reflexión el criterio arbitrario que preside el “reparto”… Porque continuamente los medios del Sistema despachan o deniegan credenciales “democráticas” con arreglo al interés predominante en cada momento. Verbigracia: los partidos separatistas, que alternativamente han sido caracterizados como irreprochables demócratas y garantes de la estabilidad, o por el contrario, como un peligro para la convivencia y una amenaza para las libertades, las leyes y la unidad de la Nación. Sin embargo, a lo largo del tiempo no hubo variaciones significativas en su línea de actuación, ya que en realidad siempre fueron “lo mismo”. Sus movimientos tácticos respondían exclusivamente a su jamás ocultada intención de ir cubriendo las sucesivas etapas de una inalterada hoja de ruta…

Viene esto a cuento porque el “etiquetado selectivo” sigue estando a la orden del día y su aplicación mediática continúa presidida por intencionalidades de la misma naturaleza, discrecionalmente inclusivas o excluyentes. Así por ejemplo, Vox y Podemos, grupos situados en los extremos (sea por voluntad propia o por decisión ajena) del imaginario arco prefigurado por el Sistema, son motejados indistintamente como “populistas”, atribuyendo al término un carácter peyorativo y una finalidad “neutralizadora”. Por contra, el recurso discursivo de Pedro Sánchez, sintetizado en el exabrupto “¡que vienen las derechas!”, en ningún momento ha sido considerado como un paradigmático ejercicio de “populismo” por los círculos de la mediocracia, pese a serlo con todas las letras…

Si la noción de “populismo”, en la versión para consumo masivo vulgarizada por los medios, consiste en la concreción de un mensaje extremadamente esquemático, proporcionando soluciones simples a temas complejos y buscando el elemento movilizador en un enemigo fácilmente identificable, convendrá con nosotros el amable lector, que nada se ajusta con mayor precisión al arquetipo descrito que la proclama sanchista “¡que vienen las derechas!”. Máxime cuando no se trata de un mero lema contingente, sino del argumento central (y diríamos que único) de toda su campaña.

La sobreexplotación del mantra por parte de Pedro Sánchez (y a su rebufo, del PSOE en pleno), nos remite a la imagen del “enemigo a las puertas”, dispuesto a arrasar la Arcadia feliz por la que tantos habían “luchado” tanto y tan heroicamente; sobre todo en el PSOE de los “Cien años de honradez”. Y “cuarenta de vacaciones”, como le reprochaban los viejos comunistas cuando durante la Transición utilizaron aquél cínico lema…

Y no es que pueda esperarse gran cosa de la derecha (el PP ya ha acreditado hasta la saciedad su incapacidad palmaria para brindar soluciones adecuadas y duraderas a los problemas de España…). Pero tampoco son Pedro Sánchez y el PSOE los indicados para enmendar la plana a nadie. Porque las “herencias” socialistas cada vez que han abandonado el Gobierno no son para enorgullecerse precisamente… Hasta el caballo de Atila podría presumir de haber dejado tras de sí mejores recuerdos…

La “zona oscura” implícita en el mensaje, y por ende, la que pasa más desapercibida para el espectador poco avisado, es la que remite a embozados resabios guerracivilistas, a esa moral de agraviados perdedores de una contienda remota, tan pacientemente cultivada durante años por ciertos sectores de cierta izquierda, para hacerla presente de forma activa en el distorsionado subconsciente de quienes nada tuvieron que ver y, en realidad, muy poco saben de aquél conflicto…

La absoluta ausencia de asertividad en el eslogan de Sánchez no le priva de potencial movilizador. En otro momento y en otro lugar resultaría seguramente estrafalario, y hasta ridículo (en lo pueril de su contenido). Pero en España todavía “funciona” en todo su esplendor la ficticia dicotomía izquierda-derecha, en decadencia en tantos sitios, por lo que cada elección se plantea como un “ser o no ser” y por lo que aún guardan vigencia viejos tópicos manipuladores, tan absurdos como el “mal menor”, el “voto del miedo” o “¡que vienen las derechas!”.

El elemento intoxicador “definitivo” para poner en valor la palanca dinamizadora de la movilización electoral perseguida por Sánchez, ha sido la “aparición” en el escenario de la “extrema derecha” y su inmediata “demonización”. Pedro Sánchez, el PSOE y sus corifeos mediáticos, han aprovechado para voltear el sentido “natural” del debate y orillar del mismo los temas esenciales, que eran además los que podían acarrear repercusiones más perjudiciales para su causa. Con una maniobra burda, pero brillante en su simplicidad desde el punto de vista estratégico, lograron desplazar los conflictos candentes que debieron constituir el eje fundamental de la batalla dialéctica, para suplantarlos por la “cruzada” de Sánchez y así dotar de una exagerada centralidad la deriva derechista de sus adversarios, focalizando la zona de impacto en la presencia de Vox. La añagaza sanchista se vio reforzada desde su inicio por la torpe y pusilánime actitud de Ciudadanos suministrándole munición; con el “desterrado” Valls instando histéricos “cordones sanitarios” en remedo enajenado del modelo francés, y el infantil Rivera jugando al escondite en medio de la plaza del pueblo. Efecto del mimetismo, las servidumbres y las ¿dependencias? “macronianas”…

 

(Continuará)

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