Horrorizados

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La imagen que ilustra este artículo tuvo recorrido viral en Internet y otros medios, incluida alguna que otra TV: en tanto las jerarquías municipales y autonómicas de Valencia expresan su repulsa tras los atentados de Barcelona ocurridos el pasado 17 de agosto, se aprecia la jocosa errata cometida por el chapuzas de turno, quien erró en la inclusión de una coma en el mensaje. La frase “No tengo miedo” escrita en valenciano (¿catalán?) y castellano (¿español?) se convirtió en una esperpéntica declaración: “No tengo por-no, tengo miedo”. La risa estaba asegurada, pero en lo que no repararon la inmensa mayoría de quienes compartieron y se carcajearon con el desliz fue en el pie de la pancarta. Aprovechando que el siniestro había ocurrido en Barcelona, los pancatalanistas de Compromís y sus socios de Podem señalaban, con no poco oportunismo y sin ninguna vergüenza: “Todos somos Catalunya”.

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Dejando a un lado la crueldad manipuladora del mensaje (hay que tener mala entraña para exprimir a las víctimas de las Ramblas en beneficio de causa tan mezquina como la de los “paísos catalans”), queda una evidencia ejemplificada: hace mucho que la verdad y la neta realidad se erigen como una molestia indeseada para el discurso de nuestra izquierda redentora; un obstáculo salvable (por fortuna para ellos) mediante la acción discursiva y fabuladora de la posverdad. Ciertamente, la realidad ha dejado de ser importante en tanto que el núcleo de los fenómenos, su verdadero significado y alcance, se instituyen a posteriori mediante la interpretación de los hechos objetivos. En suma: lo que sucede no es relevante, sino lo que se explica y conjetura a partir de la facticidad y, sobre todo, las conclusiones que se alcanzan una vez realizado el ejercicio de distorsión ideologizada. Si unos asesinos yihadistas masacran a 16 personas y dejan heridas a 160 en las Ramblas de Barcelona, la posverdad impone su lógica: Valencia pertenece a los “paísos catalans” y qué mejor ocasión para manifestar dicho axioma. Así funciona la posverdad.

Esta práctica tan frecuente, tan “natural” en los tiempos que vivimos, sería inimaginable en una sociedad mentalmente sana, preocupada por sus problemas reales y no por los problemas inventados, o subrayados hasta el paroxismo, por los nuevos hermeneutas de la percepción subjetiva. Y sería igualmente impensable en una sociedad madura, lo que según mi criterio (puedo estar perfectamente equivocado), constituye el principal de nuestros descalabros y, al mismo tiempo, favorece la cansina presencia de los demagogos en la vida pública: no vivimos en una sociedad madura sino, justo al contrario, vivimos en una sociedad puerilizada.

Como niños, no nos preocupa lo que sucede, ni sus causas ni sus efectos, sino lo que nos gustaría que sucediera; no nos importa cómo son las cosas, sino como quisiéramos que fuesen; no tenemos principios sino “convicciones”; no tenemos ideas sino “sentimientos”; el criterio de los demás sólo merece ser tenido en cuenta si coincide con el nuestro; no creemos lo que es verdad sino lo que necesitamos que sea verdad; jamás aceptamos la realidad si contradice nuestras ideas anteriores a la realidad, es decir: nuestros prejuicios.

Nietzsche llamaba a este fenómeno “la histeria feminoide” de las masas abrumadas por el drama de lo real. Para Lenin, esta reacción fabulística ante la inapelable objetividad de los hechos es propia de “pequeñoburgueses horrorizados ante las atrocidades del capitalismo”. Aclaro que ni uno ni el otro, ni Lenin ni Nietzsche, son filósofos de mi devoción (con perdón por tildarlos de tales); pero no iban muy descaminados. Se puede estar más o menos de acuerdo con ellos (en mi caso, menos que más), pero hay algo innegable: cada cual por su vía y experiencia llegaron a conocer muy bien a la pequeña burguesía de su época, no muy distinta de la actual. El pequeño burgués saciado de todo y satisfecho de nada, sublima su frustración vital a través del estado de queja perpetua, se rebela espiritualmente contra todo lo que hiere su sensibilidad “feminiode”, es decir, todo; y acaba por convencerse de que ese “todo” externo a él es el problema universal, el impedimento de su felicidad y la del género humano. El pequeño burgués (cuanto más ilustrado, peor), en estos ámbitos de “lo moral”, se comporta como un niño desilusionado, enfadado con el mundo y los demás que en el mundo existen, porque le impiden ver su quimera realizada.

El “pequeño burgués horrorizado” es capaz de luchar a su modo, arriesgando lo justo desde luego, contra todo menos contra lo que más lo sojuzga y agrede: él mismo. Ese individuo moderno, hijo de la posverdad y la manipulación, ante su imagen en el espejo siempre se quedará mirando la errata de la coma fuera de texto; reirá pagado de complacencia por su perspicacia al haber descubierto el gazapo a simple vista, pero será incapaz (patológicamente incapaz), de leer el pie revelador de esa imagen y sus auténticas intenciones. Pues el pequeño burgués lamenta incansablemente que la realidad se ofrezca a la ciudadanía distorsionada por los medios de comunicación (lo que podría ser aproximadamente cierto); pero nunca sospechará, ni por lo remoto, que su verdadero problema no es la manipulación externa de lo real sino su incapacidad casi metafísica para “ver” la realidad. Como decía Ortega de los ineptos: “No se sospechan a sí mismos, por lo que son vitalicios”.

Y contra eso, contra tan grave avería psico-sentimental, ya no se puede luchar con argumentos. De hecho, los “horrorizados” no tienen argumentos tranquilizadores para sí mismos, ni siquiera para su deserción de la realidad. Su verdadero argumento, el fin último de sus pesquisas intelectuales, se llama Valium o parecido. Lo cual establece otra evidencia futurible: los fabricantes de fármacos de esta clase, en occidente, nunca se arruinan; y por el camino que vamos, nunca se arruinarán.

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