Disidencia controlada

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No es una novedad de nuestro tiempo el modelo de dominación económica y control político por parte de minorías herméticas. Bajo fórmulas diversas, desde la aristocracia guerrera espartana hasta la oligarquía terrateniente romana y desde la nobleza militar feudal hasta la alta burguesía protagonista de la revolución industrial capitalista, existió siempre un grupo social minoritario que reservaba la potestad rectora en exclusiva para sus integrantes.

En nuestro tiempo, la globalización ha venido a perfeccionar la fórmula para convertirla en un sistema homogéneo a escala planetaria y con vocación de exclusividad. De este modo, las élites rectoras mundiales ofrecen al hombre del siglo XXI un mensaje ideológico cuya simplicidad lo convierte en producto de divulgación tan sencilla como masiva, merced al férreo control de los medios de comunicación, concentrados en apenas un puñado de grupos de alcance mundial. La difusión del nuevo paradigma cultural mediante los planes de enseñanza con la impronta indeleble de la UNESCO es completada y perfeccionada a través de las producciones de cine y televisión, la música y la literatura debidamente subvencionadas e insistentemente promocionadas.

La cúpula de la dominación de dichas élites se sustenta sobre varios pilares de rango axiomático, el nuevo credo que los fieles del llamado mundo libre recitan ante el altar del mercado.

  1. El liberalismo económico, presentado como el único sistema realmente viable que crea y distribuye riqueza, aunque las estadísticas se obstinen en mostrar que la riqueza se genera mediante la indispensable esquilmación de amplísimas zonas del planeta y a todas luces se concentra en manos de las élites. Por ejemplo: según el Informe sobre Riqueza Global de 2018 [1], elaborado por una institución nada sospechosa de veleidades izquierdistas como Credit Suisse, la mitad de la población adulta mundial sólo llega a poseer algo menos del 1% de la riqueza del planeta, mientras que el 85% de la riqueza es controlado por el 10% de la población. Y si centramos nuestra atención en el percentil superior de la pirámide de la población, descubrimos que ese 1% de privilegiados detenta el 47% de la riqueza del mundo.
  2. El liberalismo político, entendido como la sustitución en el plano colectivo de las certezas por los consensos, permanentemente provisionales, cuestionables y susceptibles siempre de ser revisados. Todos excepto uno: el primer pilar axiomático del liberalismo económico.
  3. Primacía del subjetivismo en los planos ontológico y ético y del individualismo en el ámbito social. La libertad del ser humano se concibe como valor absoluto y preeminente sobre principios o referencias susceptibles de limitar o condicionar los actos del individuo. Las civilizaciones y culturas, los credos religiosos, las comunidades nacionales, los vínculos familiares e incluso la propia naturaleza biológica de la persona deben quedar sometidos a la libérrima voluntad individual. En última instancia, dichas referencias han de considerarse como cortapisas a la iniciativa de cada sujeto, elaboraciones arcaicas que pueden y deben ser superadas por el progreso constante hacia el hombre ideal, el hombre enteramente emancipado, el individuo homogeneizado y único, global, enteramente intercambiable y completamente irrelevante: el sujeto productor y consumidor que eleva sus caprichos al rango de derechos. Derechos cívicos, se entiende, porque los derechos sociales comienzan a ser considerados obstáculos para la competitividad y por tanto residuos del pasado.
  4. La admisión sin reservas del papel protagónico de organismos como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial en la dirección y coordinación de las políticas económicas de los estados, aun a riesgo de contradecir el principio democrático, dado que dichos organismos no someten sus directrices al sufragio popular. Más bien, imponen a gobiernos y parlamentos nacionales el llamado Consenso de Washington, o fundamentalismo de mercado.
  5. La preeminencia internacional de los EE.UU. como nación conductora del mundo civilizado (entiéndase capitalista), al tiempo que gendarme adusto ante aquellos terceros países díscolos que no se muestren predispuestos a aceptar su papel subordinado en un mundo unipolar.
  6. En gran medida como consecuencia de lo anterior, la legitimación indiscutible de los EE.UU. -en solitario, con sus aliados de la OTAN, o mediante el concurso de terceros países dóciles- para señalar como indeseables a otros miembros de la comunidad internacional que, en ejercicio de su propia soberanía, decidan organizar su presente y futuro desde otras premisas y con distintos objetivos. Esta legitimación ampara también el uso de la fuerza, con o sin respaldo de las Naciones Unidas, para invadir y ocupar países, trocearlos, armar y entrenar fuerzas sediciosas, deponer e imponer gobiernos, someter los estados al régimen de protectorado e incluso apresar y ejecutar gobernantes legítimos pero molestos.
  7. La transición desde las relaciones internacionales a las relaciones transnacionales, donde la paulatina pérdida de protagonismo de los estados-nación provoca un desplazamiento de soberanía desde éstos hacia nuevos actores como las grandes corporaciones bancarias y empresariales.

Adicionalmente, ha de tenerse presente que existe una prelación jerárquica entre los siete axiomas de la dominación de las élites. La apariencia de pluralismo político en las democracias occidentales permiten un eventual y transitorio cuestionamiento de alguno de ellos por parte de determinados actores políticos o sociales, pero el grado de tolerancia se restringe a medida que se asciende en el heptálogo.

Un lector español someramente familiarizado con el desempeño de los poderes públicos en el ámbito nacional y en el de la Unión Europea reconocerá sin dificultades los axiomas enunciados en las acciones y omisiones cotidianas de las clases políticas de los veintiocho países. Todo ello sonará muy familiar en los oídos de quienes den un somero vistazo en la prensa diaria a las páginas de política y economía y, lo que es más llamativo: las fuerzas políticas con presencia e influencia institucional veneran con arrobo a las élites globales, respetan escrupulosamente los pilares axiomáticos y se congregan gozosos bajo la cúpula de la dominación. Obviamente, no existe entre los actores políticos la unanimidad monolítica; dosifican y reparten entre ellos leves matices en lo accesorio con el propósito fundamental de aportar credibilidad al pluralismo, valor que justifica y sobre el que se construye el sistema. Mientras la discrepancia se contenga en estrechos márgenes porcentuales de presión fiscal o producto interior bruto, las élites rectoras permanecerán complacidas y tranquilas y las fuerzas políticas disfrutarán de vigencia.

Así y todo, los más que evidentes desajustes en el llamado estado del bienestar, la paulatina mengua del alcance de los derechos sociales y el temor que infunde su más que posible desaparición próxima han suscitado en varios países europeos el surgimiento y auge de fuerzas que se reclaman disidentes del entramado ideológico y de dominación imperante. Su tipología es ciertamente compleja pero, simplificando al máximo -incluso tal vez en exceso- la reduciremos a dos categorías:

  1. Los actores políticos catalogables en la nueva izquierda radical, en convergencia con corrientes progresistas típicamente posmodernas: feministas, animalistas, LGTB y ecologistas. En España ese espacio político está ocupado por Podemos (y su minúsculo satélite neocomunista Izquierda Unida). Sus adversarios los tildan de populistas y, ocasionalmente, los tachan de bolivarianos.
  2. Un segundo y muy heterogéneo grupo de actores de imprecisa definición. Tienen en común no ser formaciones de izquierda aunque, curiosamente igual que a los anteriores, se les moteja de populistas, y los más necios de sus rivales se atreven a descalificarlos por fascistas, lo cual no hace sino vaciar de contenido ambos términos. Se llaman soberanistas, por considerar que la Unión Europea se ha apropiado de prerrogativas que deberían de detentar sus estados miembros. Recelan de los riesgos presentes y futuros que entraña la inmigración masiva de población extraeuropea. En España, el partido Vox intenta ubicarse en este nicho ideológico de contornos bastante difusos y confusos. En efecto, hemos mencionado los componentes que todos estos partidos parecen compartir, pero las diferencias entre ellos son múltiples y sus relaciones muy complejas. Vox, capitaneado por Santiago Abascal, rechaza públicamente cualquier vinculación con el Foro por la Democracia holandés, de Thierry Baudet, y la Agrupación Nacional francesa, de Marine Le Pen, aunque sus propuestas en materia socioeconómica se asemejan en su contenido ultraliberal, especialmente en los casos de españoles y holandeses. La Liga, de Matteo Salvini, gobierna Italia en coalición con un partido izquierdista, algo de lo que serían incapaces Viktor Orbán (Unión Cívica Húngara) o el polaco Jarosław Kaczyński (Ley y Justicia). Estas tres formaciones políticas se distinguen por su rigurosa oposición a la inmigración extraeuropea, materia en la que Vox muestra una cierta laxitud sin que ello impida la buena relación entre el español y el polaco. Las paradojas y contradicciones entre estos partidos soberanistas son múltiples y con ellas puede escribirse todo un capítulo de un manual académico.

En el arranque de esta XIII legislatura, Unidas Podemos, nuestro disidente autóctono del tipo A, acaba de perder la ocasión de estrenarse como partido gobernante, en coalición con el PSOE. Probablemente, las reticencias de la élite plutócrata trasladaron una presión irresistible sobre el partido socialista -de antigua y profunda vinculación con las oligarquías empresariales- y abortaron un gobierno con el timón excesivamente virado a babor. El procedimiento previsto en el artículo 99 de la Constitución concede dos meses adicionales para formar ese ejecutivo con presidencia y mayoría del partido socialista, que dudamos de que caiga en la tentación de escorarse excesivamente hacia el intervencionismo o el colectivismo. Hay una razón que nos lleva a ser escépticos y no es un simple argumento, sino una cuestión de principios: Pedro Sánchez conoce sobradamente los siete axiomas que enunciábamos más arriba de estas líneas y, en el supuesto de que Pablo Iglesias los ignorase en 2011 durante las jornadas del 15-M, a buen seguro tomó nota de la experiencia griega del gobierno de Syriza presidido por Alexis Tsipras, que transitó desde la beligerante confrontación con las élites de la llamada “troika” (Fondo Monetario Internacional, Comisión Europea y Banco Central Europeo) hasta la humillante capitulación incondicional ante el Diktat neoliberal.

En cuanto a la presunta disidencia española del tipo B, las élites parecen estar tranquilas. Un informe del HSBC (The Hong Kong and Shanghai Banking Corporation), citado por el diario Expansión el pasado mes de marzo, sostenía que una eventual coalición de Vox con Ciudadanos y Partido Popular “podría ser bienvenida por los mercados porque es pro-business[2]. Vox aboga por una rebaja tributaria generalizada y la supresión de determinados impuestos; prevalencia del contrato de trabajo sobre el convenio colectivo y supresión de la ultraactividad de los convenios; acotamiento de la discrecionalidad judicial sobre la aplicación de la legislación laboral; indemnización única de 20 días por año trabajado con un máximo de doce mensualidades; eliminación el salario mínimo para los jóvenes y rebaja de las cotizaciones sociales y paulatina privatización del sistema de jubilación. Igualmente pide la privatización de Aena e Indra, así como de la participación del Estado en Enagás y Red Eléctrica. También propugna el otorgamiento de concesiones en la señalización o el mantenimiento de las redes ferroviarias o en la gestión de las líneas de transporte de alta velocidad [3]. Por supuesto, los dirigentes de Vox son entusiastas defensores del actual papel geoestratégico del estado de Israel, incondicionales admiradores del presidente Donald Trump y, como no podía ser de otra forma, mantienen una relación privilegiada con Steve Bannon, el que fuera director de campaña del actual residente de la Casa Blanca y en la actualidad coordina The Movement, una factoría ideológica y táctica al servicio de buena parte de los populistas disidentes del tipo B.

Invito al paciente lector que ha llegado hasta esta conclusión a que coteje propuestas y virtualidades de los actores españoles, de los tipos A y B indicados, supuestamente disidentes del esquema de dominación de las élites globales. Con toda seguridad, el paciente lector no es miembro del Council on Foreign Relations, de la Trilateral Commission ni del Bilderberg Meeting. Por varias razones, la principal de ellas es que quien pertenece a estas élites de la globalización conoce perfectamente que nada ha de temer nuestros disidentes españoles. Ni del grupo A ni, mucho menos, del grupo B.

[1] CREDIT SUISSE, Research Institute. Global Wealth Report 2018. En línea en

https://www.credit-suisse.com/media/assets/private-banking/docs/uk/global-wealth-report-2018.pdf

[2] POLO, Amparo, “ Así es el programa económico de Vox”, Expansión, 29-3-2019. En línea en: https://www.expansion.com/economia/2019/03/29/5c9dbc6c468aebbb1c8b45a7.html

[3] VOX, Programa electoral, junio 2016. En línea en https://www.voxespana.es/wp-content/uploads/2015/12/Programa-electoral-VOX-26-J.pdf

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