Cuando la economía participativa revienta el mercado

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Uber, Cabify, Blablacar, Airbnb … nacieron como plataformas digitales de economía participativa, una iniciativa popular y “progresista” que evitaba los abusos, malas prácticas y precios prohibitivos de los oligopolios del transporte, el turismo, etc. Al mismo tiempo, se generaban razonables beneficios para gente sencilla, la cual nunca habría encontrado la manera de sacar buen provecho a la posesión de un piso antiguo en una gran ciudad o, sencillamente, un humilde vehículo.

Iban a “reinventar” el mercado y, como era de esperar, lo han reventado.

Airbnb es la principal causante de la nueva, salvaje “burbuja del alquiler” que está haciendo imposible el acceso a una vivienda digna en Madrid y Barcelona por menos de 1200/1500€ al mes. Y el fenómeno se extiende poco a poco hasta el último rincón de España. En las islas Canarias, uno de los destinos preferidos por el turismo peninsular y extranjero, el alquiler de apartamentos, adosados, pisos céntricos y “casas rurales” (o sea, casas antiguas en los pueblos) está alcanzando al alojamiento hotelero tradicional en sus niveles de demanda y ocupación.

Lo de Uber y el gremio del taxi ya sabemos cómo va.

Aquellas plataformas digitales son ahora grandes empresas multinacionales que parasitan y controlan los sectores en que intervienen. Todo el mundo se queja, naturalmente. Para quejarnos, somos únicos. Sólo cabe, entonces, preguntarse: ¿todos los que trabajan con UberCabify, todos los que alquilan su pisito en Airbnb, todos los que sacan tajada de la “economía participativa” son agentes necesarios del capitalismo salvaje? ¿Todos son gente insolidaria, oportunista, aprovechada, quizás votantes del PP o Cs o algo aún más neoliberal? ¿No hay entre ellos buenas gentes de izquierda, solidarios que por la mañana se manifiestan pidiendo pensiones dignas y por la tarde alquilan su ático en Gràcia, por 89€ la pernoctación, a una cuadrilla de ingleses beodos?

La “economía participativa”, dejada al albur del mercado, evoluciona sin remedio hacia la fórmula de siempre: ante todo el dinero. Que “la gente”, en aras del beneficio particular, complique la vida del resto de “la gente”, parece asunto secundario. La ley del Sálvese Quien Pueda” se impone a pesar de sus efectos negativos, a menudo dramáticos, para la mayoría de la población (en realidad para toda la población y el completo censo de individuos del común).

En torno a este fenómeno caben muchas y muy distintas consideraciones, todas apresuradas, condicionadas por la relativa novedad y súbito impacto de estos fenómenos; y todas parciales en cuanto a la posibilidad real que contemplan de resolver el nudo del problema: adaptación a los nuevos modelos de negocio y nuevas tecnologías, réplica colaborativa (donde las dan las toman), normativización de actividades por parte de los poderes estatales y autonómicos, incentivos fiscales para “descentralizar” la actividad económica en torno a los núcleos de gestión “participativa”, gravámenes fiscales extraordinarios… Incluso la turismofobia se plantea como alternativa enrabietada para sectores radicales y de poco seso. Entre la obsesión libertarista de dejar al mercado en permanente estado de autorregulación y la obsesión estatalista de exigir a la administración que regule en lo absoluto estos emergentes modos de comercio y dación de servicios, hay infinidad de matices y propuestas parciales; aunque ninguna de ellas, ni por lo moderado ni en los extremos, será capaz de aportar una solución de raíz a la controversia. Pues hay dos cuestiones previas, inevitables, que es necesario resolver antes de pensar en arreglos fragmentarios:

—Asumir que los puntuales avances en nuestra prosperidad económica (como la de muchos países) se fundamenta en el crecimiento de “burbujas”, las cuales, tarde o temprano, estallan y causan más detrimento que la bonanza temporalmente aportada. Las economías participativas y su versión avanzada en forma de multinacionales oligopólicas, son medios idóneos para adaptarse a este tipo de prosperidad ficticia. El auge de Airbnb en España comienza con el exorbitante aumento del turismo en nuestro país, causado a su vez por el abandono de destinos tradicionales, amenazados por la inestabilidad política o el terrorismo (Italia, Grecia, Egipto, Túnez, Marruecos, Francia, Turquía… incluso los USA). En cuanto la vida cotidiana en dichas zonas vuelve a niveles razonables de normalidad, acaba el aluvión turístico monofocalizado y la burbuja se desinfla; aunque, de lógica, queda la tendencia: alquileres abusivos para gente que necesita una vivienda.

—Asumir igualmente que una vez perdido el sentido de lo comunitario en la sociedad, y establecido que no somos un pueblo con un afán de futuro compartido y una voluntad armonizada de resistir y trascender al presente, sino un rejuntado de individuos, cada cual de su casa y condición, los cuales individuos sólo aspiran a “ser felices” y que se respeten escrupulosamente “sus derechos”… En dichas condiciones, decía, todo está perdido. No tiene sentido normativizar ni desregular, imponer cargas administrativas o seducir con incentivos fiscales; al final, cada uno hará lo que mejor le acomode, sin tener en cuenta el interés o el derecho del “otro”, aunque el otro sea su vecino de siempre.

Las recetas económicas (incluso las no-soluciones en el credo libertarista), resuelven, como mucho, algunos conflictos de raíz exclusivamente económica. Pero cuando la base de la disensión afecta al núcleo del entramado social en el que nos desenvolvemos, “los valores” de cada día, la cohesión ciudadana en torno a principios irrenunciables y el compromiso decidido con el futuro, entonces no caben remedios de hoja de cálculo: la solución es política o no es solución.

(Ahora pensemos en un partido, una línea de pensamiento, una corriente de opinión que anteponga los intereses generales de la ciudadanía por encima de cualquier otro: si no nos tildan de “fascistas”, nos dirán cualquier otra burrada).

Cuando una sociedad renuncia a ser ella misma (bajo cualquier bandera y por cualquier ideario, aunque las ideas motores sean tan pueriles como el discurso sobre el “lugar llamado mundo” al que nos aboca la “economía digital participativa”), esa misma sociedad se entrega sin condiciones a la lógica implacable del mercado y nada más. Acabada la patria, el ciudadano queda aniquilado. Llega el individuo feliz-quejica sin más identidad ni propósito que su propio yo, del que nace esclavo y del cual no se liberará hasta el día irrelevante de su irrelevante deceso. Y ese es el futuro, a menos que alguien lo remedie.

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