El enterrador enterrado

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“La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso, y aplicar después los remedios equivocados” (Groucho Marx)

Tenía que suceder y sucedió. En política es imposible sobrevivir instalado permanentemente en la galbana, en la indolencia, en la cobardía. De esta guisa ha transitado al frente del Gobierno de España M. Rajoy, al que desde esta misma tribuna bautizamos como “el Enterrador”, por su calamitosa actuación en la gestión de la crisis abierta en Cataluña. Con todos los resortes del Poder a su disposición, es difícil “hacer menos” y “hacerlo peor”… Siempre tarde, siempre mal. Intentando hacer pasar por tranquilidad lo que únicamente era pasmo; por serenidad, la parálisis provocada por el pánico; por estrategia, una clamorosa falta de energía e ideas. Sin sombra de liderazgo, sin una sola decisión valiente, sin más compromiso que mantenerse a cualquier precio en la poltrona y “escurrir el bulto” ante la mínima adversidad, siempre a remolque de los acontecimientos y de las iniciativas ajenas… esa ha sido la ejecutoria de M. Rajoy como Presidente y esa absoluta carencia de dotes de gobernante es la que le acredita como “el Enterrador”.

LOS EMBOSCADOS

Recientemente, y a través de una serie de brillantes colaboraciones exclusivas, POSMODERNIA ha querido rendir homenaje a Ernst Jünger, con motivo del XX aniversario de su muerte. Aunque con toda probabilidad, la expresión “distancia sideral” se articulara para ilustrar algo semejante a las diferencias que pueden establecerse entre el autor alemán y M. Rajoy, Jünger traza en su obra “La Emboscadura” el perfil de una de sus figuras arquetípicas que evoca, bien que en sentido absolutamente divergente, y aún contrapuesto, a M. Rajoy. Se trata de “el Emboscado”, un ser que representa la dignidad humana, la sublime libertad ante la opresión, la voluntad de resistir frente a toda adversidad; es decir, lo contrario de M. Rajoy.

Pero nuestro “Enterrador”, en las antípodas del personaje de Jünger, también es, en la acepción chusca del término, un “Emboscado”. Y lo es en un doble sentido. Por un lado, se ha pasado “escondido” la mayor parte de su etapa de Gobierno. Baste decir que llegó a dar una conferencia de prensa a través de un “plasma” y, por supuesto, sin posibilidad de que los periodistas pudieran formularle pregunta alguna. Ha estado “emboscado” tras las togas de los jueces para no tener que tomar ninguna de las decisiones que le hubiera correspondido adoptar en el ejercicio del cargo que desempeñaba. Se ha “emboscado” tras su Vicepresidenta “plenipotenciaria”, a la que ha dejado hacer y deshacer a su antojo, con las nefastas consecuencias por todos conocidas. Se mantuvo “emboscado”, oculto por el trampantojo del partido, cuando arreció la tormenta de la corrupción sobre la formación de la que era Presidente, con episodios tan delirantes como los pagos con dinero de dudoso origen de las obras en la sede central de la calle Génova, o cuando en los papeles de Bárcenas apareció, como receptor de los famosos “sobres”, el nombre de “M. Rajoy”, al que nadie parecía conocer. Ha hecho un cínico ejercicio de invisibilidad con cuantos escándalos han salpicado a su partido, recurriendo a la socorrida fórmula del transeúnte despistado: “yo no sé nada, no he visto nada, yo solo pasaba por aquí…” Incluso se ha mantenido “emboscado” durante el postrer y bochornoso episodio de su laminación como Presidente del Gobierno, atrincherado en un bar mientras se sustanciaba su remoción del cargo, con un desprecio aberrante por el Parlamento, por la Democracia, por el Estado de Derecho, por España, por los españoles, y hasta por su propia dignidad personal, dejando por significativo testigo mudo del suceso, al bolso de su Vicepresidenta, “sentado” en su escaño, en palmaria demostración de su carácter pusilánime e hipócrita.

Y por otra parte, ha sido un “emboscado pasivo”, es decir, ha caído en varias emboscadas, pese a que sus palmeros no se han recatado en jalearlo como un consumado “maniobrero”. La última, hace unas horas, la doble emboscada que le han tendido otros “emboscados”; Pedro Sánchez, a quién poco antes había encomiado públicamente y para escarnio de “aprovechateguis”, como ejemplo de lealtad, y el PNV, al que creía haber “comprado” con el vergonzoso “cuponazo”…

HABÍA UNA VEZ UN CIRCO…      

El Parlamento del Régimen del 78 ha devenido en “circo”; con sus payasos, sus enanos (y enanas), sus funambulistas, sus elefantes (moribundos mayormente, por aquello del “cementerio”), equilibristas, saltimbanquis, forzudos de pacotilla, mujeres barbudas, acróbatas… Llama la atención la ausencia de “fieras”: leones y tigres (hasta “de papel”), brillan por su ausencia. Lo más parecido a un rugido que puede escucharse, es algún que otro rebuzno. La última representación confirmatoria de su naturaleza circense ha tenido lugar durante la Moción de Censura. Y ha evidenciado que este circo, lejos de “alegrar el corazón”, lo encoge y lo deja atrapado en un puño.

Bromas aparte, lo acontecido durante las sesiones en que se ha sustanciado la Moción de Censura contra M. Rajoy, ha puesto de manifiesto la mediocridad del sistema político español y de la Casta que lo encarna. A derecha o izquierda, en el centro o la periferia, cualquier cosa menos responsabilidad, sentido de Estado o defensa de los intereses comunes y de la Nación española, cuya Soberanía debiera representar el Parlamento. Ninguna altura de miras, ningún proyecto sugestivo de Nación, ni la más remota idea de Estado, ni la más mínima preocupación por el Pueblo. Únicamente una vindicación numantina de intereses egoístas, partidistas, cuando no, directamente bastardos, con la vista puesta en el más volátil cortoplacismo, con un insultante descaro que ya hasta prescinde de las habituales y tópicas coartadas, y con la exclusiva pretensión de obtener blindaje para salvaguardar sus inmerecidos privilegios.

Como queda dicho, si algo ha quedado patente en el desarrollo de los debates parlamentarios de la Moción de Censura, si una palabra pudiera resumir la sensación que dejan, ésta no podría ser otra que mediocridad. Mediocre, M. Rajoy. Mediocre, Pedro Sánchez. Mediocre, Pablo Iglesias. Mediocre, Albert Rivera…. Ahorramos al lector la lista completa de intervinientes, con los Ábalos, Hernando, Robles, Tardá, Campuzano, y compañía, que mantuvieron idéntico tono de mediocridad. Por salvar algo, rescataríamos la primera intervención de Ana Oramas, de Coalición Canaria, ajustada, incisiva y precisa, con una saludable y punzante actitud crítica hacia M. Rajoy y Pedro Sánchez que, en sus líneas generales, podríamos compartir, aunque en el turno de réplicas empañó algo su actuación rebajando el listón inicial con un cierto tono de “compadreo” con Sánchez. También ligeramente por encima de la media, el portavoz del PNV, Aitor Esteban, a quién le tocó defender la cínica postura de su grupo y lo hizo delineando con justeza la situación y, lejos de recurrir a subterfugios y mendaces justificaciones, vino a decir que apoyaban la medida por puro interés y esperando recolectar a posteriori los réditos de su apoyo. Al menos, no mintió…

PEDRO SÁNCHEZ, EL OPORTUNISTA INSUSTANCIAL

img_4595Que Pedro Sánchez y M. Rajoy sean los dos últimos Presidentes de Gobierno del Régimen del 78, deja bien a las claras que “algo huele a podrido”, y no precisamente en Dinamarca. Que las “alternativas” que se vislumbran en el horizonte más cercano sean Pablo Iglesias y Albert Rivera, no hace sino confirmar que algún tipo de perversa anomalía funcional aqueja decisivamente al Sistema. Y no es que los precedentes ocupantes de la Moncloa invitaran al optimismo o presagiaran la conformación de una nómina de políticos sobresaliente. Más bien al contrario. Los Zapatero, Aznar, González, el episódico Calvo Sotelo o Suárez, no trazaron una estela que pudiera estimarse como esperanzadora o ejemplarizante. La realidad es que, al margen de los insalvables defectos congénitos del Sistema, el país no ha andado sobrado de suerte con sus gobernantes a lo largo de estos 40 años.

El, por ahora, último capítulo de la saga corresponde interpretarlo a Pedro Sánchez. El inefable Alfonso Ussía ha manifestado que le parece “el típico hortera de bolera americana y salón de masajes”. Al margen de ese tipo de valoraciones, sabemos que se trata de un político “orgánico”, amamantado a las ubres del PSOE, y habituado a “vivir de la política”. Por lo pronto, esa circunstancia no va a variar, pues con su designación como Presidente de Gobierno se ha garantizado una generosa remuneración vitalicia. De las capacidades políticas de Sánchez, a tenor de lo que conocemos de él, poco puede decirse. Hasta el momento, se ha manejado en el terreno de la ambigüedad y de los gestos superfluos cara a la galería. Nunca le hemos escuchado (menos aún, leído) siquiera esbozar una política de Estado. Tampoco es posible, por más que se rebusque, hallar un contenido que represente un proyecto de Nación. Como máxima expresión de su “pensamiento” político, hemos asistido a un machacón recitado de eslóganes y tópicos manidos e inconexos, que tanto podrían valer “para un barrido como para un fregado”.

Ha hablado, por ejemplo, de federalismo sin definir en momento alguno qué pueda ser la estructura federal propuesta. Por demás, incurriendo en el craso error de dejarse deslumbrar por la “estética” aparente de los términos, sin reparar en su contenido. Alguien debería explicarle que en ciencia política no es posible federar lo que ya existe anteriormente como unidad. La federación se utiliza como mecanismo para unir realidades políticas diferenciadas, previamente desunidas. Nunca al contrario. Intuimos que el uso del concepto se produce (aparte de por desconocimiento, lo que resulta grave y preocupante), porque “le queda bien” y le sugiere ir algún paso más allá del presente modelo autonómico (más grave y preocupante aún).

El socialismo español a lo largo de su historia nunca ha gozado de la presencia en sus filas de ideólogos de cierta jerarquía. Lo más decente que tuvieron fue a Besteiro y lo marginaron ellos mismos, antes incluso de aproximarse al poder. De ahí, de ese páramo ideológico en que se ha desenvuelto su existencia, se explican tantas y tantas incongruencias y errores garrafales en la trayectoria del PSOE. Por ejemplo, su incomprensión y pésima interpretación del “hecho nacional” y la ausencia de un concepto definido de España, lo que les ha llevado a moverse permanentemente entre arenas movedizas, prestando audiencia a los cantos de sirena de un separatismo que debería haberles repelido “por principio”. Y esto no es algo que venga como reacción al franquismo, como se ha pretendido justificar en ocasiones. Ya durante la II República las connivencias con los separatistas fueron constantes, y prosiguieron durante la Guerra civil. El desprecio expresado en privado por algunos destacados socialistas respecto a los separatistas vascos y catalanes de la época, no mengua en absoluto lo que ha sido una constante histórica difícilmente explicable y continuamente reiterada, como hemos podido comprobar, por enésima vez, hace apenas horas.

Pedro Sánchez navega embarcado en la nadería ideológica. Nada nuevo, por otra parte, después de M. Rajoy, cuya lectura de cabecera, según propia confesión, era el “Marca”… Pero España necesitaba en esta hora, y con urgencia, contar con un estadista al frente de la Nación. Mucho nos tememos que en lugar de eso, lo que vamos a padecer sea la presencia de otro “oportunista insustancial”.

Pedro Sánchez está tan perdido ideológicamente como su partido. Sin discurso, sin “metarrelato” al que asirse. El socialismo a nivel “global”, hace tiempo que extravió el “oremus” ideológico. El fracaso sucesivo de las experiencias propiamente “socialistas” les condujo irremisiblemente a buscar cobijo bajo la fórmula más ambigua de la “socialdemocracia”, un cajón de sastre que permitía llevar a cabo una política y su contraria, y cuya progresiva dilución en el capitalismo económico y el liberalismo político, ha hecho del concepto algo tan deletéreo que hasta Montoro se ha permitido hace unos días titularse públicamente como “socialdemócrata”… Precisamente, para intentar marcar diferencias, adoptaron un “cliché” todavía más vago e impreciso: el “progresismo”. El problema es que a esas alturas, el término, que ya tenía larga trayectoria allende nuestras fronteras, había perdido toda su frescura y se había tornado en francamente ramplón…

Los “ismos” han fracasado en esta Modernidad tardía. Sus metarrelatos han sufrido una paulatina e irreversible pérdida de vigencia, de actualidad, de efectividad, de conexión con la realidad. Y el socialismo constituye un ejemplo palmario de este aserto. Tras el XXVIII Congreso del PSOE, en el posterior Congreso Extraordinario en que se aprobó el abandono del marxismo como ideología oficial del partido, un conocido dirigente comentó con sorna, pero con gran tino: “Compañeros, la lucha de clases ha terminado, y la hemos perdido”, certificando el fracaso histórico de las tesis de Marx y Engels. Desde entonces lleva el PSOE buscando un discurso, un enunciado teórico que le permita elaborar un relato coherente. El problema es que han ido llegando tarde a cuantas corrientes ideológicas han hecho fortuna en el mundillo de la izquierda. Y, para colmo, hoy ya incluso “izquierda” y “derecha” son términos que políticamente apenas significan nada… Con semejantes mimbres y con un tipo que no parece demasiado despierto tejiendo el cesto poco cabe esperar

LA QUE SE AVECINA

Las intervenciones de Pedro Sánchez durante las sesiones parlamentarias de la Moción de Censura, analizadas con detenimiento y la debida atención, son cualquier cosa menos tranquilizadoras. Prometer a unos y otros lo que quieren oír, cuando existen contradicciones flagrantes entre los diversos compromisos, únicamente puede responder a dos propósitos excluyentes: o bien, no se ha meditado adecuadamente el alcance de las promesas formuladas; o bien, se tiene la intención deliberada de engañar a todo el mundo. En ambos supuestos puede terminar viéndose Sánchez en un atolladero de difícil salida y consecuencias imprevisibles.

Con su tono monocorde habitual, Pedro Sánchez empeñó su palabra en preservar la unidad territorial de España, cumplir y hacer cumplir la Constitución y el marco legal establecido, y acatar las resoluciones judiciales de los procedimientos actualmente en curso. Hasta aquí todo “académicamente” correcto.

Los problemas “de encaje” empiezan atendiendo a la naturaleza de las posiciones de los partidos que iban a apoyar con su voto favorable la Moción de Censura y su subsiguiente acceso a la Presidencia del Gobierno. No obstante, un Sánchez crecido, se dedicó a prodigar ofertas de diálogo y guiños indisimulados a los partidos independentistas y a Podemos. Primero, vagos y efectistas, y después, a medida que se producían las intervenciones de los portavoces de los diferentes grupos y se abría su turno de réplica, mucho más concretos y comprometedores.

Al PNV le garantizó la plena asunción de los Presupuestos Generales del Estado, elaborados por el PP y aprobados días antes con la firme oposición del PSOE y de él mismo, que los criticó con dureza. Por otro lado, situó al partido vasco como interlocutor preferente para todas las cuestiones de Estado y de Gobierno, obviando las posiciones radicalizadas del PNV respecto a la unidad nacional y, consecuentemente, al mantenimiento del orden constitucional, además de su postura ante el secesionismo catalán.

A los independentistas del PDecat y Esquerra, protagonistas junto con la CUP del Golpe de Estado secesionista en Cataluña, les prometió “diálogo”, restablecer inmediatamente las relaciones institucionales con la Generalitat, buscar un “encaje” para Cataluña en el Estado español reconociendo su singularidad “nacional”, y ver la forma de “recuperar” leyes y normas aprobadas por el Parlament y declaradas inconstitucionales por el Tribunal Constitucional, entre ellas el Estatut, que definía a Cataluña como una “nación”….

A Podemos y sus “sucursales” les comprometió su voluntad de compartir políticas de Estado y medidas sociales, y establecer una colaboración permanente para implementar una “política de izquierdas”. Durante las intervenciones de Pablo Iglesias y las sucesivas réplicas de Sánchez se llegaron a producir momentos de tan almibarado y extemporáneo “colegueo”, que a un observador novato y poco avisado, le hubieran hecho dudar si se trataba del candidato y el portavoz del mismo grupo parlamentario. En el momento de las últimas intervenciones respectivas, Iglesias lanzó lo que semejaba una oferta de “Frente Popular” o algo por el estilo de cara al futuro, contestado afirmativamente por Sánchez. El culmen del “espectáculo” llegó cuando tras la victoria en la votación, las bancadas de Podemos se levantaron al grito de “sí se puede”, coreado por algunos socialistas y saludado puño en alto por Odón Elorza y otros diputados del PSOE, en lo que más bien daba la impresión de ser uno de los mítines asamblearios de Vistalegre, que una sesión parlamentaria en el Congreso de los Diputados.

Pedro Sánchez durante su réplica a Albert Rivera (que por cierto, estuvo especialmente desafortunado en sus intervenciones dando muestras de una alarmante incapacidad dialéctica y escasos reflejos, y al que Sánchez, que no es precisamente Demóstenes, apabulló por momentos) llegó a acusar al líder de Ciudadanos de pretender “sorber y soplar” a un tiempo. A la vista de los inverosímiles y estrafalarios compromisos adquiridos por el nuevo Presidente de Gobierno, bien haría con aplicarse a sí mismo el reproche que espetó al dirigente del partido naranja y plantearse si es posible salvaguardar la integridad territorial de España y su Soberanía, y al mismo tiempo, llegar a acuerdos con quienes están empeñados en destruirla y no se cansan de demostrarlo.

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