Histerocracia y VII

esperanza

Algo por la vida, la verdad, la belleza…

Corresponde a los poderes públicos promover las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sean reales y efectivas; remover los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud y facilitar la participación de todos los ciudadanos en la vida política, económica, cultural y social. Constitución Española. Art. 9. 2

 

Al principio de este panfleto afirmaba que existen alternativas al sucedáneo de civilización que nos llevan vendiendo, y nosotros llevamos consumiendo, desde siempre.

Alternativas. No La Alternativa. Nadie está en condiciones de prometer honestamente o proponer desde la sensatez esa Gran Alternativa que solucionará, tiempo y voluntad mediantes, los problemas fundamentales de la sociedad y nuestros propios conflictos existenciales. Si alguno lo promete, o lo propone, o siquiera sugiere trabajar con denuedo para hallar esa Alternativa Definitiva, o miente o es un perturbado. De verdad, no lo la hay. Se puede buscar en los libros, en todas las publicaciones que se nos ocurran, en Internet… Podemos (esto no es un juego de palabras) dedicar 48 horas al día a oír por la radio o presenciar por TV todos los debates que queramos, atender a cientos de tertulianos. Lo que se nos antoje. Al final encontraremos lo mismo que teníamos al principio: alguien en busca inútil de la alternativa que todos reputan necesaria y nadie sabe exponer, mucho menos detallar.

No existe la Alternativa Única Gran Reparadora porque la realidad es ambigua, fragmentada, contradictoria, y nosotros, como seres pensantes, somos incapaces de conjeturar proposiciones ambiguas, que entrañen contradicción en su mismo enunciado, sin achacar error o falsedad a estas deducciones.

No existe la Alternativa de Redención porque, de natural, tendemos a destruir el presente y sus formas en nuestra idealización del futuro, y construir los propósitos desde la nada, muy bella pero inservible. Y además construimos en nuestra voluntad y nuestra imaginación, exclusivamente. Y si llegásemos a construir en el ámbito de lo concreto… Temamos.

En la práctica, todos los grandes cambios sociales, todas las revoluciones y contrarrevoluciones, se han ejecutado a partir de las ruinas del sistema anterior, con materiales de derribo. Por eso mismo, todas las revoluciones y contrarrevoluciones resultan chapuzas dramáticas, a menudo fatales para quienes las protagonizan y, sobre todo, quienes las padecen.

Sí existen elementos ideales en la realidad presente. Sí es posible construir a partir de ellos. Avanzar. Soñar. Que una alternativa incontestable no sea posible no quiere decir que estemos condenados a la resignación. Por el contrario: significa que nuestro compromiso con el cambio real de nuestro real entorno debe ser aún mayor, mucho más minucioso, con más ilusión y esmero perfilado, con más inteligencia y sutileza puesto en camino. Significa, también, pensar en una posible realidad sucesiva (“sucesiva” por cuanto sucede por evolución, no por mera contingencia temporal, al presente), más compleja y apasionante, verdaderamente humanizada, colmada de verdad y belleza, dos atributos inseparables y casi siempre fusionados: lo verdadero siempre es bello porque ensalza la virtud o restituye la justicia. Algunas cosas bellas, por lo que entrañan de estereotipo, desgraciadamente no son verdaderas aunque sí genuinas, auténticos ideales: demuestran la verdadera capacidad humana para imaginar, crear libremente e interpretar con sosiego y agudeza intuitiva aquellos misterios donde nuestra razón no alcanza.

No hay dos conceptos sustanciales más importantes para el ser humano: la verdad y la belleza. Son los únicos ideales activos en la realidad, a partir de los que el individuo libre, dialogante con la evidencia del ser a través del pensamiento, puede fijar modelos prácticos y formas de intervención eficientes sobre la ingenuidad alienada de la superficie ideológica.

El pensamiento que, como método, busca la verdad y la belleza, nunca es gregario, pueril, sectario o fanático.

La verdad y la belleza no precisan conceder el beneficio de “la tolerancia” a las demás manifestaciones de lo humano porque nunca excluyen de sí a lo humano. La tolerancia es una virtud cívica propia de los pequeño burgueses obsesionados por ser fieles a sus minúsculos principios morales, rebatir al adversario y estar en acomodo con su conciencia. Sin embargo, la conciencia del individuo que rige su presente y perspectivas por los ideales concretos de belleza y verdad, no entra en contradicción con intereses ajenos que debería, como último recurso, tolerar. Ambos modos de transitar por la existencia y relacionarse con el ser discurren por caminos tan distintos que no pueden surgir conflictos de intereses. Aparece, en todo caso, una refutación global que descarta debatir con “ideas de otro nivel”. La conciencia tiene un único sentido: indagar sobre sí misma y su relación con lo existente anterior a lo real manifestado; y justo en ese ámbito de lo que es, previo a lo que se percibe, suele instalarse el pensamiento de los individuos libres y sosegados, jamás indignados. Lo demás es superficie. Cualquier alternativa en la superficie es un corcho flotando en el océano de lo eterno. Nada, en definitiva.

Resumo, que tampoco conviene pasarse con la retórica; y en estos ámbitos, menos todavía:

Dejemos de bracear como posesos en la superficie de la historia. Por mucho que creamos avanzar contra la corriente estaremos siempre en el mismo sitio: la impotencia del individuo que reclama su voz en la historia, sin percatarnos de que el ruido de la queja impide atender el reclamo profundo del ser. La lucha del individuo contemporáneo por un espacio confortable en el nudo de relaciones sociales que conforman la sociedad y el sistema, es una batalla perpetuamente librada por estar. Es una batalla de antemano perdida por el ser.

Objeción: Usted es un reaccionario. Lo que propone son soluciones espiritualistas para resolver cada cual su desasosiego existencial, salvarse uno y los demás que se arreglen como puedan. Lo progresista y humano es pensar en los intereses de la sociedad en su conjunto, en el bien común, en el satisfactorio desarrollo tanto económico como moral de la colectividad.

Dúplica: Puede que mi planteamiento sea, hoy, reaccionario. No lo discuto. Podría discutirlo, pero no me apetece. Lo que tengo muy presente es que esta avería, este vivir en un entorno cada vez más antipático, informe, desarraigado, injusto, arbitrario, estridente y por demás feo, no ha ocurrido de la noche a la mañana. No viene de ayer, ni de antes de ayer, ni de hace medio siglo…

>El origen del malestar, la injusticia, la opresión, la brutalidad, la fealdad y la ordinariez se encuentra en las fuerzas más tenaces y omnipresentes en el ser humano: la ignorancia, la codicia y la cerrilidad. Y como el sesgo viene de antiguo, pretender solucionarlo de la noche a la mañana es una insensatez, la cual, seguramente, acabe en temeridad. (Entiendo que los plazos de un partido y su programa siempre son “de la noche a la mañana”, se tarden dos, tres o siete años para aplicarlo en su completitud). La tarea de abandonar la superficie requiere su tiempo. Mucho. Por eso decía en el encabezamiento de esta dúplica que no discuto el que hoy se me tome por reaccionario. Aunque si me llaman conservador, mejor.

>Pero un servidor no se conforma con esa alternativa de sociedad idílicamente bondadosa, nutrida por un ideario común ñoño, políticamente correcto, ridículamente zafio, sometida al Pensamiento Único, donde todo el mundo está de acuerdo en las mismas gazmoñerías y simplezas; y no sólo deben estar de acuerdo, sino aceptar que quedan civilmente obligados a compartirlas, pues, en caso contrario, el disidente acabará en el cementerio ominoso de los moralmente desahuciados.

No me conformo. Mis ideas pueden resultar hoy reaccionarias. Mañana, cuando la Bondad Universal haya triunfado en el planeta y todos pertenezcamos a la misma raza de felices esclavos de la libertad y el biempensar, las mismas ideas serán lo más subversivo, lo más revolucionario que pueda concebirse.

No me conformo, y parece que no hay otra salida, para mí, para usted y para cualquiera: no conformarse.

(Permita el lector que ahora me tome la confianza de tratarle de “usted”).

No se conforme con un ideal débil, raquítico, mezquino, sobre una sociedad en la que los poderes públicos “metan en vereda” al capital y sus abusos, distribuyan una loable asistencia entre los más desfavorecidos y la gente disfrute la suprema felicidad del contrato fijo.

No se conforme con votar, alegrarse porque “los suyos” han ganado, o enrabietarse porque no lo consiguieron y pagarla con el de enfrente: “Si votaste al PSOE (o al PP, o Podemos, o a quien sea), te jodes”.

No se conforme con el embeleco de un ideal. Exija a sus representantes que cumplan con su obligación, el pacto social por la “libertad e igualdad real y efectiva de los individuos” que proclaman nuestra Constitución y todas las constituciones democráticas en los países civilizados. Exíjales que “remuevan” los obstáculos para que la libertad y la igualdad sean efectivas.

No se conforme con que la libertad consista en un puñado de libertades políticas, y que la igualdad se degrade a un emparejamiento ramplón, de mínimos, para que nadie sea más que nadie. Exija lo que por naturaleza es irrenunciable: ser una persona libre y digna, con derecho a desarrollar plenamente todo su talento, habilidades, virtudes… Lo que usted mismo decida, incluido el derecho a no destacar y vivir tranquilamente en el aurea mediocritas a la que igualmente todos tenemos derecho. Pero sea libre, no se humille jamás ante el Primer Mandamiento del sistema: Trabajar, consumir, morir.

Por último, no caiga en la cómoda fascinación por ideales redentores, partidos comprometidos e insobornables, lideres providenciales, carismáticos, arrasadores… Ningún ideal va a restituir el derecho a reclamarse útiles de las cosas ideales concretas que existen en la realidad; ningún partido transformador va a asumir y mucho menos defender el anhelo de una comunidad, una completa civilización, por seguir siendo (más bien odian esa civilización); ningún líder de masas va a detenerse un instante para intentar comprender por qué el mismo concepto de “masas” repele a muchos de sus conciudadanos, así como les disgusta e inquieta el horrendo concepto de “líder” y su concreción en ese invento neoliberal que se denomina “capacidad de liderazgo”.

Nos libre el destino de salvadores de la patria, de los líderes del pueblo, de las masas oprimidas en lucha por su liberación.

Hace unas semanas, mientras paseaba al perro y el bicho hacía sus necesidades en uno de los solares abandonados del barrio donde vivo (las ruinas del imperio inmobiliario, ya saben), un vecino parlanchín y bienintencionado se propuso convencerme de que “todo empezó a joderse” cuando el Estado desmontó el INI y los primeros gobiernos del PSOE acometieron la reconversión industrial con un entusiasmo a tono con los tiempos, aquellas festiva inopia y torpe celeridad de droga de diseño propias de los años ochenta y noventa del siglo pasado.

Yo sigo sin tenerlo claro. Creo que, más bien, todo empezó a irse al garete cuando gran parte de la ciudadanía asumió con rotunda, avasalladora unanimidad, que lo importante de la vida era ganar mucha pasta, dar “el pelotazo” y sorber hasta la última gota el néctar de la sociedad del bienestar.

El sueño del dinero y el bienestar social produjo Leires, Bárcenas, Pujoles, Ratos, Puigdemontes y Undargarines; la gente empezó a bucear en la superficie para hallar a los culpables y entonces sí: entonces se fastidió todo. Nos ganan por siete a cero.

Nos ganan y han ganado, temo que para siempre y ojalá me equivoque, desde que vivimos obsesionados por descubrir a los responsables del fracaso y hacerles pagar su traición en vez de detenernos un instante, un minuto de la vida, para mirar nuestro reflejo en esa misma superficie de la historia, en el presente, y descubrirnos a nosotros mismos.

Esa es la única certeza con la que podemos contar, pero es la única que no estamos dispuestos a permitirnos. El drama, el nudo del argumento por así decirlo, no es que los demás sean malos, aviesos, codiciosos y crueles, sino que nosotros hemos renunciado a saber de nosotros mismos para quedar obnubilados por la imagen mutante de un simple reflejo. Mientras haya monstruos abisales a los que culpar, seguiremos embobados, tan satisfechos en la épica embustera de la superficie. Y en ese lugar sólo hay unos habitantes y una imagen real: usted, yo y todos los demás que son como yo y usted.

Pero seguiremos nadando, porque somos más necios de lo que parece. Nos pasamos la vida quejándonos de que los políticos nos manipulan, pero somos nosotros mismos quienes claudicamos ante esa manipulación, violentamos nuestra conciencia y nos rendimos ante la banalidad culpable cuando reducimos nuestro ser al incómodo y por lo general arisco “ser politico”.

Nos definimos de izquierdas o de derechas como si ser de izquierdas o de derechas (o de enmedio, o de los lados), diera completo sentido y enriqueciera nuestro yo y engrandeciera nuestro espíritu, y tendemos a un “estilo de vida” conforme a nuestras ideas políticas como el no va más de la virtud tanto personal como cívica.

La realidad es por completo opuesta: nadie “es” cuando se empeña en representarse y definirse a sí mismo como un punto en una coordenada. Quien ejerce de izquierda o de derecha desde que se levanta hasta que se acuesta, es una persona demediada, alienada y tristemente empobrecida por la apariencia de las cosas.

Empeñarse en mirarlo todo a través del prisma de la política y, sobre todo, configurar un sistema de valores y moralidad pública/privada conforme a las convicciones políticas, equivale a vivir para siempre como peces en una pecera de agua estancada y sin apenas oxígeno, boqueando desesperados en la superficie de una existencia sin más sentido que la posibilidad de concordar nuestra queja con el clamor de la masa.

Nadie nace siendo de izquierdas o de derechas. Nacemos humanos, y la humanidad siempre ha sido una experiencia, por fortuna, extraordinariamente más allá de la política.

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