La sombra de la leyenda negra es alargada

Ransom Stoddard: ¿No va a usar la historia, Señor Scott?

Maxwell Scott: No, señor. Esto es el Oeste, señor. Cuando la leyenda se convierte en realidad… ¡Imprime la leyenda!

El hombre que mató a Liberty Valance. (John Ford, 1962)

 

El libro Imperiofobia y leyenda negra (Ed. Siruela, Madrid, 2016), escrito por María Elvira Roca Barea, es una obra que está dando mucho que hablar y que escribir y que a buen seguro lo hará aún más. Pero lo que es más importante, lo está dando para bien. Pues cada vez hay más españoles dispuestos a sacudirse el yugo de los cuasi seculares complejos que atenazan nuestra historia (así, con minúscula) y nuestra Historia (así, con mayúscula). Y no, no hay errata ni ha leído usted mal, amable lector.

Es con la estrategia del circularismo gnoseológico del Materialismo Filosófico desarrollado por Gustavo Bueno, que pretende superar tanto al descripcionismo, al teoreticismo como al ecléctico adecuacionismo, desde donde cabe calibrar mejor la importancia del trabajo de Roca Barea. Así pues, la historia, con minúscula, es el conjunto de reliquias y relatos que en el plano fisicalista y fenoménico conforman los hechos de nuestro pasado. La Historia, con mayúscula, es la ciencia humana siempre problemática que en el ejercicio del Entendimiento (que no de la memoria) y por decirlo al modo kantiano, da sentido teórico, esencial, a dichas reliquias y relatos. Como Dilthey nos enseñó la misión de la Historia es comprender, como lo propio de las Ciencias Naturales es explicar.

Y sí, hablamos de complejos, y no en sentido psicoanalítico sino ideológico, pues estos están hoy por desgracia todavía vivos en la vida social y política española, y pesan como una sepulcral losa en la moralidad común del pueblo español por boca de muchos de sus políticos y periodistas. Los recientes atentados terroristas islámicos en Barcelona y Cambrils, y me refiero sobre todo a su tratamiento político-mediático, son un buen ejemplo de ello. Complejos que han servido de coartada para perpetuar mitos oscurantistas, como el de “las dos Españas”, y para alimentar los demonios familiares y por ende intrahistóricos, más iracundos y violentos de nuestra piel de toro, y que, como subrayamos, todavía anidan en el emotivo discurso irracional de la Izquierda Indefinida y de la Derecha secesionista, que invocan añejos privilegios propios del Antiguo Régimen. Que dicha izquierda y dicha derecha sean, en su cortedad de miras, las dos caras de una misma moneda, es algo que también acierta a atisbar con precisión certera quien lea con perspicacia el excelente libro de María Elvira. Porque con gran valentía y sinceridad afirma la autora que su libro se ha escrito no para desentrañar el pasado, cosa que también hace y muy bien, sino para esclarecer nuestro futuro inmediato.

Luego estamos ante un ensayo histórico de gran calado, pues el trámite de la “historia fenoménica” que tal trabajo contiene, por su excelente erudición acumulada sobre la propaganda antiespañola elaborada a lo largo de los últimos quinientos años, apunta a un horizonte aún más profundo y por lo tanto más seriamente comprometido. Digámoslo de forma clara: María Elvira, y perdona que te tutee desde la rendida admiración por tu esfuerzo intelectual, has escrito un espléndido tratado de Historiografía, al desmontar las “leyendas negras” que circulan en torno a la historia de España.

Hay también que resaltar que el hecho de que la autora ponga una cita del Quijote, como divisa que anima el espíritu bajo el que ha concebido su estudio, no es un fútil ornamento. Pues esa frase de Cervantes viene a recordarnos en concreto que una nación política no es más que otra si no hace más que otra. Sobra decir que éste fue el caso del Imperio Español entre 1500 y 1800, por poner fechas redondas, y aunque como constata Roca Barea, con la llegada de los Borbones y su modelo más “colonial” que “imperial”, el imperio se estancase en ciertos aspectos o entrase en una situación de colapso.

Vayamos por partes. Ya sería de por sí muy meritorio que la autora hubiese recogido con precisión analítica toda la historiografía que, como constructo teórico, se ha elaborado por otras naciones occidentales de nuestro entorno sobre los principales acontecimientos del “ser” de España, de su acontecer histórico desde 1492. Mas no contenta con esto, al denunciar que toda esa tradición Histórica es el núcleo medular ideológico con el que otras naciones han fabricado la Leyenda Negra antiespañola, nos está mostrando, en ejercicio, que lo por estas naciones representado, como competidoras o enemigas del Imperio Español, es la sustancia misma que genera en embrión su existencia. He aquí pues una tesis fuerte que María Elvia deja entrever y que de forma clara ya Gustavo Bueno explicitó con contundencia en España frente a Europa (Alba Editorial, Barcelona, 1999). A saber: la Europa moderna, desde el Renacimiento, se ha construido en buena medida frente a España, frente al Imperio español. Y esta tesis genérica es tan cierta como que España, previamente, se gestó también frente al Islam.

Así pues, contra al Idealismo alemán presente en la orteguiana tesis de que “”España es el problema y Europa la solución”, la autora dice un “no” rotundo. Empecemos entonces por conocer la verdadera historia de España, sin las antiparras de la Leyenda Negra en sus diversas y sucesivas versiones, y tal vez muchos de nuestros actuales problemas políticos se desvanezcan como un espejismo. Pues pensar y reconocernos en la historia de España (ese nada mítico y fílmico, ¡Cuenta lo que fuimos!), ha de servir para sentirnos orgullosos de nuestro pasado con sus luces y sombras, para pensar nuestro presente y aquilatar con sensatez nuestro futuro inmediato. Y ello sin vestir los ajenos ropajes, o disfraces, que las naciones enemigas del Imperio español han recortado según los patrones de sus propias conveniencias. Además, en las últimas décadas son varios los historiadores serios extranjeros que comprueban atónitos como España es la única nación occidental, con un pasado imperial, que aún se cree la Leyenda Negra contra ella urdida. Pero mucho más grave es que bastantes de nuestros políticos la empleen en el forcejeo ideológico cual puñalada trapera.

España no es un mito, como el Imperio español no fue una quimera ni un mero sintagma que se desvaneciese como un susurro nada más de ser pronunciado.

Desde Emilia Pardo Bazán y Julián Juderías el concepto de “Leyenda Negra” ha tenido ya un largo recorrido, que en este libro se pone de manifiesto y que, entre nosotros, Iván Vélez, al que la autora menciona en su bibliografía, también estudia en su obra Sobre la Leyenda Negra (Encuentro, Madrid, 2014) y sobre el que vuelve al centrarse en el personaje de Hernán Cortes. (Véase, Iván Vélez. El mito de Cortés. De héroe universal a icono de la Leyenda Negra. Encuentro, Madrid, 2016).

Las propagandas antiimperiales existen y en el caso español siguen existiendo. Y el que esto escribe no se resiste a exponer un caso muy reciente. A finales de este pasado mes de agosto, en el canal televisivo Odisea se emitió un programa de la serie “El guerrero más letal” (Deadliest Warrior), en el que se comparaba a Hernán Cortés con Iván el Terrible, sus armas y su forma de combatir. Este programa, al margen de las cuestiones técnicas sobre las armas blancas y las de fuego, y la recreación de las mismas en su uso en combate, fue un ejercicio de “leyenda negra” infumable. Se presentaba a Cortés como casi un psicópata, como un genocida sediento de oro y sangre. Por otra parte el cine de Hollywood, principalmente a través del Western, ha perpetuado el estereotipo del español caballeresco, seductor y galante con las damas, intransigente y fanático en materia religiosa, anclado en el pasado y enemigo de todo progreso, como también ha fijado en la retina de muchos espectadores el icono del mejicano “seboso”, “grasiento”, vago, supersticioso y ruin o traidor.

María Elvira Roca expone muy bien que todas las naciones imperiales han generado su propia leyenda negra. El caso más reciente y conocido es el de Estados Unidos, en el que “leyenda dorada” y “leyenda negra” han tenido cabida en su evolución ideológica, aunque predominando lo primera sobre la segunda. Evolución que en el caso norteamericano se ha vehiculado a través de la Mitología generada con el cine como arte del siglo XX y que tiene su máximo exponente en la evolución de la esencia del Mito del Héroe en el Western. Nosotros hemos estudiado este proceso en nuestra obra El Western y la Poética (Pentalfa, Oviedo, 2016). Y si hablamos del territorio de lo que ahora son los Estados Unidos, sería muy importante comparar cómo ha tratado la historia (los relatos, la Leyenda, la Mitología) y la Historia como ciencia, a personajes como Ponce de León, Pánfilo de Narváez, Cabeza de Vaca, Pedro Menéndez de Avilés, el jesuita Francisco Kino, Juan Bautista de Anza, Vázquez de Coronado, López de Cárdenas, Juan de Oñate, Hernando de Soto, Bernardo de Gálvez, fray Junípero Serra, etc.,etc., y a personajes como Meriwether Lewis, William Clark, Zebulon M. Pike, Manuel Lisa, John Jacob Astor, William H. Ashley, Jedediah Smith, John C. Fremont, Kit Carson, Jim Bridger, John Colter, los hermanos Sublette, Hugh Glass, el reverendo Marcus Whitman, etc., etc. Esta es una tarea en la que estamos y que a partir del libro de Roca Barea toma pleno sentido, pues el trabajo de esta autora sirve de acicate para nuevas investigaciones.

Sin embargo la Leyenda Negra por antonomasia, la que no necesita más especificaciones, es la española. ¿Por qué? A responder a esta cuestión dedica la autora buena parte de su libro, pero para ello tiene que afrontar un problema crucial que es el de la propia idea de Imperio. Y ya al abordar la leyenda sobre Roma tiene que ir acotando conceptos. Conceptos en los que va profundizando cuando aborda también el antiamericanismo y la rusofobia, hasta llegar por vía inductiva a las características más comunes y universales de todo odio a los imperios. En este periplo investigador el método analítico de María Elvira Roca es preciso y certero, cotejando fuentes y analizando textos. Y así describe los mecanismos que generan toda propaganda negrolegendaria y cuáles son sus efectos en la constitución de mentalidades y creencias. Frente a estas formas de manipulación presenta la autora los hechos verdaderos, a la luz de las fuentes históricas y de los estudios serios y rigurosos. Destaca por ejemplo la seriedad con la que aborda la Inquisición y el Santo Oficio como institución.

Asimismo lo que es más importante en toda la obra es la distinción entre verdaderos imperios y naciones coloniales. El expansionismo español fue imperial y no colonial, pues “las Indias” no eran colonias. Inglaterra y Holanda, por ejemplo en Norteamérica, engendraron sistemas coloniales dedicados principalmente a la ocupación y a la depredación, mientras que España y Estados Unidos constituyeron imperios por el procedimiento de replicarse a sí mismos, donde era crucial la experiencia de la vida y la lucha en la frontera (pp. 344-345). Nosotros pensamos que Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid (c. 1048-1099), era un hombre de “frontera”, como lo era Daniel Boone (1734-1820) en el caso estadounidense.

Es en este contexto donde resulta muy interesante comparar la investigación de Roca Barea, con una de las tesis fuertes de la obra de Gustavo Bueno España frente a Europa. Nos referimos a la distinción entre Imperialismo depredador e Imperialismo generador. Afirma Bueno: “La norma del imperialismo depredador propone a la sociedad de referencia X como modelo soberano al que habrán de plegarse las demás sociedades políticas y, en el límite, tenderá a anexionarlas bajo su tutela. Es la norma del colonialismo. Las demás sociedades políticas sólo existirán, para la de referencia, a título de colonias, susceptibles de ser explotadas. La norma es poner a las demás sociedades al servicio de la sociedad imperialista. Como ejemplo canónico en la Antigüedad cabría citar el Imperio Persa de Darío. Como ejemplo de la Edad Moderna al imperialismo inglés u holandés, en tanto que aquel se regía por la regla del exterminio, en su principios americanos, o por la del gobierno indirecto en sus finales del imperio africano y asiático” (Véase en García Sierra, P. Diccionario filosófico. Pentalfa Ediciones, Oviedo, 2000, p. 578)

Las naciones coloniales que cita María Elvira Roca coincidirían con lo que Bueno diagnostica como imperios depredadores. Y para esta autora los verdaderos imperios serían los que Bueno define como generadores. Pues “imperialismo generador es un tipo de norma fundamental que preside las relaciones uni-plurívocas que las sociedades políticas pueden mantener entre sí. La norma del imperialismo generador es la de la intervención de una sociedad en otras sociedades políticas (en el límite: en todas, en cuanto Imperio Universal) con objeto de “ponerse a su servicio” en el terreno político, es decir, orientándose a “elevar” a las sociedades consideradas más primarias políticamente (incluso subdesarrolladas o en fase preestatal) a la condición de Estados adultos, soberanos. La norma del Estado, por tanto, es generar Estados nuevos,…” (G. Bueno en García Sierra, P., op., cit., pp. 578-579). Como modelos de imperialismo generador cita Bueno al imperio de Alejandro Magno, al imperio romano, al español, y más recientemente y bajo otra modalidad a la Unión Soviética y a los Estados Unidos, y todo ello sin dejar de reconocer que en ellos también hubo prácticas depredadoras.

Por todo esto y por mucho más el ensayo Imperiofobia y leyenda negra es una obra de investigación historiográfica esencial desde el punto de vista categorial, conceptual, y filosóficamente solvente por la claridad y distinción de sus ideas. Libro imprescindible para quien en nuestro infecto, confuso y corrupto presente en marcha quiera sentirse orgulloso de ser español con fundamento y sin hueros sentimentalismos. Pues cuando hay políticos en ejercicio que distinguen en un atentado terrorista entre víctimas catalanas y víctimas españolas, como si los catalanes no fueran españoles y el todo más que la suma de sus partes, constatamos con dolor que la sombra de la Leyenda Negra es alargada. Para combatir tanta estulticia y tanta maldad ha escrito María Elvira Roca Barea esta obra certera, que tendría que ser de lectura obligada en el bachillerato en todos los institutos de la nación española.

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