Histerocracia (IV)

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¿Revolución, independencia, recambismo…?

[A propósito de la guillotina] “Cuántos horrores nos habríamos evitado los españoles de haber contado a tiempo con los instrumentos de la justicia democrática… Como decía Robespierre, castigar a los opresores es clemencia, perdonarlos es barbarie.

Pablo Iglesias Turrión

 

¿Por qué el independentismo catalán y la presencia de Podemos como partido político que aspira a gobernar España causan tanto fervor en sus partidarios como rechazo en quienes no lo son?

Cuando hablo de “rechazo” no me refiero a los detractores, enemigos ideológicos declarados de uno u otro fenómeno, o de ambos, sino a las personas que simplemente no comparten aquellos enunciados y propuestas.

Ambas causas parecen abocadas a despertar una simpatía inquebrantable o una antipatía espontánea.

¿Y por qué los ciudadanos de Cataluña que han intentado disentir en los últimos años ante la algarabía independentista, así como quienes desde la misma izquierda continúan resistiendo el alza imparable de Podemos, temen más el futuro prefigurado por el discurso y métodos de estas dos tendencias que a la concreción real, cotidiana y presente de ambas?

Por exponerlo con claridad, tal como lo comentaba un buen amigo, excelente novelista barcelonés, hace un par de años, cuando la hipermovilización nacionalista en torno a La Diada adquiría dimensiones frenéticas: “Lo veo por televisión, los compañeros de trabajo y amigos que han acudido a la manifestación me lo cuentan… Una enorme cantidad de gente pacífica, muchos de ellos en familia, con los niños pequeños cogidos de la mano, empujando el carrito de bebé, todos con sus banderas, sonrientes, satisfechos en un ambiente de celebración, un gran día de fiesta. Y sin embargo, dan miedo. Un miedo atroz”.

En el caso de Podemos, sucede lo mismo. Quienes comparten su ideario (en el caso de que este partido tenga ya definido un ideario claro), creen en un futuro mucho mejor, espléndido, con España dirigida por los expertos politólogos que a su vez lideran el partido; pero quienes no son afectos al confuso clamor de Podemos, tiemblan ante un futuro probable en el que Pablo Iglesias presida el consejo de ministros.

A los podemitas les gusta escuchar y leer en la prensa que hay miedo a Podemos, y es muy cierto que tal temor existe. Un miedo, por otra parte no infundado, de que bajo un gobierno de este partido conduzca a España hacia un proceso irreversible y nefasto de venezolanización. Es cierto que tanto Iglesias como los demás dirigentes de Podemos han moderado su originario virulento discurso, sabedores de que el objetivo de una mayoría parlamentaria precisa redirigir la línea del partido hacia posiciones menos radicales que ahuyentarían a demasiada gente de natural medroso y, como efecto rebote, reforzarían in extremis, como mal menor, el voto a la única alternativa que parece oponérseles son ciertas garantías: la derecha.

En el transcurso de este “reajuste” del mensaje podemita se dieron en el pasado situaciones de paradójica versatilidad ideológica, como, por ejemplo, con ocasión del discurso del Papa Francisco ante el Parlamento Europeo (25/11/2014). Según Pablo Iglesias, las palabras del pontífice fueron magistrales en cuanto a su denuncia de los abusos del liberalismo económico, en tanto que otros miembros de su partido criticaron acerbamente la condena papal al derecho de aborto, la homosexualidad y los matrimonios entre homosexuales, etc. Iglesias afirmaba poco después ser un auténtico socialdemócrata, fiel a los ideales sin corromper de esta histórica corriente. Por no hablar de los virajes a toda velocidad de Juan Carlos Monedero, otrora destacado dirigente de este partido, quien era capaz, en el transcurso de un año, de dar una conferencia en el País Vasco, argumentando que muchos asesinatos de ETA eran legítimos porque la policía española “introducía droga en Euskadi para corromper a la juventud”, y también de suscribir unas declaraciones en las que denuncia la mentira del nacionalismo catalán como un “montaje” para enmascarar la explotación de los trabajadores en aquella comunidad autónoma, distrayéndoles de sus verdaderos problemas, lo que no fue óbice para que él y su partido se aliaran con la candidatura municipalista Guanyem Barcelona, con Ada Colau en cabeza de lista, una dirigente anti-desahucios que nunca ocultó su simpatía por la independencia de Cataluña.

A pesar de este esfuerzo (hay que decirlo, un poco artificioso, y se nota) de moderar el mensaje en aras del bien superior de las urnas, los ciudadanos que no comulgan con Podemos siguen temiendo lo peor de este partido en el caso de que llegara al poder.

Por decirlo directamente y sin sutilezas, tanto el movimiento independentista catalán como Podemos atemorizan a gran parte de la población porque sus modos actuales prefiguran un ejercicio del poder (en el caso de que lo hubiere) de corte nítidamente integrista. Los partidos del famoso proceso catalán y Podemos son, por naturaleza, integristas. Como suele decirse en el lenguaje a la moda (con perdón por el anterior galicismo): llevan el integrismo en su ADN.

En el caso catalán, cualquier argumentación parece ya sobreactuada. A lo largo de los últimos años han maniobrado y se han exhibido tanto los independentistas que aportar datos, observaciones, conclusiones, amén de inútil resulta ya tedioso. El sueño independentista catalán se fundamenta en un mito único, de creencia obligatoria para todos los buenos ciudadanos (recordemos que partidos como ERC y algunas cloacas de la Generalitat elaboraron y manejaron listas de “buenos” y “malos” catalanes, afectos o no a “la causa”). Se parte de una historia única con una sola interpretación oficial (la leyenda del 11 de septiembre de 1714 y merlinadas como el “España nos roba”, que ya atufan de puro rancias y manoseadas), un pueblo único, una lengua única, un territorio único… Y la guinda, un único interés común: la patria catalana. ¡Caramba, esos ideales, extrapolados a toda España, ya los inventaron don Francisco Franco y sus sucesivos gobiernos! Claro que en España, en tiempos del Caudillo, no había libertad para organizarse en partidos políticos, y en la Cataluña actual desde luego que sí. (Todo se andará, de momento existe tal libertad). Y observemos también otros aspectos igualmente llamativos del integrismo independentista, al margen del nomenclátor doctrinario que hoy manejan. Observemos detenidamente lo que proponen para el futuro. Hagamos abstracción del presente y pensemos en una Cataluña que, de la noche a la mañana, se hubiera convertido en un país independiente. ¿Qué Cataluña y bajo qué pacto social? ¿Basada en qué organización política, administrativa y territorial? ¿Bajo qué legalidad constitucional? ¿Con qué articulación de los sistemas productivos, fiscales, de mediación, integración y redistribución de la riqueza? En definitiva: ¿Qué clase de país sería la futura Cataluña independiente?

Los acérrimos partidarios de la secesión no dicen nada al respecto, por la sencilla razón de que jamás se pondrían de acuerdo en dos o tres de las cuestiones antes mencionadas. Lo que se pide por tanto a la ciudadanía es un supremo acto de fe, una rotunda confirmación de su confianza en los partidos y políticos actuales, quienes los conducirán sin duda hacia una sociedad mejor; y otro solemne acto de fe en la potestad liberadora, regeneradora, superadora de todas las controversias, de la patria catalana en sí. En la Cataluña independiente no habrá explotación, ni existirán injusticias y desigualdades. ¿Por qué? Porque Cataluña, al fin constituida como nación, no lo consentirá.

Al principio de este escrito hablábamos del disparate que supone suplantar la realidad por las ideas. Lo que nos dicen ahora los dirigentes separatistas catalanes es un rizo del rizo: confiar en que la misma realidad imponga de por sí, por su peso histórico, un ideal que, como una maquinaria de movimiento perpetuo, generará a su vez una supra-realidad beneficiosa para todo el pueblo catalán. Es el fundamento visceral del integrismo: la unanimidad en el ideal resolverá todas las contradicciones en la base social que lo sustenta; generará, por fuerza de su razón superior, una utopía perfectamente realizada. Los elementos dispersos, individuales, que disturben esa necesaria unanimidad, deben ser reconducidos de una forma u otra al “sendero de la verdad”.

Y todo el proceso, ese vagar por el desierto hacia a la tierra prometida, ese triunfo al alcanzar los arroyos de leche y miel, será obra de quienes llevan cuatro décadas mandando en Cataluña, los mismos que aplicaron recortes sociales idénticos a los del gobierno “de Madrid”, idéntica política económica, la misma coerción respecto de los derechos laborales… Pero ellos lo harán bien, de manera irreprochable, cuando Cataluña sea una nación independiente. Sólo es cuestión de creer. A los descreídos ya se les convencerá en su momento, y ya se verá, también en su momento, por medio de qué métodos.

El recambismo nacionalista catalán es pintoresco hasta en su formulación más primaria: no hace falta cambiar de partidos (si acaso algunas siglas), programas, tendencias y dinámicas sociales. Ni, por supuesto, es necesario recambiar a los actuales responsables políticos. Para que todo vaya a pedir de boca, lo que es necesario es cambiar de nación; eso sí, administrada por la misma gente.

 

 

Respecto a Podemos, la prevención ante el resurgir de esta especie integrista aparece por análisis de un ideario y unos métodos mucho menos groseros que el de los nacionalistas catalanes, desde luego, aunque igual de preocupantes y, por lo que puede deducirse entre la imprecisión de su discurso, demasiado distantes de lo razonable. El fundamento último de esta organización (no me refiero al “cuerpo teórico”, sino a la ligazón entre coyunturalidad y respuesta “moral” que cohesiona todo el proyecto y su estructura), parte de un sofisma igualmente asentado en un acto de fe, el cual consta de tres dogmas esenciales:

-Todos los partidos hasta ahora mayoritarios, todos sus dirigentes y todos los cargos tanto orgánicos como de representación en instituciones y entidades de cualquier clase, todos ellos, pertenecen a “la casta”, un grupo parasitario que se dedica sobre todo a la actividad extractiva de bienes y caudales de procedencia pública, organizada sobre las mismas estructuras funcionales del poder y el dinero; no representan a la ciudadanía sino a sus propios intereses egoístas. En general, son unos corruptos.

-Esta casta dirigente es responsable, cuando no culpable por acción, omisión, connivencia o incompetencia, de todos los males de la nación.

-Un gobierno de Podemos, libre de las ataduras y débitos hacia los poderes fácticos y, sobre todo, financieros, garantizará el ejercicio honesto y eficiente de la acción pública, devolviendo al pueblo la soberanía democrática que le ha sido usurpada y resolviendo en un plazo adecuado (o sea, en breve), los gravísimos problemas que padece la sociedad española.

Hace ya bastantes años, algunos partidos de orientación centrista comenzaron a proponer la regeneración democrática como un elemento imprescindible para recuperar no sólo el pulso económico (entonces devastado por los inicios de la crisis), sino también el tono ético del ejercicio de la política y la confianza de los ciudadanos en los que, teóricamente, eran (son) sus representantes en las instituciones del Estado. Estos partidos (Ciutadans/Partido de la Ciudadanía primero, Unión Progreso y Democracia fundada algo más tarde, y otros que tuvieron peor suerte en los embates electorales y acabaron desapareciendo o reducidos a la mínima expresión), planteaban abiertamente y en digna posición minoritaria lo que hoy casi todos aceptan, aunque sea de cara a la galería: la necesidad de reformar algunos articulados de la Constitución, cambiar la ley electoral, establecer un sistema riguroso y eficaz de control sobre la gestión de recursos, la adjudicación y contratación de servicios y la actividad administrativa en general y en todas las instancias, desde los ayuntamientos (verdadera “cuna” de la corrupción), pasando por las autonomía (otro pozo sin fondo del despilfarro), a las altas instancias del Estado, incluida la Casa Real; un control de la gestión y el gasto público que debería ser especialmente minucioso en lo que concierne al generado por la actividad de los políticos en el ejercicio de sus funciones.

Estas medidas, presentadas ante el conjunto de la ciudadanía como urgentes e imprescindibles, sólo comenzaron a adquirir notoriedad, a invocarse y afirmarse como necesarias por los partidos mayoritarios, cuando los mismos se vieron acosados por la corrupción entre sus filas, al tiempo que denotaban una caída espectacular en cuanto a sus expectativas electorales. Tras cada nueva encuesta en la que dichas expectativas retrocedían, se incrementaban las vagarosas apelaciones a esa regeneración democrática de la que, hace dos o tres años, los partidos mayoritarios no querían ni oír hablar.

Podemos nunca menciona la regeneración democrática. Es evidente que se regenera lo que se pretende conservar, en este caso el ordenamiento legal y articulación social de España sobre la premisa cardinal de la Constitución de 1978. Curiosamente, sí hay referencias en Podemos, muchas, a la reforma constitucional. Aquí surge un evidente contrasentido, pues reformar la Constitución sin adoptar al mismo tiempo medidas regeneracionistas que liberen a la base social y su representación política de los insoportables grados de vileza y golfería a los que se ha llegado en los últimos años, parece tarea inútil, por completo improductiva.

Es razonable, por tanto, pensar que cuando Podemos habla de “reformar la Constitución”, lo que en realidad quiere decir es acabar con ella y sustituirla por otra mucho más democrática (cosa difícil, al menos sobre el papel: no hay Constitución en el mundo más progre que la española); una nueva constitución que, también en teoría, posibilite la real concreción de una sociedad libre, justa e igualitaria. Podemos, al mismo tiempo que habla sobre la reforma constitucional, plantea un referéndum sobre la forma de Estado (monarquía/república), el derecho de autodeterminación de las nacionalidades (reivindicación obsoleta y además sobrepasada por las exigencias actuales de los nacionalistas), la supeditación de los mercados a la decisión política de los legítimos representantes del pueblo (o sea, intervención), y toda una serie de medidas que no serían posibles si no se rehace por completo el dictado constitucional.

Cómo será ese proceso de recambio, en qué consistirá y qué Constitución “reparada” pretende Podemos, es un misterio aún sin desvelar. La única pista fiable que tenemos hasta el momento son unas antiguas declaraciones de Pablo Iglesias en las que afirmaba, rotundamente, que “la Constitución de Venezuela es la más democrática del mundo”. Aunque esas declaraciones tuvieron lugar antes de que el narcodictador Maduro truncara a su arbitrio y conveniencia dicha Constitución; y además, habíamos quedado en que, dada la penúltima moderación del mensaje podemita, no entraríamos al trapo de “la cuestión venezolana”.

Bien, supongamos que este partido actúa con cierto sentido común, renuncia a convertir España en una sucursal de la revolución bolivariana, propone una reforma constitucional razonable, con la que, utilizando un término puesto de moda por la clase política y los medios informativos, “todos lo españoles se sientan cómodos”, y procede en consecuencia y lealmente con quienes les han votado. Todo eso, en sí mismo, ni significa nada ni garantiza nada. La inconcreción del programa de Podemos lo convierte de facto en un movimiento integrista que se percibe a sí mismo, por naturaleza, necesario históricamente y óptimo para todos los intereses populares. Los que no compartan su ideario, una de dos: o son estúpidos o unos desalmados, aliados, cómplices del capitalismo explotador, la casta corrupta y todos los epítetos que se quieran añadir.

Uno de los problemas que presenta Podemos es que resulta difícil estar en contra, y no digamos a favor, porque no ha desarrollado un formulado programático estratégico; es decir: un programa a largo plazo. Por el contrario, tiene tantos miniprogramas y puntos programáticos sueltos como sean necesarios. Desde la autoafirmación de Pablo Iglesias como auténtico socialdemócrata a su misma apelación sentimental al ámbito batasuno proetarra (“Los revolucionarios españoles os vamos a echar de menos cuando os vayáis…”), del súbito cariño al Papa Francisco al desacuerdo con los separatismos, de la renta básica universal a la asistencia social a los más necesitados… Lo que sea necesario porque, según parece, los dirigentes de Podemos se han dado cuenta de que el éxito político se compone de un 5% de capacidad y un 95% de publicidad. Y de la publicidad sabemos que no dice la verdad o, por el contrario, miente. De todas formas, ¿qué importa? ¡Es publicidad! Y el beneficio electoral se presenta jugoso: desde el socialcristianismo a los partidarios de la guillotina, de determinados elementos de la extrema derecha como Inestrillas a furibundos comunistas como el atrabiliario Gordillo, alcalde de la castiza Marinaleda… El territorio parece enorme, inmensas sus posibilidades.

Ciertamente, Podemos es un partido sin ideología concreta ni programa perfilado, lo que le ha valido el calificativo de populista por parte de la izquierda tradicional. Populismo es diseñar políticas concretas sobre la marcha y conforme a la inquietud puntual de las masas. Pero no descartemos una definición más rigurosa, ya que populismo es, también, ejercer el arbitraje bonapartista entre las clases sociales, para solucionar diferencias y superar contradicciones en aras de un bien superior: la patria, el pueblo, la revolución, la nación… Hay donde elegir.

¿Ejemplos históricos? Por no mencionar primero, como es costumbre, a la dictadura bonapartista de Franco en España, podemos (con perdón, no es un juego de palabras), recordar el peronismo argentino, el neogaullismo francés, o figuras pintorescas como Puigdemont en Cataluña, Berlusconi en Italia o Jesús Gil en España. Parece lógico que Podemos huya de la “marca” populista como de una mala enfermedad. No obstante, sus posiciones más evidentes, más claras, las que resumen y consolidan al día de hoy el sentido de este partido, son netamente populistas:

-Confianza ciega en que los actuales dirigentes y futuros cargos políticos del partido, a base de honestidad y compromiso con sus votantes, llevarán a cabo actuaciones del todo provechosas para el pueblo, sin desviarse un milímetro de aquella determinación ni aprovecharse un céntimo de su cargo a beneficio de intereses espurios.

-Confianza en que cada problema y controversia se resolverá adecuadamente porque, según declaran sus líderes, van a gobernar “los mejores”, y además buscarán el asesoramiento de eminentes expertos en cada materia.

-Confianza en que los métodos democráticos de elección de candidatos serán garantía suprema de que aquellos, una vez electos, actuarán con absoluta eficiencia e impecable honestidad.

Confianza, confianza y confianza. Convertir una consigna en un programa tiene mérito, y ese logro no puede discutirse al podemismo. En la escena política, alcanzar y merecer la presunción de figura históricamente “necesaria”, tal como cultiva Podemos la leyenda de Pablo Iglesias… Eso ya es otro cantar y mete más miedo a quienes hemos padecido demasiadas personalidades “necesarias” en la reciente historia de España, y no estoy pensando unicamente en la irrepetible figura del Caudillo; aunque también.

Hace treinta años, el PSOE era el partido del cambio. Hoy, Podemos es el partido del recambio. Un recambio muy a la española, al estilo “Quitad a los que hay, dejadnos paso y todo se solucionará”. ¿Por qué? Porque sí, porque ellos lo dicen. Todo es cuestión de confianza, de coherencia, de honestidad, ejemplaridad, compromiso, sinceridad, transparencia…

Podemos, sensu estricto, no es un partido político. Es una apariencia ética que aspira a instituir una moral pública vertebrada sobre la promesa de una sociedad libre, justa y progresista. Y eso mete más miedo todavía, porque la moralidad común, siempre, propende a postularse como moralidad única. Se empieza por proponer la moral pública y se acaba imponiendo la higiene pública. León Trostki, durante el período en que ejerció enorme poder en la Rusia revolucionaria, estaba obsesionado por “la amenaza de Thermidor”. ¡Cáspita! Lo preocupante en verdad es que la amenaza de un Thermidor requiere la anterior existencia de un Robespierre.

Trotski fue un bolchevique coherente y muy combativo hasta que se ejecutó la condena estalinista contra su persona, pero había en su concepción de la dialéctica revolucionaria un límite trasvasado de la sensatez humana que lo encuadra en el elenco de los grandes visionarios sanguinarios, generados por “el sueño de la razón”. Para Trotski, la transición desde los primeros inicios del gran vuelco revolucionario a la efectiva dictadura del proletariado debía ser tutelada por el Partido, toda vez que el proletariado, revolucionario en sus intenciones pero no suficientemente preparado ideológicamente ni curtido políticamente, necesitaba un período, digamos, de aprendizaje del poder. A dicho período de combate incesante contra “la reacción”, lo denominaba Trotski “El Terror Rojo”. Y se preguntará el lector a qué viene mencionar a Trotski y su célebre terror. Pues es el caso que me vino a las mientes tras escuchar, hace ya tiempo, un breve alegato de Pablo Iglesias en el que tras ensalzar los valores democráticos de la revolución francesa en su época jacobina, así como la dimensión humanitaria de la guillotina y su correcta utilización, afirmaba tan campante: “Cuántos horrores nos habríamos evitado los españoles de haber contado a tiempo con los instrumentos de la justicia democrática… Como decía Robespierre, castigar a los opresores es clemencia, perdonarlos es barbarie”.

Pero, en fin, prometimos no remover pasados excesos retóricos de los dirigentes de Podemos y concederles el beneficio de la evolución y moderación de su mensaje, en función de sus intereses tácticos. Dejemos a la guillotina, Trotski, Robespierre, el terror jacobino y el terror rojo en el museo de los horrores de la historia. A lo que íbamos.

Sobre el posicionamiento ético de Podemos, por cierto, hablamos de un discurso moralizante, con proyección a lo público, forjado en instancias universitarias. Los dirigentes de Podemos denostan políticamente a quienes pertenecen a la casta política y la casta financiera, pero no dicen una palabra de la casta universitaria, de la que ellos han surgido. Cualquiera que conozca, aun muy por encima, estos ámbitos académico-administrativos de las universidades públicas españolas, sabe que no hay otra institución más cerrada, endogámica y proclive al pasilleo vaticanista para conseguir la promoción personal, sin que los méritos intelectuales y/o académicos del sujeto tengan mucho que ver con su ascensión profesional.

Las universidades españolas son compartimentos estancos, prácticamente impermeables a la sociedad, donde la pugna de intereses particulares y el reparto de canonjías entre afectos, amigos y allegados es práctica común, aceptada por todos como consustancial a la naturaleza de esta institución. Por otra parte, la necesaria “autonomía universitaria” sirve, desde hace muchísimas décadas, para blindar el uso que las universidades hacen de los fondos y medios públicos y privados puestos bajo su administración. No tienen que dar explicaciones a nadie, no pasan por auditorías externas, no hay organismo ajenos que fiscalicen el gasto, el destino real de los medios dispuestos, la gestión y los resultados de cada programa, sean estos llevados a cabo exclusivamente por la universidad en cuestión o en colaboración con otras instituciones.

Los asuntos de la universidad se analizan y resuelven en la universidad, y a nadie más se da cuenta de ellos. De tal manera, es perfectamente posible, y lógico desde esta perspectiva, que un joven doctor universitario con residencia en Madrid trabaje para la universidad (pública) de Málaga, sin desplazarse nunca a Málaga ni concretar ninguna actividad laboral que lo vincule al departamento que lo contrató, aunque, eso sí, cobrando una beca de colaboración, circulante que vendría muy bien al mencionado joven mientras ejercía como portavoz de Podemos y dedicaba su tiempo a las tareas de coordinación y organización en este partido. Me estoy refiriendo, como sabe el lector, al “mini-caso Errejón”, una triste beca para estudiar el problema de la vivienda en Andalucía, sufragada por la Consejería de Fomento y Vivienda de la Junta andaluza (titular, Elena Cortés, IU; jefe de departamento de Errejón, Alberto Montero, Podemos). Lo anterior no es un ejemplo de cómo puede corromperse un político antes de entrar de lleno en la política, porque este asunto no alcanza en su relevancia, ni de lejos, el calificativo de “corrupción”. Pero sí es un ejemplo de la desfachatez con que las universidades españolas manejan recursos a su arbitrio y capricho, sin dar cuentas a nadie ni responsabilizarse nunca por nada; y un ejemplo de las formas que nos esperan por parte de la casta universitaria emergente desde Podemos cuando la misma se dedique a algo más que el estudio de la vivienda en Andalucía. Por ejemplo, a gobernar España.

En 1940, el matemático, lógico y filósofo austríaco Kurt Gödel, un sabio de reputación excepcional en los ámbitos de la ciencia y la filosofía, preparaba el examen “de ciudadanía” para conseguir el permiso de residencia, previo a su nacionalización en los USA. Se había trasladado a aquel país, en compañía de su esposa, huyendo del nazismo que asolaba centroeuropa. En una noche, Gödel (autor, entre otros trabajos notables, de los célebres teoremas de “La Incompletitud”), no sólo tuvo tiempo de estudiar la Constitución Americana, sino de formular una demostración sobre cómo el mismo texto legal podía utilizarse para conducir a los Estados Unidos de América a una completa dictadura, sin transgredir una sílaba del formulado original, todo conforme a la más irreprochable legalidad. Los axiomas consistentes son indemostrables (incompletitud), y esa es la base del método de Gödel, una idea que resulta muy útil para comprender que en el territorio de la política cualquier punto de partida es aceptable, suficiente, para llegar adonde se propongan los mediadores necesarios, sin conculcar el previo postulado legal.

El franquismo se transcendió a sí mismo mediante una ley de reforma política completamente legal, y de aquella ley se derivaron unas elecciones, y de las mismas la redacción de un texto constitucional sobre el que se fundamenta nuestra actual convivencia. Las leyes no configuran espacios inalterables porque toda ley entraña en su misma naturaleza la posibilidad de transformarse. Dicho de otra forma y por las claras: las relaciones de poder en una sociedad no dependen del ajuste a la legalidad sino, precisamente, de la legalidad como expresión ajustada a la relación de fuerzas entre los sectores en contradicción. Con más rotundidad y convencimiento lo expresó Mao Tse Tung (últimamente conocido como Mao Zedong): “El poder nace de la boca del fusil”.

Estoy seguro de que los dirigentes de Podemos conocen y son muy conscientes de esta realidad histórica, y por tanto les inspiran muy poco las ideas sobre regeneración democrática y/o reforma constitucional. Lo que buscan no es un nuevo marco legal sino una nueva relación de fuerzas, una nueva mayoría social a partir de la que puedan consolidarse nuevas estructuras sociales en dos terrenos decisivos: la producción de bienes y el ejercicio de las potestades del Estado. Lo que es lo mismo, pero como si nos acordásemos de la teoría marxista: un cambio cualitativo en la infraestructura económica que determina, en última instancia, la misma transformación en las superestructuras ideológicas.

Ambición no les falta. Sólo es preciso recomendarles, en este caso, que despierten del sueño de la razón… Porque sigue siendo muy cierto que “el poder nace de la boca del fusil”, y la última vez que esta evidencia histórica se manifestó en España, la cosa acabó como acabó. Pretender que “la boca del fusil” sea sustituida por la fuerza de las urnas, nos remite a experiencias como la chilena bajo la presidencia de Allende y similares. Y estas cosas, se dijo antes, casi siempre acaban mal.

(Continuará…)

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