El enigma de la llegada de la noche

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Los últimos datos oficiales del Ministerio de Sanidad sobre incidencia en la población de trastornos depresivos, crisis de ansiedad y otras psicopatías graves son de 2017 y se corresponden al período 2015-16. No están muy actualizados, pero como la situación no tiende a mejorar sino más bien todo lo contrario, podemos tratarlos como válidos para ilustrar una realidad que quizás muchas personas desconozcan: España es líder europeo en consumo de antidepresivos y ansiolíticos. Entre los primeros, las paroxetinas ocupan el primer lugar tanto en dispensas médicas como en consumo más o menos controlado; en el específico de los ansiolíticos, los fármacos opiáceos y los inductores al sueño arrasan. Aproximadamente 2’5 millones de españoles sufren depresión diagnosticada o síntomas depresivos como falta de sueño, cansancio crónico, fobias, hipocondría, etc. En nuestro país se suicidan 10 personas al día —una mortalidad que supera a la ocasionada por accidentes de tráfico hasta duplicarlas—. El suicidio es la tercera causa de fallecimiento entre la población de 16-29 años de edad, después de los siniestros automovilísticos/accidentes en actividades al aire libre y procesos tumorales. Aproximadamente 400 jóvenes españoles se quitan la vida en el transcurso de un año. Y dato final: la morbilidad depresiva diagnosticada y controlada médicamente es el doble entre las mujeres que entre los hombres.

¿Qué está sucediendo? Estas cifras, escalofriantes, nos hablan de una sociedad literalmente golpeada por los trastornos depresivos. Somos un país deprimido en el que 6 de cada 100 personas se encuentra en tratamiento, una de cada cinco padecerá episodios de esta índole en algún momento de su vida, una de cada cuatro recurrirá alguna vez, a lo largo de su trayectoria laboral, a la baja por depresión; y una de cada diez consume habitualmente fármacos antidepresivos o ansiolíticos —que se sepa, el consumo incontrolado de psicofármacos es materia de estudio aparte—.

Teorías hay muchas, para todos los gustos, pero ninguna de ellas, naturalmente, ha sido capaz de esclarecer y fijar descriptivamente unas condiciones de riesgo que permitan prever y atajar la enfermedad a tiempo; poner en práctica eso que tanto gusta a médicos y psiquiatras y que se llama “medicina preventiva”. Tarea imposible hasta el momento, porque la depresión no conoce edades, estatus sociales, sexo y otras segmentaciones estadísticas, así como evade cualquier presunción sobre las condiciones ambientales, de “entorno”, que la determinen. Antes indiqué que la presencia de depresión entre las mujeres parece ser el doble que entre los hombres, pero también aclaré que me refería a “depresión diagnosticada y controlada médicamente”. Los especialistas, sin excepción, conjeturan con que esta fluencia mayoritaria de personas del sexo femenino a la consulta médica para tratar el malestar depresivo tiene que ver con prejuicios culturales: a los hombres se nos presupone —muy erróneamente—, más fuertes, más estables emocionalmente y, por tanto, menos expuestos a la depresión. La realidad es distinta: hay incontables casos de depresiones crónicas camufladas tras conductas muy “masculinas”, como el alcoholismo, la adicción a determinadas drogas, tendencias obsesivas, trastornos alimenticios y otras distonías semejantes. A los varones les da más “reparo” acudir a la consulta de salud mental y, por tanto, muchos de ellos se las arreglan como pueden. Este hecho vendría ratificado por una evidencia estadística: a partir de los 30 años de edad, los hombres se suicidan seis (6) veces más que las mujeres. Una depresión no diagnosticada y no tratada suele acabar tan mal como cualquier otra enfermedad seria a la que no se preste la debida atención.

Algunos psicólogos, sobre todo psicoanalistas, intuyen que la disgregación o desvanecimiento de la “estructura social integradora del individuo” es causa principal, aunque no única, de esta situación. Por entendernos: cada proyecto individual de existencia se sabe abocado a un final más o menos próximo e igual para todos, que es morir; como ignoramos la causa de nuestra pertenencia a este mundo y el destino que nos aguarda tras el óbito, se genera una “angustia vital” insuperable desde la exclusiva posición defensiva del individuo, enfrentado en soledad a un abismo de sinsentidos y preguntas trascendentes imposibles de responder; sin embargo —argumentan—, si sublimamos la esterilidad de lo único-individual en un constructo moral colectivo, un “nosotros” con sentido en la historia, raigambre en el pasado, voluntad en el presente y esperanza en el futuro, la vida de cada sujeto adquiere una dimensión mucho más enfocada, con lógica de propósito y una responsabilidad sobre el “qué hacer” que colmará ese hueco insondable —insaciable—, de la finitud abismada a la paradoja del ser: somos y estamos, cosa que resulta dificilísimo alcanzar, pero no sabemos por qué somos ni para qué estamos. Esta teoría, que a mí me parece la más eficiente de todas, resuelve al menos la segunda parte del problema: el “para qué” de nuestra existencia.

Teoría, digo. En teoría, hay remedio, o símil plausible de remedio. Pero ninguna teoría puede explicar lo inexplicable ni conferir luz y lógica a lo que se nos presenta como ilógico y absurdo a perpetuidad. Los resultados siguen a la vista: cada vez hay más gente deprimida —“el mal del siglo” lo llamaban en el XIX, refiriéndose a la “melancolía”—; cada vez se consumen más psicofármacos y cada vez hay más gente defraudada por la realidad, sin más salida para ellos mismos que arrastrar una existencia sojuzgada por manías, temores, fobias, ataques de pánico y otras secuelas del “mal oscuro”. Eso, o tirar por la calle de en medio y acabar de raíz y de una vez por todas. Por qué España encabeza la clasificación general de estos disturbios sería materia, nuevamente, de amplia discusión. Quizás sea porque vamos al médico más que los alemanes, nos da menos vergüenza confesar nuestras debilidades que a los franceses y bebemos menos que los ingleses. Que seamos más pobres que otros países no parece elemento decisorio: en muchos lugares donde la pobreza e incluso el hambre campan a su albedrío, la depresión es una enfermedad anecdótica.

Lo cierto y único cierto que sabemos es que los datos siguen ahí y la realidad se empeña en ser ella misma. Todos conocemos a alguien, un familiar, un amigo, un compañero de trabajo, que sufre o ha sufrido depresión. Puede que nosotros mismos seamos buen ejemplo, pues la depresión no es como la muerte, que siempre le toca a los demás y cuando nos toca a nosotros no nos enteramos. Nosotros, ellos, los otros… Todos somos campo de rapiña para esta invasión, y nadie va a darnos un consejo infalible para librarnos de ella. Aunque… Quizás, sí, haya un único sensato consejo y una única sensata teoría que puede ofrecerse sobre este fenómeno: vaya al médico en cuanto note, mínimamente, los primeros síntomas.

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