EE.UU.: el Imperio mesiánico

eeuu

El antiamericanismo “de derecha”

El antiamericanismo, en su forma ideológica, aparece ya en los primeros movimientos de la derecha radical y revolucionaria. Lo encontramos en Julius Evola, en los pensadores de la Revolución Conservadora alemana, como Heidegger, Niekisch o Moeller van den Bruck, así como en los no-conformistas franceses de los años treinta del pasado siglo. En este contexto cabe situar Le cancer américain (1931), de Robert Aron y Arnaud Dandieu, miembros de Ordre Nouveau, en el que hacen una llamada a combatir el “cáncer americano”, una enfermedad del espíritu yanqui dominado por el racionalismo y la abstracción, frente a las realidades concretas que caracterizan el pensamiento europeo. Aron y Dandieu criticaban la concepción antropológica materialista que reducía al hombre a una simple máquina de producir y consumir, un homo oeconomicus sometido a las exigencias de una razón tecnocrática y dominado por los imperativos de una economía exclusivamente dirigida al beneficio y no a las necesidades interiores del hombre.

Posteriormente, el pensamiento alternativo francés irá más allá de esa denuncia, alertando de la amenaza igualitaria que comenzaba a manifestarse mediante la uniformización del mundo por la extensión del modo de vida norteamericano, identificando al “enemigo americano” como el Occidente americanomorfo, atlantista y mundialista. Este pensamiento consideraba que «Europa debe estar unida frente al paradigma de la modernidad decadente, del materialismo y del sepulturero de la tradición, el modelo demoliberal que su agente privilegiado, los Estados Unidos, quiere imponer a todo el planeta». En su momento, ante la pérdida de la soberanía europea, dividida por la ocupación bipolar americano-soviética, subrayaban, no obstante, que la ocupación americana era la más peligrosa: los norteamericanos no sólo ocupaban militarmente Europa, bajo el pretexto de su seguridad, sino que también la colonizaban culturalmente imponiendo la “americanización de la vida europea”. En realidad, este antiamericanismo no se oponía tanto a los Estados Unidos como al Occidente americanocéntrico: nombrar a Occidente es señalar a Norteamérica, patria del igualitarismo cosmopolita, del imperialismo mercantilista, de la democracia de masas y multitudes, del culto al dólar y del “biblismo”.

Se trataba, en definitiva, de una profunda reflexión sobre Europa y sobre la fractura introducida, en las relaciones internacionales, por la llamada línea del “hemisferio occidental”, la línea global de división del mundo introducida por la americanista doctrina Monroe y utilizada «de modo tal que los estados Unidos sean identificados con todo aquello que de moral, civil o político hay en la sustancia de ese hemisferio. Línea, por lo tanto, políticamente antieuropea, trazada para distinguir el reino americano de la moralidad, de la paz y del derecho, del mundo tradicional y belicoso representado por Europa. La preeminencia dada a los factores económicos se incardina en una determinada concepción del mundo en la que domina la inversión de los valores y órdenes del mundo europeo tradicional, lo que Dumézil denominaba como “la ideología europea”. Se rompía así la presunta unidad occidental.

Según estas interpretaciones, los Estados Unidos de América representan la manifestación más pura de la modernidad liberal y la principal fuerza mundial que impulsa la homogeneización cultural. En ningún otro lugar, los principios modernos nacidos en la Ilustración (igualdad, racionalismo, universalismo, individualismo, economicismo y progresismo) han sido realizados de forma tan completa como en la “nueva república americana”, liberada ya de la herencia de su pasado europeo: la magnificación del ciudadano como homo oeconomicus, constituido por el demos y no por el etnos, que ha venido a sustituir la tradición por ciertas convenciones mercantiles, a definirse según un estilo materialista de la vida. Según esta visión, los Estados Unidos son considerados como un “asesino” de la cultura y la historia, una “tierra de nadie” civilizacional que está convirtiendo al mundo en un solo mercado mundial donde todo es intercambiable e igual. Esta concepción del “nuevo mundo” como una amenaza cultural para la supervivencia del “viejo mundo” es especialmente relevante porque los europeos han sucumbido a los designios hegemónicos norteamericanos y han abandonado sus propias identidades culturales. Y es que lo norteamericano es el opuesto absoluto de lo europeo. Pueblo sin historia ni raíces (un no-pueblo), su fe igualitarista y universalista, su liberalismo, su mercantilismo y su fundación judeocristiana, se combinan para hacer de los Estados Unidos el símbolo de la decadencia de Occidente. Además, la americanización del mundo implica la total despolitización: la izquierda post o neomarxista ha llegado a un acuerdo tácito (impolítico) con la derecha neoliberal sobre la aceptación de los valores economicistas del imperio americano-occidental. Es el imperio liberal-libertario.

Como explica Alain de Benoist, los Estados Unidos, desde sus orígenes, tienen una cuenta pendiente con Europa. Cuando las primeras comunidades de inmigrantes se establecieron en el Nuevo Mundo querían romper las reglas y principios que existían en Europa. Pero los estadounidenses no sólo deseaban romper con Europa. También querían crear una nueva sociedad/empresa que fuera, probablemente, la mejor para regenerar la humanidad. Querían iniciar una “nueva Jerusalén” que se convirtiera en un modelo para una República universal. Este tema bíblico, que está en el centro del pensamiento puritano, se repite como un leitmotiv en toda la historia de Norteamérica, desde la época de los Padres Fundadores. Fueron ellos quienes dieron a luz a la idea del “Destino Manifiesto”, quienes inspiraron la “Doctrina Monroe”, que es lo que les ha seguido permitiendo definirse como “nación universal que persigue ideas universalmente válidas” (Thomas Jefferson).

Además, los estadounidenses siempre han sentido que sus valores y su forma de vida eran superiores a los demás y tenían validez universal. Siempre creyeron ciegamente que tenían la tarea de difundir estos valores e imponer esta forma de vida en toda la superficie de la tierra. Creen en la división moral binaria del mundo (el bien y el mal), creen que encarnan el bien y se imaginan, en palabras del presidente Wilson, que el “privilegio infinito” estaba reservado para ellos con el fin de “salvar al mundo”. Su tendencia al unilateralismo y al hegemonismo, por tanto, no es cíclica, viene de muy lejos. El problema es que, hoy en día, los mitos fundadores de la nación americana se han convertido en políticas operativas dirigidas contra el resto del mundo. Actualmente, nos encontramos en plena era “postatlántica” caracterizada por la disolución, de hecho, de todo un sistema en el que la Alianza Atlántica era su centro neurálgico, desintegración en la que los Estados Unidos exigen a sus aliados que se comporten como vasallos. A la “guerra fría”, un conflicto bipolar, le sucedió una “paz caliente”, un mundo unipolar, una globalización en la que Estados Unidos representa la fuerza principal, pero en la que la lógica subyacente es tecnoeconómica y de carácter financiero, ya que se caracteriza, sobre todo, por la dominación global de la “forma-capital” del neoliberalismo americano.

El “mal americano”, por utilizar la expresión de Giorgio Locchi, no es más que la absolutización de la ideología “democrático-liberal-individualista” que, en las sociedades europeas es, en cambio, conflictivamente correlativa a la ideología “democrático-socialista-colectivista”, siendo esta última absolutizada por el “mito bolchevique” (y los dogmas sesentayochistas, podríamos añadir para actualizar su reflexión). La lógica de dos bloques contrapuestos (por aquel entonces, americano y soviético) no era más que la cruda materialización geopolítica de la lógica contraposición de las ideologías dominantes en el interior de Europa: en consecuencia, no existía una identidad política europea, por lo que debía ser reinventada y proyectada. Locchi lanzará entonces la teoría de un “imperio europeo”, posteriormente perfeccionada por Alain de Benoist: «La solución igualitaria, que conduce a la Republica universal, implica la reductio ad unum de la humanidad, el advenimiento de un tipo universal y la uniformización. La solución imperial es jerárquica, el único medio de preservar las diferencias en (y a través de) una perspectiva planetaria». La idea del imperium (en esencia, exclusivamente europea) quedaba, de esta forma, circunscrita a la defensa a ultranza del derecho a la diferencia cultural, y enfrentada, como una Nueva Roma eurasiática al Imperio universal, homogeneizador y etnocida de la Nueva Cartago angloamericana (resulta aquí imprescindible la lectura del libro en español “El enemigo americano” de Locchi y Benoist).

Al antiamericanismo desde el antiliberalismo

El antiamericanismo, reforzado por la crítica del liberalismo y su forma capitalista, se configura como un rechazo total de la hegemonía americana mundialista como el único destino de la humanidad. Ese antiamericanismo es inseparable del antiliberalismo. Y ello, porque el liberalismo es considerado como el “enemigo principal”, no sólo de Europa, sino también del Tercer Mundo y de todos aquellos espacios en los que todavía se combate por la dignidad de las identidades colectivas.

Pero entonces, ¿quién es realmente el enemigo primordial, el liberalismo o el americanismo? Para responder a esta cuestión es imprescindible comenzar por una precisión: el principal enemigo no es aquel al que más detestamos, sino «aquel que dispone de los medios más considerables para combatirnos e imponernos su voluntad; es decir, aquel que es el más poderoso» (Alain de Benoist). Desde este punto de vista, el enemigo principal, en el plano político y geopolítico, lo representan los Estados Unidos de América, que, al mismo tiempo, se configuran como el máximo representante del enemigo ideológico por antonomasia: el liberalismo.

Examinado retrospectivamente, el antiamericanismo “de derecha” resulta, entonces, como consecuencia lógica de una serie de posiciones teóricas. Dos de estos puntos importantes son las críticas del liberalismo y el cuestionamiento de la noción de “Occidente”. El liberalismo es, original y esencialmente, una ideología anglosajona, que encontró en los Estados Unidos una especie de tierra elegida. Por supuesto, tomando el término “liberalismo” en el sentido que se le da en la Europa continental y no en su acepción angloamericana: esto es, la creencia en la superioridad del mercado concebido como un fenómeno natural de autorregulación –un paradigma de todos los hechos sociales; la legitimidad de sistema monetario y la superioridad de los valores de mercado; la primacía del individuo sobre la comunidad; la fe en el progreso indefinido; la creencia de que la economía es más importante que la política; la consideración del comercio como inherentemente “pacificador”; la certeza de que la libertad se adquiere principalmente en la esfera privada (nunca en la “sociedad civil”); todo ello fundamentado en la seguridad de que el hombre está en la tierra para perseguir racionalmente sus interés y beneficio. Estas creencias siempre han sido compartidas por la gran mayoría de los estadounidenses, ya sean de “derecha” o de “izquierda”.

A partir de los años setenta del siglo pasado, ciertos “revolucionarios” de la derecha político-ideológica comenzaron a atacar el propio concepto de “Occidente” que, hasta entonces, reunía en una especie de “comunidad de destino” a europeos y norteamericanos. La idea general era que este término comprendía algo más que un sentido económico (países occidentales = países desarrollados), y que Europa, como una forma de cultura y civilización, además de unos valores de referencia, tenía también intereses fundamentalmente diferentes de los estadounidenses. En ese momento, que era el de la “guerra fría”, se reaccionó contra el mito del “mundo libre”, representado por la oposición de Estados Unidos a la Unión Soviética y materializado abrumadoramente por el “nacional-liberalismo”. La sensación era que Europa debía recuperar las condiciones de su autonomía sin involucrarse ni alinearse con esos bloques. El objetivo era situarse fuera del orden bipolar heredado de Yalta, para escapar de la “pinza” que había enajenado su independencia, una “pinza” no sólo política, sino también metafísica (como Heidegger había visto).

Esta crítica de Occidente tiene también una dimensión histórica. Desde el principio, sus críticos se opusieron a las doctrinas universalistas, tanto en sus formas religiosas como seculares. El universalismo es un etnocentrismo oculto: se elevan ciertos valores específicos a la categoría de universales –en este caso, los valores occidentales– y se impone su adopción por parte de todas las culturas de la tierra, en detrimento de sus propios valores, como una perspectiva posible, deseable y necesaria. En los dos milenios anteriores, Occidente dejó de ser una tierra de conversos para pasar a imponer esa conversión por todos los medios: las diferentes culturas del mundo, sucesivamente, han recibido la orden de “convertirse”, primero por los misioneros (en nombre de la “verdadera fe”), luego por los militares (en nombre del “progreso” y la “civilización”) y finalmente por los comerciantes (en nombre del “libre comercio” y del “desarrollo”). Una vez más, los Estados Unidos se encontraban en el centro del problema, ya que los fundamentos bíblico-puritanos de su cultura se han retroalimentado continuamente, junto a un aislacionismo (la “doctrina Monroe”) que resulta del deseo de no ser “contaminados” por el mundo exterior (incluso, por la “vieja Europa” que los primeros inmigrantes norteamericanos habían abandonado con la esperanza de establecer una nueva “tierra prometida”), así como por una tendencia imperialista (la doctrina del “Destino Manifiesto “) para imponer la conversión de todos los pueblos al modelo de vida americano, publicitado como el único posible.

En definitiva, a grandes rasgos, podemos considerar el marco ideológico norteamericano dentro de la tradición liberal europea (los textos de la Declaración de la Independencia y la propia Constitución se fundamentan, sobre todo, en la figura de Locke), pero esa tradición, se convirtió, en pleno siglo XX, en un fundamentalismo, una forma de conservadurismo político-religioso que, en la sociedad norteamericana, ha creado un verdadero paradigma autolegitimador. Ya desde la mítica fundación nacional, aquellos peregrinos que desembarcaron en las costas de Nueva Inglaterra confirieron un clima religioso que nunca dejará de filtrarse hasta en los pronunciamientos supuestamente más secularizados. Para un sector considerable de la población blanco-protestante americana, los Estados Unidos constituyen una nación bendecida o apadrinada por Dios. Desde esta perspectiva, la historia americana se identifica con la suerte de un grupo anglosajón y protestante que ha sido visitado –y amenazado– por sucesivas minorías contra las que ha ido edificando distintas formas de nacionalismo ultrarreligioso. Frente a los sueños de un mundo moderno y un progreso plural y cosmopolita preconizados por la Constitución americana, este discurso paranoico de la ideología americana, expresado en el fanático seguimiento del “televangelismo”, ha denunciado y perseguido cualquier intento de diferenciación moral o diversificación cultural como si de una herejía o conspiración se tratara, siempre desde el mismo plano moralizante y puritano que emerge de una lectura unidireccional y prejuiciada de la Biblia.

La crítica de la sociedad americana

Tomislav Sunic utiliza el neologismo “homo americanus” para designar al norteamericano y su forma de vida. El sistema americano, el ethos puritano americano y, sobre todo, la política exterior norteamericana, conforman el tema central de numerosos estudios críticos en Europa. La palabra “americanismo” tiene un sentido ligeramente peyorativo y es más usada en Europa que en Norteamérica. Usualmente el término “americanismo” define un conjunto de creencias cotidianas, formas de vida y del lenguaje americano, todas las cuales pueden ser descritas como elementos de la ideología americana. Jean Baudrillard veía en lo americano una reinterpretación constante de todas las cosas que hacen de la cultura europea una cierta forma de anacronismo que tiende, por sí misma y a través de determinadas gesticulaciones, hacia lo grotesco en lo político y lo social, como consecuencia de ataques irracionales de antiamericanismo entre los habitantes del viejo continente. Ello confirma el hecho de que la sociedad americana puede funcionar sin esos pesados fardos de pathos social, tan típicos de la Europa tradicional. La fundación de América fue la expresión de la suprema voluntad de poder del genio europeo, una forma de espíritu prometeico europeo sin paralelo en el resto de la cultura occidental. Que este experimento haya acabado en un fundamentalismo secular inspirado por la Biblia y en un sistema teocrático resentido hacia el resto del mundo, debe ser objeto, lógicamente, de una crítica europea.

La sociedad americana tiene, entre sus mitos fundacionales, tres creencias esencialistas: la primera, que América, como la nueva tierra prometida, es una especie de ensayo de la “cosmópolis”, de una República universal futura, en la que la misión de los americanos consiste en ejemplarizar su modelo igualitarista y mundialista del “bien” y exportarlo, como la esencia de la democracia, a todos los pueblos; la segunda, que todos los hombres son iguales y que todos pueden, con la ayuda de Dios, alcanzar las metas (siempre materiales) que se propongan; y la tercera, que la autoridad es una cosa nefasta y abominable en sí misma, siendo las instituciones derivadas de la misma (organización gubernamental, social y militar) “males necesarios” cuyos poderes hay que limitar al máximo en beneficio de la autonomía del individuo asocial (o incluso, antisocial).

Desde sus orígenes, América nace de un rechazo de Europa, incluso de un odio hacia Europa, de un deseo de venganza y revancha sobre Europa. América se creó como una reedición de la bíblica “Tierra prometida”, refugio de todos los excluidos y rechazados de Europa. Para estos inmigrantes expulsados, América era el lugar donde todo era posible y sus sueños (religiosos, políticos, económicos) podían realizarse. Desde un principio, la puritana América fundamentará la política como una simple aplicación de la moral (cristiana) y se dedicará a construir la “Ciudad de Dios” sobre la tierra. El nacimiento de América se concibe, de esta forma, como un hecho de carácter religioso, como una profecía bíblica.

Por otra parte, el americano no es sino un “homo dollaricus uniformis”: la persona vale lo que posee, no lo que es por sí misma. El objetivo esencial e irrenunciable de la vida es ganar dinero, una mentalidad mercantilista que, probablemente, está vinculada al rechazo del principio de autoridad y de la organización de la sociedad: los americanos sólo consideran aceptable el poder sobre las cosas, mientras que califican como moralmente rechazable cualquier tipo de poder sobre los hombres. En consecuencia, la sociedad americana aparece como espontáneamente igualitaria, pues sólo cabe en ella el individuo-masa, intercambiable y mensurable, en la creencia de que toda diferencia no puede ser más que cuantitativa: la medida universal de la vida es el orden material y financiero (expresado en el dólar). De este modo, no puede haber sitio para el culto de la personalidad, y menos para cierta aristocracia, pues ésta consiste en otorgar “valor” a elementos no materiales que no tiene precio. Los americanos asimilan la aristocracia con la élite económico-financiera, es decir con el éxito material.

En América, la primacía de lo económico sobre lo político y lo social encuentra su justificación en ciertas corrientes de la Reforma protestante que avalaron moralmente el enriquecimiento, considerado como el índice más seguro de un trabajo consagrado a la gloria de Dios. El éxito material venía a sancionar la buena observancia de la Ley divina. La adopción de este capitalismo protestante, según Werner Sombart, despojó a la religión cristiana de sus dogmas y carácter institucional, convirtiendo la creencia en una simple conducta moral, al tiempo que le dotaba de un matiz práctico que justificaba la búsqueda del beneficio y orientaba la actividad económica hacia el puro interés. Ello se agrava si consideramos que las formas de vida americana son esencialmente tecnomórficas: la expansión del “american way of life” entraña una lenta sustitución de lo orgánico por lo mecánico.

El nuevo imperialismo angloamericano adopta la forma de lo que Marco Tarchi ha calificado como la “colonización sutil”. Una colonización que, como señala Alain de Benoist, no necesita de las armas para imponerse a sus dominados: «La idea de un mercado mundial, impulsada y promovida por una sociedad mercantil cuya encarnación más perfecta y refinada son los Estados Unidos, no podía, en efecto, mantenerse al margen de otra idea: la uniformidad comportamental de sus clientes/consumidores potenciales, lo que transformaba automáticamente el american way of life en el modelo al que cualquier concepción de la vida colectiva tenía que adaptarse. En cierto sentido, se trata de un proceso de retroalimentación positiva. La expansión económica implica y refuerza la aculturación de los otros que, a su vez, es un factor determinante (incorporación de costumbres y pautas de consumo) en el incremento del poder económico de la Nueva Cartago, es decir, de los Estados Unidos de América».

Norteamérica no es el país de ningún pueblo concreto formalmente, tampoco es una nación en el sentido europeo del término, pues ésta siempre ha representado (o ha aspirado) a una cierta homogeneidad humana que no concurre en Estados Unidos. Por el contrario, América es un simple aglomerado de hombres, venidos de todos los países, que no tienen en común más que una voluntad de ruptura con Europa. En la vida cotidiana, comparten también el deseo de participar en un cierto modo de vida: así, la unidad no puede establecerse sobre un factor humano, sino a un nivel material, al nivel de las cosas, pues sólo éstas pueden llegar a ser comunes a todos los americanos, lo que constituye, para ellos, el standing social.

El Estado, además, tampoco es la forma institucional del pueblo americano, pues no se fundamenta en un pueblo específico, sino una multitud ensamblada de forma mecánica e inorgánica. De hecho, no existe término en inglés para designar al pueblo (the people, la gente). El Estado, una mera representación de partes en aparente conflicto, no posee ninguna trascendencia para los americanos y, por tanto, es incapaz de legitimarse y de imponer su autoridad a las partes. El fin del gobierno no es darle al pueblo un destino, que sería su razón de existencia, sino asegurarle únicamente sus medios de subsistencia. El rechazo del Estado y de la razón de su existencia, más allá de la ciudadanía, resulta incomprensible para los norteamericanos (lo consideran también un “mal menor”), cuyas dos piedras angulares son la Constitución y la Biblia. La política no se basa en la idea de que el principio de soberanía es un principio de autoridad, sino que los valores políticos supremos radican en la moral bíblica: justicia igualitaria, moralismo, aspiración universal. La política por excelencia en América no es la política exterior, que pone en juego relaciones de poder, sino la política interior, que se reduce a la gestión administrativa. La hostilidad americana frente al poder y al Estado es la vieja hostilidad bíblica respecto al poder de los hombres, la crítica del principio de autoridad. Es el Welfare State, el Estado-providencia, que no gobierna, sólo gestiona, en la creencia de que la política está sometida a la economía y al comercio.

Aún peor es la dimensión exterior norteamericana. Contra lo que comúnmente se cree, América tiene vocación aislacionista, pretende mantenerse apartada del pecado de otras naciones pero, al mismo tiempo, no puede resistirse a la tentación de propagar por todo el mundo los principios del american way of life: considera que tiene como misión frente al resto de pueblos la de difundir un modelo de democracia universal, basado en las virtudes bíblicas de paz y justicia. Este carácter mesiánico de su misión le va a conducir a una forma sutil de imperialismo. Los Estados Unidos son aislacionistas en política, pero intervencionistas en la moral. Sus intervenciones no corresponden a ningún proyecto político concreto, sino a la imposición de su sueño: la desaparición de las identidades locales, el enriquecimiento generalizado, la inutilidad de los conflictos bélicos, la creación de una cultura mundial, el multiculturalismo y la supranacionalidad. Por ello, la política exterior de Estados Unidos oscila entre el aislacionismo y el intervencionismo de cruzada, el hiperpragmatismo y el hipermoralismo, la obsesión por la fuerza y la renuncia total a la fuerza. Y la única forma de realizar su sueño universal es la adopción, por parte de los demás pueblos, del modelo americano. Por su vocación universalista, los Estados Unidos están condenados a destruir todas las culturas donde intentan imponer su mentalidad. Los americanos no conciben la especificidad y la diversidad de los pueblos y culturas más que en forma de folclore, organizado comercialmente para los turistas.

Por su parte, la cultura americana es un simple trasunto de la moda (en América existe genio inventivo, pero no creativo), que no tiene tiempo de sedimentarse, puesto que el modo de vida americano implica la desvalorización del pasado y la marcha acelerada hacia el futuro. La cultura no es creada, sino consumida. Para ello, debe ser importada. La producción cultural americana no sólo es criticable por su omnipresencia, sino porque es intrínsecamente nociva para la vida de los pueblos, a causa de los valores que transmite. Hay una continuidad lógica entre los mitos fundadores de la república americana y la calidad de los productos que difunde, continuidad entre el universalismo homogeneizador de sus producciones, esencialmente estereotipadas, en las que las diferencias se reducen al exotismo, y la realidad ahistórica de una entidad paranacional que se ha instituido como una sociedad-contrato, como una nueva Jerusalén, punto de encuentro de todos los errantes de la tierra, de todos los nacidos sin patria y sin hogar. Si los productos americanos son inmediatamente consumibles en todas partes, se debe, efectivamente, a que no tienen nada que ver con ningún pueblo en particular ni con ninguna cultura concreta.

La facilidad con la que los inmigrantes se instalaron y se extendieron por Norteamérica ha influido, lógicamente, en la formación del optimismo americano y en su creencia en el progreso. Esta doctrina del progreso, que está en la raíz misma de la mística americana, procede no sólo de la filosofía de la Ilustración, sino también del pietismo de cuáqueros y evangelistas, con su fe deísta en la razón y en la bondad natural de la humanidad, con su firme convicción, típicamente behaviorista, de que transformado el medio se modificará también al hombre en el sentido deseado. Esta doctrina ambientalista era seductora para los habitantes de esta “nueva nación”, convencidos de que surgiría un “hombre nuevo” del melting-pot americano. Este modelo de hombre nuevo, manifestación del éxito a la americana, es el self-made man (el mito del emprendedor que triunfa partiendo de la nada), que procede de la idea bíblica de que el hombre común vale más que el hombre superior, porque a Dios sólo le agradan los humildes. Así, cualquier persona, independientemente de sus cualidades innatas, con el apoyo de la gracia divina y una buena educación, es capaz de llegar a las metas más elevadas.

América no puede imaginar el futuro más que como una línea ininterrumpida y prolongada en un proceso utópico de progreso indefinido. Frente al devenir histórico, América vive en un eterno presente, en una sucesión irreversible de momentos presentes. El inconsciente americano se basa en una mística del espacio, que implica la creencia de que detrás de la frontera siempre hay un espacio que explotar. De ahí la importancia de la conquista del espacio, como sustituta de la conquista del tiempo, que representa la innovación enraizada en una cultura tradicional. Además, los americanos se han acostumbrado a considerar que la expansión es un factor constante. Dada su creencia en la naturaleza no-contradictoria de las cosas, los americanos se adhieren a la teoría del progreso indefinido, y su gusto por el despilfarro y el consumo inmediato proceden de este optimismo instintivo. Ahora bien, en el preciso momento en el que el optimismo americano se derrumba, da origen a un pesimismo exagerado: el optimismo decepcionado no se transforma en realismo, sino en catastrofismo. Y es que en Estados Unidos todo se basa en la cantidad y en la rapidez. De ahí la superficialidad del pensamiento americano y el origen de esta neurosis, tan característica de las sociedades tecnomórficas, que engendra estrés y agotamiento. Nos encontramos ante una civilización hipertrófica a la que no corresponde ninguna cultura vivida ni sentida.

Por último, subrayar que lo que se denomina “imperialismo americano” es, en realidad, un imperialismo sin imperium, sin principio espiritual superior, sin principio formador ni organizador, todo lo contrario de un verdadero poder imperial. América no es una nueva Roma, sino una nueva Cartago. Su fuerza, así como su debilidad, no derivan tanto de un proyecto político como de su peso específico (económico, poblacional, militar, geopolítico). El lugar que ocupan en el mundo se explica por su tamaño, por el hecho de que en la época más mercantilista es el país más mercantil. Los americanos solo han intervenido en el mundo, no para convertirse en una potencia con un proyecto, sino para dar una lección moral al mundo y preservar sus intereses económicos y comerciales. Considerando que la esencia de la política es la moral y no la fuerza, América no ve en la política exterior más que un medio para restablecer un equilibrio justo, y no un juego en el que las relaciones de fuerza se traducen en voluntades y aspiraciones de poder. El símbolo de la política exterior americana nace de la preocupación cuasi mesiánica de preservar la pureza del mensaje americano.

En definitiva, la amenaza que los Estados Unidos hacen pesar sobre el mundo es la de una forma sutil de universalismo y de igualitarismo, que no puede conducir más que a la americanización de la tierra, es decir, al fin de toda civilización, el fin de la historia.

Algunas críticas al antiamericanismo

 Desde la derecha tradicional europea

 El antiamericanismo descansa en la idea singular de que algo asociado con los Estados Unidos, algo en el propio corazón de la vida americana, resulta profundamente equivocado y amenazante para el resto del mundo. Para los defensores de la posición contraria, el americanismo, tal idea se ha convertido, de algún modo, en “paradigma” de la cultura occidental (abarcando no sólo a Europa, sino también a todas las “otras Américas”) desde el siglo XX, y mostraría su vínculo con la filosofía eurocéntrica (Nietzsche y Heidegger, especialmente), sin que puedan advertirse claramente los orígenes de este antagonismo.

Según Jean-François Revel, en La obsesión antiamericana, el antiamericanismo europeo se debería a que Europa perdió, en el siglo XX, el papel que le correspondía como principal centro de iniciativa –y conquista– del planeta, dejó de ser el foco artístico y científico más importante, y cedió el monopolio de la organización político-estratégica y de la actividad económica del mundo. Ahora es otro país, de raíz europea, el que lidera esa misión universal. Ahora bien, actualmente, Europa no sólo habría perdido esa capacidad para liderar a escala mundial, sino que además, en grados diversos y según los problemas, se situaría siempre en la estela de la capacidad de acción de los Estados Unidos y obligada a recurrir a su ayuda. En resumen, Europa estaría enferma de un complejo de inferioridad ante la potencia americana. Y en cuanto al antiamericanismo de extrema derecha, como al de extrema izquierda, en opinión de Revel, su motivación sería, simplemente, el odio a la democracia y la economía liberales.

 Desde la nueva derecha disidente

 La designación de Estados Unidos como “el enemigo americano” y la ruptura de la presunta unidad de la civilización occidental, supuso un auténtico hito en el pensamiento de la derecha, siempre liberal y partidaria del americanismo, más centrada en un defensivo anticomunismo que en una reivindicación del europeísmo matricial. Sin embargo, cierta disidencia derechista, crítica con las posiciones antiamericanas, siguiendo la dialéctica conflictual schmittiana, venían a definir a los Estados Unidos como un competidor y un adversario (inimicus), antes que como un enemigo hostil (hostis). En definitiva, se proponía el retorno a la vieja idea de Occidente de los tiempos de Europe Action: Europa y Norteamérica proceden de la misma matriz étnica, por lo que era posible pensar en una alianza entre los dos bloques continentales, especialmente contra el “nuevo y diabólico enemigo”, el Islam. Para ellos, considerar el nuevo imperialismo americano, manifestado explícitamente mediante formas tanto militares como tecnoeconómicas, como una ofensiva amenazante y mortífera contra Europa, sería indicio de un antiamericanismo obsesivo e histérico, típico de la mentalidad del “colonizado”, y que resultaría contraproducente para Europa, incapacitándola para reconocer a los verdaderos enemigos de Europa, que ya no provienen del expansionismo yankee o de la imposición del american way of life, sino de la invasión islámica procedente del sur y de una quintacolumna político-intelectual que justifica y legitima el asentamiento de estos nuevos colonos en territorio europeo.

 Desde la nueva izquierda norteamericana

 Paul Piccone, antiguo director de la revista Telos de la New Left (Nueva Izquierda norteamericana), lanzaba algún reproche al antiamericanismo de la “derecha alternativa europea” cuando escribía: «La esencia de la crítica originaria que la Escuela de Frankfurt hacía de la “hegemonía de la industria cultural americana” se ha convertido en parte de la ideología de la nueva derecha europea, en gran medida integrada en una crítica más amplia de los Estados Unidos y de su hegemonía cultural […] pero no deja de caer en algunas de las mismas trampas: su crítica de la industria cultural viene vinculada a un más amplio antiamericanismo que, en realidad, se basa en un grave malentendido […] también sufre el espejismo del modo en que la industria cultural representa a los Estados Unidos: una triste mezcla de Walt Disney, Coca-cola y MacDonalds».

Según Piccone, lo que esa nueva derecha europea no acertaría a entender es que esa suerte de particularidad cultural que ella reivindica, por oposición al fantasma del imperialismo americano es, exactamente, el modelo americano desarrollado durante la experiencia colonial del siglo XVIII: la auténtica razón de ser de las diversas comunidades protestantes americanas, expulsadas de Europa a causa de sus particularidades culturales, era precisamente asegurar su propia autonomía y especificidad, modelo que permanece profundamente arraigado en un paradigmático ethos americano que se radicaliza en las áreas más rurales del país. Estos americanos tradicionalistas, que adoptan cualquier cosa que recuerde al ethos originario, no viajan mucho al extranjero. Por eso los europeos sólo llegan a conocer a los ejecutivos de la “nueva clase”, representantes de los intereses de empresas multinacionales, y a los intelectuales cosmopolitas de turismo por la vieja Europa. Pero esto «no justifica la visión unilateral de los Estados Unidos ni la sugerencia de trazar una alianza geopolítica entre Europa y el Tercer Mundo contra un imperialismo estadounidense presuntamente empeñado en homogeneizar al resto del mundo a través de los derechos humanos y de sus proyectos de globalización democrática».

Para terminar, recordamos a Thomas Molnar cuando se preguntaba: ¿En qué sentido puede hablarse de una nefasta influencia americana sobre los pueblos de Europa? Algunos europeos piensan que, a fin de cuentas, los Estados Unidos no tienen los medios para imponer su voluntad o su way of life. Sin embargo, esto puede resultar peligroso cuando los europeos efectúan la siguiente reflexión: «América es una extensión de nuestro continente, de nuestra visión del mundo. Tiene quizás los excesos de un pueblo joven, rico y exuberante, pero nosotros, viejos, maduros y experimentados, sabremos limitar los estragos, adoptar objetivos más válidos y, sobre todo, conciliar el confort material llamado “americano”, con la vieja sabiduría producto de nuestra historia». Esta perspectiva –excesivamente benévola y optimista– desarma al viejo continente, como desarma a otros espacios regionales del mundo, en especial los del Tercer Mundo, y los deja expuestos a la “nefasta influencia americana”.

Todo lo anterior, sin embargo, no debe ser obstáculo para un verdadero diálogo entre Estados Unidos y Europa, que sólo será posible cuando los europeos inicien un largo y arduo proceso de reflexión sobre la esencia de “lo americano”, incluso si es necesario liberarse de un antiamericanismo estereotipado, propio de la izquierda marxista. Pero también es importante que los americanos no caigan en el error de usar el antiamericanismo como una excusa para ignorar todas las críticas que se les hacen desde Europa. Este diálogo, desde luego, no puede plantearse desde la intelectualidad conservadora o liberal europea, que tradicionalmente ha prestado mucha más atención a los argumentos del americanismo (unos, por el puritanismo, los otros, por el mercantilismo). Habría que revisar, por ejemplo, los desafíos del actual pensamiento estratégico americano, que se atribuyen, con demasiada automaticidad, a los peores elementos de la ideología americana. Resultaría trágico que, combatiendo el americanismo, acabáramos abrazando una ideología del antieuropeísmo (no confundir, sin embargo, con una posición “euroescéptica”, legitimada por la deriva antidemocrática, neoliberal y mundialista de la UE), como desearían, desde luego, los cada vez más numerosos y triunfantes partidarios del liberal-libertarismo.

 

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