El sueño de la Fuga Mundi. Reseñas

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Las riquezas verdaderas. Jean Gionó. Errata Naturae. 2016.

Un año en los bosques. Sue Hubbel. Errata Naturae. 2016.

La vida del pastor. James Rebanks. Debate. 2016.

El libro de la madera. Lars Mytting. Alfaguara. 2016.

Una temporada en Tincker Creek. Annie Dillard. Errata Naturae. 2017.

 

Las señales del agotamiento del modelo occidental liberal de vivir no son nuevas. Casi que podríamos decir que aunque se haya impuesto mayoritariamente en esta Europa nuestra, lo ha sido siempre en contra de algunos lúcidos espíritus -desde De Maistre a MacIntyre, pasando por Nietzsche, Chesterton, Jünger o von Hildebrand entre muchísimos otros…- que detectaron desde el principio que los planteamientos de la modernidad liberal se construían en contra de algunas de las claves más profundas de la condición humana.

Sobre el gran eje del individualismo versus la comunidad, en el que pivota la modernidad, pueden marcarse unas líneas claves en esta que pasan desde la economización del ser humano -comprenderlo como un factor ante todo económico-, al desarrollismo de una falsa fe en el progreso perpetuo -el mito del avance constante y el desprecio de lo anterior-, la tecnificación de las sociedades -y posterior siguiente paso con la tecnologización-, y sobre todo una constante separación con la naturaleza y lo natural para pasar a un modelo urbano y artificial. Todas esas claves en el fondo suponen una comprensión antropológica reduccionista y parcial que entiende la condición humana como algo no dado, no creado, sino algo de absoluta disposición artificial por parte del individuo, que nace en última instancia de una negación de la condición espiritual del ser humano para comprenderlo como un ente puramente racional y volitivo de absoluta disposición personal. Así la ciencia es la nueva religión. Así la ruptura con cualquier clave tradicional y heredada. Así la autodisposición y autoreferencialidad individualista y caprichosa como motor de conducta. Así la distancia con cualquier cosa que suene a natural, dado o recibido. En el fondo, sin más, artificialidad contra naturaleza podríamos decir. Soberbia frente a gratuidad.

Y como decíamos, si esas señales de agotamiento del proyecto moderno habían sido mantenidas en espacios digamos reducidos, académicos, resistentes y minoritarios -sobre todo en el siglo XX desde la posguerra mundial, a lo Jünger y su emboscado en el corazón del bosque- este siglo XXI con el nuevo tiempo de la posmodernidad -que hemos de decirlo ya, no es en sí más que un tiempo de “crisis”, de “criba”, un tiempo “cedazo” en el que se desmonta y se “critica” el tiempo de la modernidad, pero sin dar a luz aún realmente a lo nuevo, un tiempo en el que la tierra gime con dolores de parto a la espera de algo nuevo que surgirá…- empiezan a saltar esas señales de agotamiento al gran público, al común de los mortales que comienza a sentir en su interior la insatisfacción de un mundo que siente ajeno, alieno, alienante. Un mundo que siente que le coarta y le reduce, le limita, le agota, le asquea y le hastía.

Lo vemos en multitud de señales a nuestro alrededor: económicas, políticas, sociales, culturales, religiosas. Se mueven las sociedades y las personas ante lo que cada vez sienten más como imposiciones extrañas y artificiales. Desde el corazón del hombre hay llamadas imposibles de rechazar. Y el mundo literario no habría de ser menos, como reflejo al final de lo que en las sociedades se mueve. La gran paradoja de la cultura es que se mueve siempre entre la performatividad de la artificialidad del discurso -la capacidad de crear nuevas realidades al margen de lo que existe, e incluso contra lo que existe…-, y la servidumbre de ser reflejo de lo que hay -de lo que artificialmente se ha impuesto… pero también de la innegable realidad profunda del corazón humano como luz de su verdadera condición antropológica natural…-.

Los distintos títulos pues que hoy reseñamos, se enmarcan en esas coordenadas de cómo el hastío por la vida contemporánea artificial, economicista, urbana, feísta, ajena a la naturaleza, a la belleza y a la espiritualidad, impulsa a buscar formas de vida distintas, más tradicionales, de vuelta a la naturaleza y a las comunidades más próximas, en contacto con lo que realmente nos hace volver a sabernos y sentirnos humanos y parte de un todo común que es la creación.

Los hila a los distintos títulos que presentamos una suerte de “fuga mundi” en la mejor tradición de ese concepto.       Si la “fuga mundi” demasiadas veces se ha contemplado como una suerte de huida acomodada o perezosa, solipsista e irresponsable que busca liberarse sin ataduras de ningún tipo de cuanto rodea al hombre, hay que dejar claro que no es así como nació tal idea.

La “fuga mundi” original nace en la cosmovisión cristiana -cómo no, por más que este mundo se empeñe en lo contrario, en el ADN de esta Europa nuestra está hasta la médula la identidad cristiana- de la mano del monacato primitivo, que “huye” de las ciudades como una manera de respuesta profética ante modelos de relaciones que consideran incompatibles con la verdadera experiencia de Dios y aún menos con el proyecto del evangelio para el mundo. Parece indudable que la vida monástica como protagonista primera de esa “fuga mundi” surge históricamente como reacción a un cierto relajamiento del pueblo cristiano al cesar las persecuciones. Al iniciarse una relajación generalizada de la vida cristiana, es cuando, aquí y allá, aquellos que tienden con más fuerza a la perfección, dejándolo todo, desacondicionándose del mundo, se van al desierto a seguir a Cristo… pero conscientes de que en su decisión hay una suerte de discurso profético -antisistema diríamos hoy- que señala un camino de denuncia del status quo del mundo, una denuncia con su propia vida y sus opciones de las condiciones de vida de su tiempo que someten a los hombres y mujeres a regímenes de vida que no les permiten desarrollarse en armonía y felicidad, en plenitud.

Esa clave profunda la encontramos en los cuatro autores que comentamos.

Por orden histórico y temporal, no podemos sino empezar por la obra de Jean Gionó (1895-1970). Las Riquezas verdaderas es una obra de 1940 traducida por vez primera al castellano por Errata Naturae, pequeña editorial que está aupándose en esta España que poco lee pero que mucho edita, y del que comentamos en esta reseña otras dos obras, con cuidadas ediciones y una colección que de lleno aborda el tema de la vuelta a la naturaleza para reencontrar la identidad, la belleza y al espiritualidad, ante un mundo tecnificado y artificial que deshumaniza al hombre contemporáneo, bajo la enseña del Walden de Thoreau. La obra de Gionó -conocido por el gran público por su El hombre que plantaba árboles, una deliciosa obrita a caballo entre la narración ecológica, la fábula y la enseñanza moral; y por El húsar en el tejado, novela que llegó al gran público por su adaptación cinematográfica de 1995- es una denuncia apasionada y hermosa de las sociedades contemporáneas y una reivindicación de los auténticos vínculos con la tierra y la naturaleza. Nació casi como manifiesto del proyecto que Gionó y una pequeña comunidad de amigos lanzaron de recuperar una aldea en la Provenza francesa, para vivir alejados del París comercial e inhumano de entreguerras, en contacto con la naturaleza y con formas de vida más tradicionales y naturales. Es una obra de una belleza deslumbrante, por momentos onírica, descriptiva de una naturaleza mediterránea en estado salvaje y de las relaciones de compenetración que el hombre tiene con ella, ajena a una civilización artificiosa que anula los pequeños placeres de la existencia y las verdaderas riquezas de la vida, abriéndonos a mirar y ser capaces de ver la creación con reverencia y asombro, con disfrute, con emoción y gratitud por devolver la humanidad que la civilización moderna hace perder.

Un año en los bosques, la obra de Sue Hubbel, nos traslada a los Estados Unidos, en los años setenta. Nos cuenta un año en la vida de una bibliotecaria universitaria y bióloga, que harta de la sociedad de consumo del desarrollismo americano de los 70, decide marchar a un remoto rincón de Missouri, a una granja, para vivir de otro modo, con las obras de H.D. Thoreau en la cabeza. Al poco de llegar, su marido, con el que compartía aventura, la abandona, y nuestra autora se encuentra sola, abatida, y comenzando de nuevo una vida para nada sencilla, pero ese contacto cotidiano con una naturaleza no siempre amable, le hace redescubrirse, reconstruirse, y en una mejor y más auténtica versión de sí misma. Esta obra de Sue Hubbel, también edición de Errata Naturae, es considerada todo un clásico del nature writing del que venimos hablando, esa suerte de ensayos literarios que a medio camino entre el ensayo ecológico, el libro de observación de la naturaleza, y casi que unas memorias catárticas, denuncia la deshumanización contemporánea, proponiendo alternativas más naturales y tradicionales de vivir, muy en la línea del decrecionismo. Nos cuenta la autora su relación con cuanto le rodea en esa perdida granja de los bosques de Missouri, especialmente con las abejas, cuya miel se convierte en su fuente de sustento económico, con una mirada por momentos amarga, pero siempre con una clave de ternura y humor, de curiosidad, de captación de la belleza, en plena transformación -desintoxicación nos atreveríamos a decir…- personal y vital en la búsqueda de una nueva existencia.

La vida del pastor, de James Rebanks, editada por Debate, muestra más a las claras la opción por modelos de vida tradicionales de nuestra Europa, la vida de comunidades que aún mantienen, pese a los envites de la modernidad, formas de vida tradicionales, una opción por vivir como siempre se ha vivido, recuperando la sabiduría heredada de los ancestros. Nos narra Rebanks, marcando mucho el carácter de memorias y autobiográfico de su texto, la vida de un pastor de ovejas del Distrito de los Lagos de Inglaterra, en su conflicto con la sociedad contemporánea, las dificultades de mantener un oficio como siempre ha sido, los días y las labores que un pastor y ganadero tiene que hacer a lo largo del año, la confianza y esperanza en el saber heredado, los años de duda y de dificultad, el valor de la pertenencia, de las raíces, de la familia, convirtiéndose en todo un alegato a favor de la estabilidad, de lo recibido y transmitido, de lo propio, en medio de un mundo que parece que sólo valora la innovación y la movilidad, el cambio y lo ajeno. En la misma línea nos encontramos con El libro de la madera, de Lars Mytting, en Alfaguara, pero si en el resto de libros comentados aquí está siempre una historia personal que encarna y vehicula la narración, haciéndonosla próxima y personal, en esta el protagonismo cae directamente en el ancestral arte de cortar madera y preparar fuego… Una curiosidad de origen Noruego, que se ha convertido en uno de los libros más vendido en los últimos años en los países nórdicos y en toda Europa -más de 700.000 ejemplares en más de 15 traducciones-. Un precioso libro -con fotografías fantásticas- que más allá de ser un manual de cómo cortar leña y preparar fuego casi en cualquier ocasión -nos recorre desde los diferentes modos de corte, a las distintas herramientas para ello, tipos de madera, tipos de secado y almacenamiento, tipos de estufas y chimeneas, formas de encender, de aprovechar el calor, etc.- nos habla de la sed cada vez mayor por las cosas de siempre, por las cosas importantes, por la tradición, lo heredado y la sabiduría, por lo realmente importante en medio de un mundo que cada vez más empezamos a estar seguros que ha perdido el norte y el sentido común.

El último de los libros comentados hoy -podíamos seguir, pues ya decimos que está comenzando casi a convertirse en una moda esto de la marcha a la naturaleza en la literatura, esto de volver a formas de vida más tradicionales en medio de nuestro artificial mundo, y así tendríamos Leñador de Mike Wilson, Los búfalos de Broken Heart de Dan O´Brian, Mis años Grizzly de Doug Peacock, etc., etc.- es la obra más de observación de la naturaleza de las que traemos aquí, la más puramente zoológica, pero que comparte ese origen de marcha a la naturaleza para buscar una forma de vida más pura, más natural, en contacto con la belleza a veces cruel de la naturaleza, que trata de aprender de ella en su observación, que subyuga y fascina, que enseña y que es maestra de una vida más auténtica y profunda -no me resisto a citar en esa misma línea otras obras fascinantes de aprendizaje de la naturaleza como La vida secreta de los árboles (Obelisco 2016) de Peter Wohlleben, o La memoria secreta de las hojas (Paidos 2016) de Hope Jahren-.

Una reseña como esta trata de hacernos caer en la cuenta primero de que el modelo moderno liberal se agota porque es una deformación del propio ser humano y de sus relaciones, al haber invertido dimensiones profundas de la persona en su autocomprensión y en su forma de vida; y segundo, que ese agotamiento del modelo liberal moderno, que estaba presente en algunos pensadores y académicos lúcidos pero poco influyentes, comienza a dar el salto a capas cada vez mayores de la sociedad, mostrándose en esa “fuga mundi” a la naturaleza, a formas de vida más sencillas y naturales, a mirar a formas más tradicionales de vivir, revalorando lo heredado y aprendido por su valor y sabiduría -y del que sirva como ejemplo los libros aquí comentados-, ya digo, esta reseña no puede sino terminar con una cita de H.D Thoreau, el autor de Walden, considerado el padre de todo ese movimiento del natural writing, del libertarismo ecologista, de la vuelta a la naturaleza para vivir de nuevo. Podríamos quizás haber elegido al emboscado del corazón del bosque de Jünger, que en cierto modo comparte esa visión de huir para ser más uno mismo frente a un mundo que se hunde en su tecnificación artificial, pero consideramos que el mensaje de Thoreau queda más claro para este final de reseña:

“…yo me fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida…para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido…”

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