Europa: o el Imperio o el Caos

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Una cierta idea de Europa siempre ha estado presente –desde Grecia y Roma, el Imperio Carolingio, el Sacro Imperio Romano-Germánico o el Imperio Austro-Húngaro, hasta la Unión Europea– en el imaginario colectivo de la opinión pública europea. Roger Griffin califica este proceso de Europoeia, esto es, la concepción de Europa como “comunidad imaginada” en sus diferentes formas: la Europa de las patrias, de las naciones, de los pueblos, de las regiones, la Europa federal, la Europa imperial, Europa-nación, etc. Se trata, en definitiva, de dotar, desde un punto de vista ideológico, de una dimensión realista al mito del renacimiento europeo. No es de extrañar, por tanto, que esta preocupación también la encontremos en el ámbito de las distintas teorías políticas que pretenden construir una nueva visión del mundo.

Pues bien, una de las ideas-fuerza idiosincráticas de ciertas corrientes ideológicas en boga en las últimas décadas es, precisamente, la de un europeísmo identitario. Un europeísmo basado en la forma imperial y en la organización federal, que se sitúa frente a los caducos Estados-nación europeos y frente a la fracasada Unión Europea, en un claro intento por superar las entidades nacionales jacobinas y las instituciones supranacionales burocráticas y tecnocráticas de unos supuestos Estados Unidos de Europa que, presuntamente, imitan el funcionamiento de las oligarquías político-financieras de los Estados Unidos de América. En fin, una Europa aliada de Eurasia y del Tercer Mundo, opuesta al Imperio Angloamericano –en su dimensión neoimperialista y atlantista– y a la misma idea del Occidente americanomorfo, esto es, Europa como un gran espacio singular, imperial y espiritual.

Europa como comunidad identitaria

Este europeísmo tiene su origen en la idea spengleriana de la decadencia occidental: «la salida de la decadencia de Europa pasa, en cualquier caso, por mantener la pureza de sus raíces, evitar la mezcla asociada a la corrupción y recuperar la identidad y la pureza de la civilización europea». Este tipo de proyecto se concibe, ante todo, como una empresa al servicio de Europa: «Europa debe estar unida frente al paradigma de la modernidad decadente, del materialismo y del sepulturero de la tradición, el modelo demoliberal que su agente privilegiado, los Estados Unidos, quiere imponer a todo el planeta». Esta filosofía europeísta es la de autoafirmación de un pueblo, la de la búsqueda de su poder en el mundo, la irradiación a nivel mundial de su influencia y la recuperación de su memoria histórica y de su especificidad cultural. Por ello, se opone a la ideología falsamente europeísta que hace de Europa la primera piedra en la construcción del edificio de una civilización mundial que incita a los pueblos europeos a olvidar sus raíces culturales en favor de una concepción materialista de civilización occidental. El cosmopolitismo occidental, de origen judeocristiano, ha entrado en crisis; por el contrario, resurge la idea de un retorno hacia las identidades colectivas: el cosmopolitismo occidental, así como la evolución actual del cristianismo, liberan a Europa del Occidente cristiano y le permiten reconocerse en una cultura indoeuropea común, su memoria fundadora más profunda.

Frente a los mundialistas y los atlantistas, que subrayan la riqueza y la potencia económica de Europa, nosotros constatamos que Europa está en decadencia. Las naciones del continente ya no son gobernadas según criterios europeos, sino por tecnocracias indulgentes guiadas por los imperativos del liberalismo, las cuales materializan una concepción individualista del hombre que resulta letal para las particularidades culturales y las continuidades históricas. Este proceso de destrucción progresiva de las identidades colectivas ha sido avanzado por un sistema de socialización, por numerosas medidas educativas que denigran los valores tradicionales, por la proliferación de patologías sociales y por una vasta oleada de inmigrantes extraeuropeos. Esas tecnocracias que se dedican exclusivamente a la satisfacción de los dictados de la globalización son, por ello, indiferentes al debilitamiento de las solidaridades socioculturales y están apoyadas por la “derecha liberal y la izquierda socialdemócrata europeas”, que coinciden en su común exaltación de las “virtudes” del mercado mundial. La pérdida de la soberanía como consecuencia de la Guerra civil europea (1914-1945) ha sido un fenómeno tan amenazador para la identidad europea como la acción de las tecnocracias bruselenses y la colonización cultural mediante la imposición de la “americanización de la vida europea”.

Pero, si la forma del Estado-nación ya no es viable y, cada vez más, la Unión Europea escenifica su gran fracaso tecnoeconómico, entonces ¿qué formas se ofrecen a Europa que, al mismo tiempo, concilien su tradición histórica con su futuro político? Frente al liberalismo y al populismo poscomunista, Europa puede ofrecer una visión orgánica, anticosmopolita y no mecanicista del hombre y de la sociedad, en cuyo centro se sitúa la noción de comunidad «en la que arraiga y se integra el individuo, desde el holon más elevado, más imperial (Europa) hasta el holon más íntimo (la familia)». De esta forma, nuestra reflexión europea puede sintetizarse en tres ideas: un método, el federalismo integral; un modelo, el imperial; y una visión filosófica de la identidad europea que, más que al pasado, se remite a un horizonte intemporal.

Europa como Imperio interior

La idea de Imperio, en su sentido más estricto, tiene poco que ver con lo que habitualmente se conoce como imperialismo Un Imperio es, ante todo, una construcción política plurinacional –escribe Alain de Benoist– que constituye «la expresión política y la personificación jurídica de una o de varias comunidades fundadas sobre unas solidaridades naturales diferentes de la consanguinidad. Los Imperios no son sólo Estados más grandes o extendidos que los otros. Reúnen varias etnias, comunidades, culturas antaño separadas y siempre distintas».

El objetivo es, en consecuencia, una Europa unida –desde el Atlántico hasta los Urales o, más allá, hasta los confines de Siberia–, bajo la tradicional forma del Imperio. En primer lugar, el Imperio es la forma y la esencia del devenir histórico de Europa. Este concepto es a la vez espiritual y orgánico. Como concepto orgánico, el imperio respeta las identidades específicas –etnoculturales– de las cuales se compone Europa, simbolizando a la vez su vocación de universalidad no-cosmopolita. Y en segundo lugar, el Imperio es un complejo compuesto de entidades étnicas, que dotan a cada pueblo europeo del sentido de su enraizamiento, de sus raíces culturales, de sus herencias históricas.

En primer lugar hay que tener en cuenta que el Imperio es, del mismo modo que la ciudad o la nación, una forma de unidad política y no, como puedan serlo la monarquía o la república, una forma de gobierno. Razón por la cual el Imperio sería en principio compatible con modelos de gobierno de lo más diverso. La idea de nación, sin embargo, no se constituye plenamente hasta el siglo XVIII y, sobre todo, con la obra de los revolucionarios de 1789; en su origen, está vinculada a una concepción de la soberanía que se opone a la concepción tradicional de la monarquía. «La nación es percibida entonces como el espacio abstracto en el que el pueblo puede concebir y ejercer sus derechos, o lo que es lo mismo, el espacio en el que los individuos ligados al conjunto de manera inmediata, fuera de la mediación de los cuerpos intermedios, pueden mutarse en ciudadanos». La eficacia del poder absoluto del Estado dependía de la desaparición fáctica de ciertos grupos de resistencia que podían convertirse en espacios intermedios de socialización, tales como los clanes familiares, las comunidades locales, las cofradías o los gremios de oficios, así como en focos de enfrentamiento directo con los aparatos del Estado.

El Imperio no es un gran espacio territorial, sino imperium espiritual

En primer lugar, por definición, un Imperio abarca, sin duda, una extensa superficie geográfica; sin embargo, esto no es lo esencial. Lo que distingue fundamentalmente al Imperio de la Nación es que el primero no es tan sólo un territorio sino, sobre todo, un principio, una idea de naturaleza espiritual, antes que una entidad territorial. El orden político en el Imperio se determina «no por factores materiales o por la posesión de un tamaño geográfico, sino por la posesión de una idea político-jurídica. Ciertamente, por definición, el Imperio ocupa una gran superficie. Pero lo esencial no es eso, sino el hecho de que el emperador deriva su poder de algo que excede la simple posesión. Como dominus mundi es el soberano tanto de príncipes como de reyes, es decir, reina sobre soberanos y no sobre territorios, y representa una potencia que trasciende a la comunidad sobre la cual ostenta la dirección» (Alain de Benoist).

En palabras de Julius Evola, «la antigua noción roma de imperium, antes de expresar un sistema de hegemonía territorial supranacional, designa la pura potencia de mando, la fuerza casi mística de la auctoritas». Según Benoist, la decadencia empieza precisamente cuando ese principio entra en declive y cuando el Imperio comienza a derivar hacia una mera estructura territorial, porque «el imperio en sentido propio no puede existir si no está animado de un fervor espiritual […] Si esto falta, no será nada más que una creación forjada por la violencia –el imperialismo–, simple superestructura mecánica y sin alma». Quizás por ello, a Julius Evola se le ha calificado como el máximo representante del europeísmo imperial. Para Evola es preciso señalar que «entre quienes poseen una comprensión espiritual y tradicional de Europa podemos distinguir entre aquellos que creen en un imperium […] y aquellos que hablan de Europa como nación. La noción de unidad europea es espiritual y supranacional. En la patria nacional el grupo étnico subsiste […] el imperium europeo pertenece a un nivel más elevado que las partes que lo componen».

Por su parte, Giorgio Locchi lanza la teoría de un “imperio-europeo-no-imperialista”: «La solución igualitaria, que conduce a la Republica universal, implica la reductio ad unum de la humanidad, el advenimiento de un tipo universal y la uniformización. La solución imperial es jerárquica, el único medio de preservar las diferencias en (y a través de) una perspectiva planetaria». La idea del imperium (en esencia, exclusivamente europea) quedaba, de esta forma, vinculada al pluriverso étnico, a la defensa a ultranza del derecho a la diferencia cultural, y enfrentada, como una Nueva Roma eurasiática al imperio no-imperial, universal, homogeneizador y etnocida de la “Nueva Cartago angloamericana”, por utilizar la expresión de Jean Thiriart.

Viene aquí, a colación la noción de “gran espacio” (grossraum) de Carl Schmitt, pero precisando que la dimensión físico-geográfica del “gran espacio” es, según aclara el propio Schmitt, sólo una de las premisas de un auténtico principio espacial. Hacen falta, de hecho, como necesario complemento, una idea política directriz y un pueblo políticamente consciente. Aclarado el significado de un auténtico principio espacial y la importancia del concepto de “gran espacio”, Schmitt desarrolla una interesante crítica de la idea de Estado, retomando el concepto de Imperio como nueva figura jurídico-política alrededor de la cual poder construir nuevas determinaciones espaciales y territoriales, a mitad de camino entre el Estado en su formulación clásica y el universalismo difundido por la potencia norteamericana. Escribe Schmitt: «La nueva idea, ordenadora de un nuevo derecho internacional, es nuestra idea de Imperio que se origina en un ordenamiento de “grandes espacios”».

Para Schmitt, el universalismo, que considera como intrínsecos, tanto el reconocimiento de la humanidad en perjuicio de un sujeto autónomo y político, como el rechazo de una concepción pluralista de los “grandes espacios”, representa exactamente lo opuesto a cualquier exigencia jurídica de ordenamiento del espacio. Una visión espacial de la política no puede sino oponerse a una concepción que tiende, en cambio, a considerar la Tierra como una unidad potencial, bajo la forma de un Mercado único, regido por un Gobierno supranacional, exento de límites y de espacios territoriales política y culturalmente delimitados.

El Imperio no es una unidad mecánica, sino un compositum orgánico

El segundo elemento característico del Imperio, una diferencia esencial, es que no se trata de una unidad mecánica, sino compuesta y orgánica, que excede del ámbito de los Estados. Mientras la nación trata de hacer corresponder el pueblo y el Estado, el Imperio trata de unificar pueblos diferentes a un nivel superior, sin por ello suprimir la diversidad de las culturas, de las etnias y de los pueblos. «El Imperio se apoya mucho más sobre los pueblos que sobre el Estado. Intenta asociarlos en una comunidad de destino sin por ello reducirlos a lo idéntico. Es la imagen clásica de la universitas, por oposición a la societas unitaria y centralizada del reino nacional … El principio imperial trata de conciliar lo uno y lo múltiple, lo universal y lo particular … Se trata no de abolir la diferencia, sino de integrarla» (Alain de Benoist). Es importante subrayar aquí que el Imperio, si bien es universal en su principio y en su vocación, no es por ello universalista. No aspira a extenderse por toda la tierra en un hipotético Estado mundial, sino que se confina a la realización de un orden equitativo en un área cultural y civilizacional determinada.

En consecuencia, su ley general es la autonomía y el respeto a las diferencias gracias a una estricta aplicación del llamado principio de subsidiaridad. El imperio aspira a unificar en un nivel superior sin suprimir la diversidad de las culturas, las etnias y los pueblos. Trata de asociar a los pueblos en una comunidad de destino, sin reducirlos por ello a lo idéntico. Es un todo en el que las partes son tanto más autónomas cuanto más sólido es aquellos que las reúne, y las partes que lo constituyen se mantienen ellas mismas como conjuntos orgánicos diferenciados. Nada de esto ocurre con el Estado-nación y su antecedente, el reino nacional; aquí lo que se produce es una irresistible tendencia hacia la centralización y la homogeneización generalizadas.

El Imperio no es imperial ni universal, sino federal y multiétnico

De conformidad con lo dicho anteriormente, debe advertirse que el Imperio no es –ni podría ser en modo alguno– imperialista. Por eso, la denominación debe reservarse para aquellas construcciones históricas que merezcan efectivamente ese nombre, y han de excluirse fenómenos como el imperio napoleónico, el Reich hitleriano, los imperios coloniales español, francés y británico o el moderno imperialismo angloamericano. Escribe Alain de Benoist: «Las grandes potencias modernas no son imperios, sino más bien naciones cuya pretensión es, simplemente, la de dilatarse por medio de la conquista militar, política, económica o de cualquier otro género, hasta alcanzar unas dimensiones que sobrepasen las de sus fronteras del momento». Y una de las principales armas ideológicas para llevar a término esta vocación expansiva es el universalismo, que no ha de contemplarse como desvinculado del individualismo, sino como su simple proyección al nivel de la humanidad: «antes bien, es preciso pensar el universalismo político moderno a partir de la raíz individualista del Estado-nación». Del Imperio europeo no podría deducirse pretensión universalista alguna sino, más bien, la idea de un orden equitativo en el que vendrían a federarse pueblos con un origen común, sobre la base de una organización política concreta y al margen de cualquier perspectiva de conversión o de nivelación de las partes constitutivas.

Y una última cuestión que apunta Rodrigo Agulló. Es en el Imperio donde cobra todo su sentido la distinción –ajena al espíritu del Estado-nación– entre nacionalidad y ciudadanía. En el imperio romano era posible ser ciudadano romano sin perder por ello la nacionalidad propia; lo mismo sucedía en el Reich medieval, una institución supranacional en la que los pueblos mantenían su forma política y su derecho particular. Y éste era también el caso del Imperio austro-húngaro, un Estado plurinacional en cuyo seno las minorías nacionales eran, en su conjunto poblacional, mayoritarias, siendo el vínculo entre ellas la común fidelidad a la Casa de Habsburgo. En contraste con ello, «en el sistema del Estado-nación es la pertenencia a la nación la que define la ciudadanía, porque de lo que se trata es de consolidar un espacio homogéneo en el que coincidan las fronteras del Estado con las de nación y con las de lengua». En consecuencia, la lógica del Imperio es organicista y holista: las formas de relación entre el Estado y sus ciudadanos son mediatas, y se sustentan en toda una serie de formas de socialización intermedias que encauzan las pertenencias naturales y culturales de las personas. Por el contrario, la lógica del Estado-nación es individualista: la autoridad estatal ejerce su poder directamente sobre los súbditos individuales, en un sistema en el que el valor supremo es la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley.

La transferencia del Imperio

La reflexión euroimperial, formulada en estos términos a comienzos de los años noventa, puedo ser tomada como extemporánea y algo extravagante. De hecho, después de experiencias “imperialistas” como la napoleónica o la hitleriana, la conciencia europea extendió su halo maldito sobre la idea imperial. Sin embargo, la tesis no hizo sino adelantar una línea de pensamiento que, años después, adquirió un notable reconocimiento entre politólogos y pensadores mediáticos no precisamente disidentes con el discurso ideológico del sistema dominante.

Así, según Peter Sloterdijk ser europeo hoy, entendiendo esto en un sentido ambicioso, significa concebir la revisión del principio imperial como la misión más alta tanto en la teoría como en la práctica. “Pensar Europa” (Edgar Morin) en realidad significa, antes que nada, pensar la mitomotricidad de las transferencias imperiales; pero el punto fundamental de esta tarea reflexiva se dirige ahora a transferir la propia estructura imperial a una gran forma política transimperial o postimperial. Ya no se trata de dar forma a las potencias europeas mediante la reclamación de caducos y antiguos modelos europeos, sino de superar, a través de la creación de una forma política susceptible de inscribirse en la historia mundial, el principio imperial como tal por el principio de una Unión de Estados. Como federación multinacional, Europa está obligada a desarrollar un primer modelo exitoso para esa entidad intermediaria que falta entre los Estados nacionales y las organizaciones del complejo formado por las United-Nations. He aquí el tema indispensable de una filosofía política europea futura. De ella cabe decir hoy, que ya sólo se puede realizar bajo la modalidad de una filosofía en proceso postimperialista.

Por su parte, Ortega y Gasset vio en la “modernidad” el principio de la decadencia europea: «antes de 1914 un “orden europeo”, una forma específica de civismo, una civilización dinámica y eficiente que conciliaba tradiciones y modernidad, reinaba en el corazón de nuestro continente». Después de 1945, Europa quedó derrotada y anestesiada, perdiendo el “mando civilizador europeo del mundo” a favor de las dos grandes potencias mesiánicas y hostiles a la tradición europea. Unos pocos profetas, como Jean Thiriart, reclamaban la “misión universal de la europeidad”, como voluntad de poder y de superioridad, para acabar con el período de “ausencia de Europa” y romper el equilibrio mundial bipolar. Durante un largo período de tres siglos, los pueblos europeos como grupo homogéneo habían ejercido un estilo de vida unitario sobre la mayor parte del mundo, conocido como «la época de la hegemonía europea». Pero después de las dos guerra mundiales, ¿quién llenará con legítima autoridad ese horror vacui dejado por Europa en el mando espiritual del mundo? Por «mando» entiende Ortega «el ejercicio normal de la autoridad fundamentado y nutrido en la existencia de una opinión pública, concebida ésta como «ley de gravitación histórica». Encontramos aquí una de las teorías más jugosas del pensador español, la del “poder espiritual”, como una especie de imperium genérico y reforzado, que emana de un tronco en equilibrio sobre un mundo ramificado en desorden estático para darle forma, estilo, unidad y un destino. Porque sin el ejercicio de facto et de iure de ese poder espiritual, de esas superiores opiniones, la humanidad representaría «la nada histórica», el caos, al desaparecer de la vida los principios de jerarquía y organicidad.

En fin, Sloterdijk efectúa la siguiente reflexión: «Han sido muchos los intérpretes de la situación europea tras la Segunda Guerra Mundial que han diagnosticado y dado expresión a la sensación de que Europa, tras el año 1945, ha caído de su tradicional posición en el centro del mundo. Desde Colón hasta Hitler ha sido una convicción europea bien fundada que ese escarpado cabo de masa terrestre eurasiática… representa, en términos geopolíticos e ideológicos, el eje central del globo terráqueo». Sloterdijk llama a Europa el “Imperio del Centro”.

Los últimos decenios de la historia mundial han estado exentos de dignidad y vacíos de dirección espiritual (del imperium del espíritu europeo que constituye un maximum de exigencia e intensidad del homo europaeus, según Paul Valéry). En el viejo continente, sin proyecto y sin más impulso que el ritmo de innovación “desarrollista” propio del liberalismo capitalista, se hace patente el concepto de “caída” (Abfall). Como consecuencia de ello, presenciamos la emergencia de un nuevo Zeitgeist, de un vacío, de un espíritu destructor del tiempo pasado, de un sentimiento de desfondamiento que trata de mantener la apariencia de un válido estilo europeo de vida mientras se precipita en caída libre. Según Sloterdijk, en Alemania, una de las cabezas más representativas de la llamada, a la sazón, “revolución conservadora”, Hans Freyer, levantó acta de esta situación en 1954: la defunción de la historia universal de Europa por el nuevo sistema de las potencias mundiales. También Carl Schmitt lo percibía a final de los años 60 del siglo pasado: «que Europa ha sido despojada del punto central de la Tierra, un ejemplo del fin de la era eurocéntrica». Pudo ser el fin de Europa como el “Imperio del Centro”, pero la idea imperial siempre será europea.

El caso es que si Sloterdijk aboga por una Europa imperial, los politólogos alemanes Ulrich Beck y Edgar Grande defienden abiertamente un Imperio europeo, solo que identificado con una Europa cosmopolita y poshegemónica. Rodrigo Agulló subraya cómo el concepto de cosmopolitismo se remite en estos autores a una fórmula particular de tratamiento de la alteridad cultural, fundada sobre el principio de inclusión aditiva, a través de la concepción de nuevas formas democráticas de dominación política más allá de los Estados nacionales. Desde esta concepción, el cosmopolitismo se distinguiría tanto del nacionalismo como del universalismo –que devalúa la variedad humana en provecho de una norma única–, así como también del multiculturalismo posmoderno, que tiende a hacer de las diferencias un absoluto. Estos autores, proclives a la fórmula imperial, no resuelven, sin embargo, las contradicciones que, en último término, se inscriben en su adhesión a la ideología dominante. Por un lado, reducen la identidad europea al hecho de que ésta es portadora de “valores universales”. Y por otro lado, critican los vicios del “universalismo ciego ante los colores” que niega la alteridad del otro al afirmar su “igualdad” y que de facto implica una perpetuación de la dominación cultural. Igualmente se refieren al carácter necesariamente inclusivo y universal del cosmopolitismo, pero reconocen que, si de lo que se trata al fin y al cabo es de un Imperio europeo, es necesario que éste se dote a sí mismo de fronteras.

Para Alain de Benoist, siguiendo en esto a Beck y Grande, tres escenarios parecen abrirse ante Europa: el estancamiento, esto es, la «petrificación de la Unión Europea en un espacio económico neoliberal, desprovisto de cualquier otra ambición política y con una legitimación democrática dudosa». El declive, esto es, una renacionalización de las políticas, con el método intergubernamental como motor de una Europa concebida poco más que un espacio de libre cambio. Y la profundización, esto es, la creación de una Europa política, para lo cual sería ante todo necesario poner fin a los equívocos y plantear, de una vez por todas, el debate sobre las finalidades de la construcción europea.

Las condiciones geopolíticas actuales obligan a replantearse el único modelo alternativo viable para los europeos: el Imperio. Las naciones europeas se encuentran amenazadas y, al mismo tiempo, agotadas. Deben superarse a sí mismas para no convertirse definitivamente en dominios de la superpotencia americana. ¿Y cómo podrían hacerlo sin intentar conciliar a su vez “lo uno y lo múltiple”, sin buscar una unidad que no implicase el empobrecimiento de su diversidad? ¿Cómo conciliar la idea de Europa con las naciones soberanas y las culturas étnicas sin convertirse, al mismo tiempo, en un “Estado mundial”? O el Imperio o el Caos.

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