La batalla de la cultura

antonio

Este es el secreto: «Tomen la educación y la cultura, y el resto se dará por añadidura», enseñó Antonio Gramsci. La acción del colectivismo desde entonces se transforma. Ya no es el cambio de infraestructuras sino el de superestructuras. Siguiendo la orientación de Gramsci, desde el último tercio del siglo XX, la izquierda conquistó la hegemonía en la enseñanza, los medios de comunicación, la música, el cine y la televisión. Los representantes públicos de la cultura se redujeron a los actores, los cantantes y los periodistas que aprovechaban su fama para extender opiniones políticos y modelos de comportamiento social. Buscan establecer una nueva hegemonía. Parra Celaya lo señala: «A veces nos llaman la atención los manifiestos firmados por intelectuales, artistas y personajes del mundo de la cultura que se difunden sobre mil y un temas. Que nadie cometa la ingenuidad de creer en su carácter espontáneo: responden a una estrategia bien calculada, tanto por la inspiración de la misma como por sus posibles efectos sociales; no son más un reflejo de la estrategia que diseñó Antonio Gramsci en su momento, basada en la hegemonía ideológica». Destaca tras Gramsci la Escuela de Frankfurt y, en ella, Marcuse quien planteó que toda realidad es una construcción social, la verdad y la realidad no tienen un contenido estable y objetivo y llamó a desalienarse de todo marco normativo: semántico, sexual, ontológico, filosófico, políticos, moral, social, cultural, religioso…

Tras la renuncia a la lucha de clases, lucha horizontal, buscan la formación de bloques heterogéneos, lucha trasversal, que se articulan en torno a identificaciones políticas, porque, dicen, las identidades no están dadas, están en permanente construcción, son una cuestión social. La izquierda indefinida es antiesencialista y, por tanto, antiplatónica. Para ella todo son construcciones culturales, niegan incluso la biología. Ser madre o mujer, por ejemplo, no es un hecho biológico sino una construcción social, dicen sus pensadores. Para ellos, la identidad tiene su origen en lo social, es algo cultural. Argumenta Mouffe: «Según la perspectiva antiesencialista, la identidad nunca está dada naturalmente, es siempre una forma de identificación». Por eso buscan deconstruir. El término lo inició Martin Heidegger aunque su desarrollo corresponde al filósofo postestructuralista Jacques Derrida. Según Cristina de Peretti, deconstruir consiste en deshacer, desmontar algo elaborado para identificar los estratos ocultos que lo constituyen, pero también cuáles son las fuerzas no controladas que ahí obran. En política es similar a desmontar para volver a construir y ese es el objetivo de la izquierda indefinida: desmontar las identidades para construirlas de nuevo con otros parámetros difusos y contraculturales.

También la izquierda indefinida, la de las pequeñas causas de los derechos de quinta generación (género, emigración, raza, multiculturalidad) supera a la izquierda definida de la gran causa, la dictadura del proletariado. Mouffe señala que la izquierda marxista no supo entender «la especifidad de los nuevos movimientos que se habían desarrollado después del 68». Esas luchas (feminismo, antirracismo, LGTB…) no se entendían en términos de clase dado que muchos de sus componentes son burgueses e, incluso, ricos. Esa nueva izquierda busca establecer una forma de articulación de esas nuevas batallas, abandonando la lucha de clases. Sigue Mouffe escribiendo: «La lucha contrahegemónica es un proceso que implica una multiplicidad de rupturas para desarticular los varios puntos nodales alrededor de los cuáles está asegurada la hegemonía existente». Construir un populismo que articula demandas heterogéneas porque Mouffe niega, de forma explícita, la existencia del bien común. Esa disolvente nueva escuela de la sospecha atomiza la comunidad, hacer perder la fe de las personas en sus comunidades, en sus creencias, en la genética y en sí mismas. Legisla hasta la alcoba. Para ello necesita entrar en las escuelas y controlar los medios de comunicación. Extracto de Carmen Posadas: «En la Universidad de Londres el Sindicato de Estudiantes de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos ha exigido que desaparezcan del programa de estudios Kant, Descartes y Platón, por ser filósofos racistas y colonialistas (…) Los estudiantes de Teología de la universidad de Glasgow han ido un paso más allá exigiendo a los profesores que se abstengan de mencionar a los alumnos contenidos que puedan resultar ofensivos o desagradables, como por ejemplo imágenes o referencias a la crucifixión».

Mediante la ingeniería social esa izquierda canta a la diversidad aparente cuando lo que hace es uniformar, disolver las culturas clásicas aniquilando de forma sistemática los pilares culturales de la civilización. Incluso retorciendo ideas correctas: «Para diseñar una respuesta propiamente política, debemos darnos cuenta de que la única manera de luchar contra el populismo de derecha es dar una formulación progresista a las demandas democráticas que se están expresando con un lenguaje xenófobo. Esto supone reconocer la existencia de un núcleo democrático en esas demandas y la posibilidad, a través de un discurso diferente, de articularlas en una dirección emancipadora», escribe Chantal Mouffe, aunque advierte que «una perfecta libertad y una perfecta igualdad no pueden coexistir juntas».

La hegemonía social de la izquierda se basa en su falsa identificación con las ideas de solidaridad, igualdad, libertad. Sustituye a las palabras gastadas sobre la redención del proletariado; oculta el “Libertad, ¿para qué?” de Lenin. Dice Alberto Buela: “a) En los medios masivos de comunicación ciertos periodistas y locutores, esos (Paul Feyeraben), nos dicen qué debemos hacer y pensar: se dice, se piensa, se obra, se viste… b) A través de los artistas como traductores de conceptos e imágenes en los teatros y cines”; con ello generaliza conductas que hace admisibles. Sus creencias rigen la vida común. Salazar nos recuerda que «una analogía es válida como ilustración, pero no como argumento», es una perversión de la racionalidad griega de la que procedemos.

Como dice Alain Minc, sus políticos se convierten en publicitarios, convencen a su clientela que un lema sustituye a un programa; la imagen reemplaza a la personalidad, y el estilo, al alma. Su Estado sustituye a la nación e invade la intimidad. Ese Estado es quien impone la forma de convivir y el relato histórico. Luego se condecora a sí mismo y se titula Estado de Derecho, donde rige la ley sobre todos, una sandez. Una ley que elabora el poder legislativo del Estado, luego no es tan independiente sino que depende de la voluntad de los legisladores, léase diputados. En cualquier caso, todos los Estados son de Derecho pues todos elaboran sus leyes a su conveniencia y las imponen al común.

También ese izquierdismo impone su lectura torticera de la Historia. Asigna desde esos nuevos púlpitos lo que es correcto y lo que no, reprobando al disidente y cualquier pensamiento crítico de sus dogmas. Fomenta hábitos de autocensura en las personas. Su influencia en el lenguaje obliga al antagonista a permanecer a la defensiva porque también habla con sus modos de expresión. Esa izquierda ha conseguido definir las grandes cuestiones políticas en sus términos: el derecho a decidir, lo llaman cuando hablan de muerte o de secesión. Etiqueta a sus adversarios con su lenguaje que expresa sus valores. El poder de nombrar, dice George Lakoff, tiene implicaciones morales y emocionales cuando se construye un discurso articulado con un lenguaje eficaz: «Si te limitas a argumentar en contra, pierdes tú, porque refuerzas su marco». En su discurso hay información interesada, es decir, tergiversada, manipulando desencadenantes emocionales y el deseo de comunión en torno a sus valores. En su narración se apuesta por la cantidad, no por la calidad, se burlan del heroísmo y se ríen de la prudencia. No se limitan a querer tomar el poder sino, además, a asegurar su posesión imponiendo su perspectiva vital y tratando como leprosos sociales a los disidentes. Buscan la representación exclusiva fuera de los esquemas clásicos, aunque tengan menos votos que los demás. Generan emotividad ambiental, apoyados en el mito del pueblo, de la gente, cuando sus ideas son proclives a las de minorías que pretenden, nada nuevo, imponerse sobre la mayoría.

La izquierda indefinida divulga sus ideas por medio de las redes sociales también, donde reinan la jactancia narcisista y el batiburrillo de banalidades. Los partidarios de las ideas en alza, al expresarse con fuerza y seguridad, producen la sensación de ser abrumadoramente mayoritarios frente a las personas que apenas se atreven a hablar públicamente, con la sensación de representar opiniones menos valiosas y extendidas. El resultado es la creación de una espiral del silencio: en situaciones de confrontación, aquellos que se perciben a sí mismos como portavoces minoritarios tienden a inhibir sus expresiones públicas por temor a la marginación social. La izquierda implanta su hegemonía en la sociedad, controlando las emociones con aires festivos, inherentes a la sociedad consumista global, y conforma las ideas de legitimidad que sostienen las mayorías políticas. Sus periodistas abusan de su privilegio de criticarlo todo sin estar sometidos a crítica alguna. La homogeneización de comportamientos sociales juega un papel discriminatorio. Desacreditan a las élites ajenas. En la opinión publicada la vigilancia de la disidencia se convierte en castigo a lo diferente. Porque sin opinión pública, los medios de comunicación son impotentes. Tienen que postular su presencia y extender su teología, escribe Minc. El periodista es poco menos que impune. Ha de ser descubierto en enormes mentiras o errores para ver reducida su credibilidad ante la opinión pública. Sus juicios errados, sus vaticinios incumplidos y sus difamaciones desaparecen, en poco tiempo, gracias a la amnesia colectiva, a la opinión volátil.

Advierte Íñigo Errejón: «Es un error regalarles a las fuerzas más reaccionarias la posibilidad de representar ellos una idea de país». La única idea de patria permisible es la suya, a la que también se adhiere la derecha, timorata y acomplejada, incapaz de articular un discurso de respuesta que no sea el miedo: ¡qué vienen! Todos al suelo. Sin embargo, la cuestión nacional y la izquierda la aclara Gustavo Bueno: «Será esta una izquierda que, por definición, se niega a asentar su acción en una plataforma política positiva; dicho de otro modo, se niega a reconocer cualquier tipo de parámetro positivo, y se verá obligada, en cambio, a tomar parámetros imaginarios (el Género Humano, la Humanidad). Propiamente se trata de una izquierda negativa, que se manifestará en muy diferentes modulaciones de valores. Acaso la modulación más moderada sea la que parte de un Estado definido para buscar su extinción, no ya globalmente, sino mediante su fragmentación o su “emulsión”, de suerte que el Estado del que se partió pueda ser reducido a sus supuestas partes elementales, a las cuales se atribuirá la capacidad de autodeterminación».

A la postre, la izquierda indefinida seduce más que la adusta derecha social, señala Agulló. La derecha se hace socialdemócrata del acomplejado hombre light y la izquierda, millonaria y prohibicionista. Escribe Gustavo Bueno: «El “ser de izquierdas” se presenta entonces como un atributo capaz incluso de conferir un sentido a la vida; un atributo que permitiría situar a los hombres en el puesto real que les corresponde en el Mundo, y ello aunque su vida transcurra en lujosos apartamentos o en la vida social de los círculos más aristocráticos». Mientras la izquierda ha abrazado la vida muelle de la derecha, la derecha se ha entregado al estatismo, como dice Dalmacio Negro, a los controles para todo, a la destrucción de las tradiciones de la conducta, a los impuestos elevados para mantener un Estado monstruoso, soporte perfecto de las oligarquías, en las que participan los partidos parlamentarios que conviven en los pasillos del poder que decía Carl Schmitt. Se consolida el centro de negocios que es el Estado de Partidos, sentencia Dalmacio Negro: «La oligarquía formada por las élites no se circunscribe a lo que llamaba Mosca la clase política: es una red que comprende las élites financieras, industriales y mediáticas con acceso al poder político o favorecidas por él, incluyendo por supuesto a los “intelectuales orgánicos” de Gramsci».

Aunque muchos de sus seguidores usen el terrorismo, bajo las banderas del antifascismo, es una acción individual, caduca; sus líderes instrumentalizan el terror colectivo, estratégico. Quieren inspirar un “miedo saludable” para que todos asuman su hegemonía y a los disidentes demonizarlos, hacerlos huir. Revientan actos, conferencias y presentaciones de libros que son opuestos a su doctrina. Su retórica mantiene que un acto de violencia no lo es cuando el objetivo es correcto según sus miras. Ahí está la defensa de Bódalo, agresor de una embarazada, o la presentación del etarra Otegi como un hombre de paz. Hay una manipulación retórica, a una paliza le denominan enfrentamiento. Recuperan el terror como forma de dominio, como lo hizo la Revolución Francesa, como lo implantó V. I. Lenin. El 8 de agosto de 1918, Vladímir Ilich Lenin escribió a Fiódorov para expresarle la necesidad de aplicar el terror de masas para “construir el orden revolucionario”. Argumenta el líder soviético: «Debemos ejercer todo esfuerzo posible para que tres dictadores de manera inmediata introduzcan el terror de las masas, disparen y eliminen cientos de prostitutas, soldados borrachos, antiguos oficiales, etc. No se puede perder un minuto». Escribe Jacques Baynac: «Trotsky, que fue uno de los personajes que más usó el terror, como lo demuestra en su libro “Terrorismo y comunismo”, cuenta cómo Lenin decía: “¿creéis realmente que podemos salir victoriosos sin utilizar el terror más despiadado?”».

Pensar de modo diferente requiere hablar de modo diferente

Dugin nos recuerda que, entre los diversos, hay unidad en la negación, en la lucha contra el enemigo común, y pluralismo en la afirmación, cada colectivo es el que es. Los disidentes deberán asumir la posmodernidad más allá de la reacción a la izquierda o a la derecha, creando su propio lenguaje, desenmascarando el discurso dominante, superarlo. Como dice Salazar, «hay que nombrar al enemigo y que el nombre se le quede pegado». Obligar al adversario a hablar como nosotros sin caer en la trampa de hablar como ellos. Recuperar el dominio retórico. Tiene que ser capaz de comunicar sus logros. Mientras ellos se dispersan en la multiplicidad y la duplicidad, nosotros nos centramos en la unidad. Construir en torno a una idea no clasista, interpelando a diversos sectores y construyendo bloques nacionales y populares amplios. Construir un nosotros. Recuperar la idea-fuerza de comunidad, denunciando el despotismo representativo. El patriotismo pierde a sus hombres graníticos y hace, como mucho, un socialismo de cuartel sin tropas. Es imperativo recuperar el tono social, que no es algo que nace con Marx. El erasmista Luis Vives, a quien ni los más reaccionarios pueden acusar de marxista por razones obvias (siglo XVI), lo afirmó tajantemente: «Lo que da Dios a cada uno no se lo da para él solo (…) Nuestra avaricia y nuestra malicia introducen carestía y hambre en la abundancia de la Naturaleza y ponen pobreza en las riquezas de Dios».
Afirma Alain de Benoist que hay conflictos en todas las culturas, pero en su concepción del mundo lo que prevalece no es una visión conflictiva, el individuo contra la comunidad, sino una visión “cósmica” dirigida al orden y a la armonía natural de las cosas. Continúa: al mismo tiempo que el poder es universal, pero las formas de poder no lo son; el deseo de libertad es universal, pero las formas de responder a él pueden variar considerablemente.

Los gobiernos no pueden dar trabajo, dentro de las claves del Estado del bienestar, y ordenan a sus profetas que hablen de la sociedad del ocio -¿ocio sin dinero?- mientras millones entran para relevar a los europeos en el trabajo, la cultura y la cama.

 

Bibliografía
  • de Benoist, Alain. Derechos Humanos, deconstrucción de un mito moderno. Ediciones Fide, Tarragona, 2016.
  • Agulló, Rodrigo. Izquierda indefinida y hegemonía social. Altar Mayor nº 175, enero—febrero de 2017.
  • Baynac, Jacques. El Terror bajo Lenin. Editorial Tusquets, Barcelona, 1978.
  • Bueno, Gustavo. En torno al concepto de “izquierda política”. El Basilisco (Oviedo), nº 29, 2001.
  • Errejón, Alain y Mouffe, Chantal. Construir pueblo. Hegemonía y radicalización de la democracia. Icaria Editorial, Barcelona, 2015.
  • Lakoff, George. No pienses en un elefante. Lenguaje y debate político. Editorial Complutense, Madrid, 2007.
  • Minc, Alain. La borrachera democrática. El nuevo poder de la opinión pública. Ediciones Temas de Hoy, Madrid, 1995.
  • Negro, Dalmacio. Desmitificación de la democracia. Altar Mayor nº 160, agosto de 2014.
  • Parra Celaya, Manuel. Gramsci y su influencia en el mundo de hoy. Conferencia para la Hermandad del F. de J. el 31 de marzo de 2016.
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