Histerocracia (I) 

manosarriba

El propósito de suplantar la realidad con la idea es bello por lo que tiene de eléctrica ilusión, pero está condenado siempre al fracaso. Empresa tan desmedida deja siempre tras de sí la historia como un área de desilusión. Después de la derrota que sufren en su audaz intento idealista, quedan completamente desmoralizados. Pierden toda fe espontánea, no creen en nada que sea una fuerza clara y disciplinada. El desencanto despierta un desaforado afán de servidumbre, una propensión gregaria que convierte a las épocas desilusionadas en presas fáciles del totalitarismo. La superación del desencanto comienza cuando los individuos toman conciencia de que el fracaso de la política idealista no se debe a la propia incapacidad ni a las intrigas de los enemigos, sino a la “contradicción misma” del propósito idealista…. [la política realista] es “política de realización” [a partir] de jugosos ideales concretos, extraídos de las cosas, ideales que se encuentran en la realidad, no en nuestras cabezas.

José Ortega y Gasset
La rebelión de las masas

Desde 2006, aproximadamente el año en que la economía española empezó a desmoronarse, hasta hoy, finales de 2017, hemos tenido y lamentablemente perdido la extraordinaria oportunidad de reflexionar sobre las bases profundas y los valores esenciales sobre los que se fundamenta nuestro sentido como nación, comunidad de ciudadanos teóricamente libres y soberanos, y sobre el porqué de este desastre, esta debacle, las cifras insoportables de desempleo, la precariedad e inestabilidad en las relaciones laborales, la escuálida asistencia pública a los más necesitados, lo miserable de la mayoría de las pensiones, la imposibilidad para muchas personas de jubilarse sin que ello signifique ir a la bancarrota… Hemos tenido y perdido esa oportunidad, decía, porque el ruido de la indignación ha sepultado cualquier debate y análisis en términos razonables. No hay ciudadanos concienciados, sino gente enfurecida. La ira no es un argumento sino un estado de ánimo que excluye cualquier disertación objetiva y casi cualquier propuesta juiciosa. Miles de ciudadanos coléricos, por más razones que tengan para expresar su descontento y rechazo hacia el sistema, no constituyen la ciudadanía sino un rejuntado de personas que lamentan, cada uno a su manera, lo mal que los trata la sociedad (el sistema), y las pocas posibilidades que tienen de transformar la realidad a beneficio de su causa.

Aparte del bullicio urbano de la indignación y algunos hechos bizarros por lo pintoresco de sus protagonistas (las algaradas del 1-O en Cataluña, el encarcelamiento de algunos dirigentes independentistas), sólo dos fenómenos con auténtica relevancia política se han producido desde el estallido de la crisis: la eclosión independentista en Cataluña y la emergencia de Podemos y sus distintas marcas regionales como fuerza electoral.

Quede bien claro que, según el criterio de quien firma este panfleto, la algarabía separatista en Cataluña y el auge de Podemos son las dos engañifas políticas más llamativas de cuantas se han intentado en España desde hace muchas décadas. Se intentará argumentar esta afirmación a lo largo del escrito, poniendo de manifiesto algunas evidencias que la ratifican y de las que, someramente, pueden adelantarse algunas impresiones:

-Al grueso del independentismo catalán, y en especial al tándem Artur Mas/Puigdemont y sus gentes allegadas, Cataluña les importa un bledo, igual que el continuamente invocado “pueblo de Cataluña”, la transformación de esa comunidad autónoma en un país soberano y, por supuesto, la historia y la cultura catalanas. En esencia son una comandita de políticos corruptos, empresarios abrevados al poder y agentes mediáticos en nómina, sin más patria que el dinero, empeñados en construir una nación a medida de su codicia para apropiársela entera, sin que nadie objete lo más mínimo, pues la disidencia, en este caso, es sinónimo de “traición” a la causa-patria.

-Podemos no es un partido político, ni un movimiento social con voluntad y capacidad para transformar la sociedad. Es un conglomerado de gente descontenta, llena de reproches y ánimos revanchistas pero sin ninguna propuesta sólida que hacer al conjunto de la ciudadanía; es una miscelánea dirigida y bastante manipulada por un núcleo oportunista de intelectuales ambiciosos, cuyo único propósito es convertirse en la nueva casta dirigente en España. Parafraseando el célebre aserto ilustrado, el incierto programa de Podemos se resumiría en: “Todo para nosotros pero con el pueblo”. La táctica de estos flamantes dirigentes de un movimiento subrayado por la fogosidad y la credulidad, es muy simple: decir a “la gente” lo que quiere escuchar y mantener abiertos los oídos para saber qué discurso exigen sus posibles votantes en cada momento. El problema de Podemos no es que adolezca de principios (que no los tiene), sino que carece de objetivos, por cuanto la opinión pública es tan mutable como las dificultades y conflictos coyunturales por las que suele atravesar el conjunto de la población. La única meta que permanece clara y firmemente sostenida en la dirección de Podemos es que quieren el poder. Lo que hagan con él, en el caso de que consigan ganar unas elecciones, no augura nada bueno ni provechoso para la sociedad española. Lo cual, dicho sea también de paso, les importa lo mismo que Cataluña y el “pueblo” de Cataluña a los independentistas.

¿Qué hemos hecho para merecer esto?

Hasta hace muy poco llamaban indignación a la respuesta popular, más o menos numerosa, más o menos radical, que entrañaba ruidosas emociones de enojo, y sobre todo estupor, ante el desmoronamiento del Estado del Bienestar y la vertiginosa caída en la pobreza de amplios sectores de las clases medias.

Tras el ademán colérico, reivindicativo y combativo de aquellas movilizaciones, se entreveía una amarga desilusión, el brusco despertar de un maravilloso sueño para enfrentarnos a la pesadilla de la realidad. Todo el mundo, en todas partes, se hacía las mismas preguntas, muy dolorosas porque nadie era capaz de responderlas con sencillez y, lo peor de todo, que la explicación satisficiera a los ofendidos: “¿Cómo hemos llegado hasta aquí?” “¿Cómo es posible que todo (trabajo, vivienda, crédito, estabilidad, calidad en los servicios públicos…), se haya evaporado en unos pocos meses?” “¿Qué hemos hecho para merecer esto?”

Y lo más importante: “¿Quién es el responsable de nuestra desgracia?”.

Hace una década éramos el paraíso socialdemócrata del sur europeo. Éramos la España anhelada por todo buen pequeño burgués, políticamente correcto. Hoy, recorridos los durísimos tiempos que median entre finales de 2006 y diciembre de 2017, hemos ahondado en el sentimiento de frustración hasta llegar a las peores expectativas: la economía no da signos fiables de empezar a recomponerse, las cifras globales y porcentuales de desempleo continúan en niveles históricos (dramáticos más bien), la pobreza continua creciendo y los servicios públicos elementales cuentan con medios cada vez más deteriorados. Numerosas familias se encuentran sin vivienda, literalmente “en la calle”, acogidos por familiares o asociaciones caritativas, mientras que nuestras ciudades y pueblos están llenas de pisos vacíos y sin estrenar, solares abandonados, obras a medio concluir donde crecen los matojos y la enredadera, como vestigios de una antigua y próspera civilización que hubiera sido repentinamente destruida por imprevisibles vendavales de la historia.

Ya casi nadie habla de indignación. El famoso Movimiento 15-M ha pasado a ser justo eso: una fecha que muchos recuerdan aunque están dispuestos a olvidarla cuanto antes, igual que se olvida una infancia de triste pataleo, a beneficio de una adolescencia airada, “luchadora”.

Tampoco se habla prácticamente de crisis económica porque parece que, al fin, casi todos hemos comprendido que la debacle financiera de 2008, la llamada Gran Recesión, no nos condenó a un accidente cuyas secuelas durarían más o menos tiempo, sino que nos devolvió a la cabal realidad, la verdadera dimensión de nuestras posibilidades reales como sociedad y la auténtica capacidad del Estado para atender las carencias y requerimientos de la ciudadanía.

Casi nadie habla de crisis. Casi nadie está ahora indignado. La anécdota se ha convertido en categoría, la alarma en observación permanente, la emergencia en tensa normalidad. Las emociones del presente efímero (indignación) se han consolidado como sentimientos durables (regeneración-revolución, independencia). Para muchos de nuestros conciudadanos, ya no se trata de solucionar el drama de lo cotidiano sino de arreglar para siempre un sistema que no funciona y sustituirlo por otro al servicio de la mayoría, donde no tengan cabida la explotación, los abusos del capital financiero, la injusticia social, la marginación, los desahucios, el desempleo, el “España nos roba”, etc, et cétera.

Es ahora, justo en este momento, cuando algunos nos hacemos las mismas preguntas que hace cinco, diez años, angustiaban a buena parte de la ciudadanía, aunque por motivos diferentes como intentaré explicar más adelante: ¿Cómo hemos llegado a esto?

Cuando escribo “esto”, me refiero a una sociedad en permanente estado de reniego, hastiada de sí misma, agotada, desmoralizada, con amplios sectores entregados, puede que resignados, a la única solución que les parece viable: la mesiánica-totalitaria. De ser el país más democrático del mundo, el que de más y mejores atenciones públicas gozaba, donde era relativamente fácil “hacerse rico”, donde todos confiaban en la sagacidad, cordura e intachable pundonor de nuestros políticos, hemos pasado a considerarnos una dictadura de las grandes corporaciones, grupos financieros y oligopolios, una sociedad tercermundista en cuanto al bienestar común y, desde luego, un país plagado de políticos corruptos.

De confiar en los dirigentes tradicionales de la “derecha” y la “izquierda”, muchos ciudadanos han convertido en nuevos paradigmas, referentes necesarios y fiables, insustituibles para el imaginario colectivo de prosperidad y justicia, a políticos como Puigdemont o Junqueras, artífices principales aunque no únicos del monumental fraude del “proceso independentista de Cataluña”; también a Pablo Iglesias, secretario general de Podemos, un partido-espectáculo que, hasta hoy, ha demostrado que puede prometer lo que haga falta para gustar a todo el mundo, así como su eficacia en el manejo de las redes sociales a la hora de edificar una alternativa política sobre la nada, fundamentada en el “tweet”, el “retweet” y el “Me Gusta”.

Seduce cada vez a más personas la impugnación a la totalidad sin alternativa comprobada en lo real, la ruptura institucional con el vacío como destino, lo nuevo edificado sobre el anhelo de sepultar un pasado ingrato, sin más vertebración ni sustento que la voluntad (esperanza más bien) de que funcione la probatura. Esa es la expectativa actual de amplios sectores que no sabemos si son mayoritarios pero, en todo caso, se manifiestan multitudinarios.

Cuando una sociedad llega a este nivel de descreencia en sí misma, condenándose a la apuesta inmisericorde del “todo o nada”, no queda otro remedio que admitir su fracaso en el presente. Una sociedad que necesita continuos estímulos para sobrevivir, máxime si hablamos del aliento utopista jaleado por los visionarios, es sin duda una naturaleza agotada.

¿Cómo se ha llegado hasta aquí? ¿Cómo es posible que un dirigente nacionalista manipulador, de oratoria mediocre y gris bagaje de gestión y liderazgo como es Puigdemont (crecido a la sombra de los corruptos Pojul y Mas), así como unos cuántos tertulianos televisivos, congreguen tras de sus personas y proyectos a cientos de miles, puede que millones de votantes?

A estas cuestiones, y otras que parecen de igual importancia, sobre todo en lo que concierne al panorama futuro, dedicaremos este panfleto. Intentaremos argumentar sobre opciones distintas, un porvenir que no sea la chapuza levantada con los escombros de un pasado del que nadie quiso aprender y al que nadie, en consecuencia, dio oportunidad de transcenderse regenerado. Todo ello con la esperanza de que si no somos capaces de convencer, al menos salga entretenido el lector, satisfecho con alguna idea que le haya parecido original.

Una aclaración es necesaria, previamente. En la lectura de estas páginas encontrará el lector cierta antipatía por personajes como Artur Mas, Carles Puigdemont y algunos otros de la tribu nacionalista. Ello no implica, ni por lo remoto, encono ni desautorización del nacionalismo, separatista o no, como ideología perfectamente legítima y absolutamente respetable. Esto no admite discusión: todo el mundo tiene inviolable derecho a sostener sus posiciones políticas, filosóficas y morales sin ninguna cortapisa y, desde luego, a luchar para que el mismo legítimo anhelo se haga realidad algún día, valiéndose en la práctica de todos aquellos mecanismos de acción admitidos por la legalidad democrática. Cosa distinta son algunos métodos, ya de sobra conocidos por manipuladores, falaces, deshonestos —amén de ilegales y antidemocráticos —, que la experiencia de los últimos años y la evidencia de los últimos meses ha convertido en seña de identidad y “marca de fábrica” de esos grandes impostores que son los dirigentes de ERC y JxCat, así como de quienes, anexados a su política de arrogancia y desprecio por la ley, intentan sacar beneficio particular de la enorme mentira y el fenomenal embrollo al que han conducido a la sociedad catalana y, en su conjunto, española. A estos individuos se le puede entender, incluso perdonar, pero ni se pueden comprender y mucho menosse pueden aceptar sus métodos fulleros y deliberadamente lesivos para sus conciudadanos. Por decirlo claramente: la cúpula del separatismo catalán actúa de mala fe, sabiendo el daño que está haciendo tanto a “los suyos” como a quienes no comparten sus ideas, lo cual le importa bien poco porque su inmensa ambición personal les hace anteponer sus objetivos (convertirse en dueños de un país para saquearlo impunemente), a cualquier otra consideración de orden democrático, moral e incluso humanitario. A Puigdemont, Junqueras, Artur Mas, los dirigentes de las CUP, los líderes de ANC, etc, les gustaría ser para Cataluña lo que Kim-Jom es a Corea del Norte: líderes temidos, sin oposición y artífices implacables de una perversa ingeniería social que garantice la pervivencia de sus delirios soberanistas por mil años. Con sujetos así no caben contemporizaciones.

Respecto a Podemos y su más conocido dirigente, Pablo Iglesias, igualmente reivindico su perfecto derecho (y la conveniencia) de postularse como alternativa de poder en España. Hace unos meses publiqué en un medio de Internet un artículo en el que señalaba el fenómeno Podemos como beneficioso para la democracia española, por cuanto integra sectores que, sin partido de referencia, continuarían arriscados en la protesta incendiaria y estéril; porque desenmascara y pone en evidencia a la izquierda tradicional, apoltronada, enquistada en el sistema, hipócrita y demagoga; y porque hace “espabilar” y estar atenta contra la corrupción y el abuso punible a una derecha demasiado rancia, anclada en el conservadurismo doctrinario y el ultraliberalismo económico, insensible ante el sufrimiento de los sectores más desfavorecidos, sin más principios éticos que la cuenta de resultados. Desde este punto de vista, no tengo objeción alguna contra Podemos; son, en todo caso, uno más en discordia. Aunque, también, cosa distinta y muy lejos de mi convicción sería reputar sensatos, correctos y realizables sus planteamientos; asimismo, desconfío enormemente de la capacidad real de un partido que ha funcionado muy bien cuando su único ámbito de compromiso con la realidad estaba en La Tuerca el ciberespacio.

(Continuará…).

Top