Contra Occidente

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Todos sabemos que Occidente existe, al menos como concepto, pero no es fácil definirlo, ni siquiera representarlo como una entidad real, aunque al menos puedan identificarse sus orígenes. ¿Qué es exactamente Occidente? Es un término muy usado, pero en tantos sentidos… ¿Es una región? ¿Es Europa? ¿América? ¿Ambas? ¿Una civilización? ¿Un conjunto de países ricos? ¿Una forma de vivir, de sociedad? ¿Una moral o una ética? ¿Una religión, un estado de ánimo? Y sobre todo, ¿existe Occidente? Y si existe, ¿es un imperio del bien o del mal?, ¿es un concepto mundial, universal?, ¿es un ciclo histórico?

La indagación comienza por el significado de la palabra, “Occidens”, del verbo occidere, caer, desaparecer, morir. El lugar por donde se acuesta el Sol. Opuesto a Oriens, Oriente, el lugar del Sol Naciente, el lugar del nacer, del subir. La cuna de la civilización. Por tanto, Occidente es, desde el principio, una civilización decadente, poniente. El ocaso. Una civilización que siempre está muriendo para volver a nacer de nuevo como el “Ave Fénix”, renovada y rejuvenecida. De ahí que Occidente sea una cultura activa, en cambio constante.

Pero de ahí también que Occidente no pueda existir solo: necesita a Oriente, se complementa con él, viene de él. E igualmente de ahí que los conceptos de Oriente y Occidente sean relativos, pues se han definido desde un punto de referencia: desde Atenas y Roma, desde la visión de la Tierra que tenían los antiguos.

A lo largo de la historia, el término Occidente ha ido designando regiones distintas. En la Antigüedad solo incluía a una parte de Europa, excluida Escandinavia (que se decía poblada por unos bárbaros, los “hiperbóreos”) y excluidas también las llanuras de Europa central, los países bálticos, Polonia, Dinamarca y las regiones norteñas de Gran Bretaña (Irlanda, Escocia). Andando el tiempo, Occidente añadió nuevas regiones; por ejemplo, a fines del siglo V d.C., Roma se dividió en dos imperios: Bizancio y Occidente, de manera que Turquía pasó a formar parte del mundo occidental. Hoy día, Occidente es sobre todo la Europa tecnológica y liberal que encarnan Alemania, Inglaterra y los países escandinavos (es decir, la Europa del Norte que antes estaba excluida), pero también Estados Unidos. Y a medida que nos acercamos a Asia, es decir, a Turquía y Rusia, empiezan los problemas: ¿son estos países occidentales u orientales? ¿Son europeos o asiáticos?

En la Edad Media, Occidente era sobre todo cristiano y católico y Oriente se hizo cristiano ortodoxo. Pero cuando comenzó la expansión árabe y la dominación del Imperio Otomano comenzó la oposición entre un Occidente cristiano y un Oriente musulmán.

Entonces, ¿qué es Occidente? Pues más que un concepto geográfico, es una forma de sociedad, un conjunto de convicciones y actitudes. Los griegos, en los siglos VI y V a.C. inventaron el teatro, la democracia, la ciencia, la filosofía y valores universales como la “virtud” o el “valor”. Llamaban “bárbaros” a los pueblos no griegos, que no eran ciudadanos libres, que eran súbditos de algún emperador o rey o faraón. Pero los griegos se daban a sí mismos las leyes y formaban ciudades autónomas. Creen en la razón más que en los dioses. No reciben nada del más allá (otorgamiento, revelación), sino que lo conquistan por sí mismos (autodeterminación, autonomía). No se someten a Dios, sino que separan la política y la religión. El Islam, en el siglo IV d.C., hace justamente lo contrario: la religión es la fuente del derecho, lo político y lo religioso se unen en el Estado. Para los griegos, ser griego es una actitud. Isócrates decía que se llamaba “griegos más a las personas que participan en nuestra educación que a aquellos que comparten nuestro mismo origen”. Solo quedan fuera los “bárbaros”: los que no son –porque no quieren ser– griegos.

Luego, los romanos heredaron la cultura griega y con sus legiones conquistaron el mundo y crearon el Imperio. Ser ciudadano romano era una forma de libertad. Ellos fueron grandes ingenieros, anticiparon la importancia de la ciencia y la tecnología. Comunicaron el mundo conocido: acueductos, vías, puentes, termas, fuentes públicas, urbanismo, almacenes… Lo organizaron: administración provincial, regional, imperial. Crearon la idea de la “doble patria”: cada ciudadano puede tener su patria de nacimiento y ser romano de adopción.

Y al final del Imperio se impuso el cristianismo a las demás religiones antiguas y la Iglesia forjó una nueva identidad para Occidente. Pero hoy día esta identidad entre catolicismo y occidentalidad ya no es tan evidente. En Occidente hay católicos, protestantes, ortodoxos, ateos, paganos, escépticos, agnósticos, musulmanes, budistas…

En la Edad Moderna, con el Renacimiento, Occidente se desarrolló extraordinariamente. Dominó el comercio mundial, el oro y la plata llegados de América. Creó el sistema bancario y el capitalismo mercantil. Realizó los grandes descubrimientos científicos, desarrolló la técnica, el transporte y la industria.

En los siglos XVIII y XIX, con la Revolución Francesa y la Revolución Industrial, empieza el dominio universal de Occidente. Y desgraciadamente también el racismo: la raza blanca era superior. Y Occidente era blanco. Pero ahora Occidente tendrá que incluir a Estados Unidos, que en el siglo XX se convirtió en el país más poderoso del planeta. Occidente ya no es solo Europa. Tras la Segunda Guerra Mundial, todo cambia, comienza la política de bloques: el occidental (Norteamérica) y el oriental (URSS, China). Occidente se identifica con la OTAN, creada en 1949, y los llamados “países del Oeste”. El bloque soviético se identifica con el Pacto de Varsovia. Son los países del Este. Surge la amenaza nuclear.

En 1989 cae el Muro de Berlín y se derrumba el bloque soviético. Desaparece la URSS, pero China cobra mucha fuerza. Aunque los países asiáticos –la propia China, Japón, Corea del Sur, Taiwán, Hong-Kong, Singapur, Malasia…– se occidentalizan.

Hoy Occidente se identifica con los países ricos (Estados Unidos y Europa, pero también Canadá y Australia) frente a los pobres (de África y Asia principalmente, y también de América Central y del Sur). Pero   hay   grandes   potencias   “regionales”   o   emergentes, como India, Sudáfrica y Brasil. ¿Serán occidentales en el futuro próximo, lo son ya? Estos países son competidores comerciales de Estados Unidos y Europa por un lado, pero también son clientes y socios por otro.

Hoy día, experimentamos la “globalización”, que es también una forma de occidentalización del mundo, de creación de un comercio mundial, de una “aldea global” interconectada e interdependiente. La informática, las redes telemáticas, la televisión, el teléfono, el ordenador, los aviones, pero también la música, el cine, la moda, las multinacionales, los best-seller, están creando una cultura común en el planeta.

Alain de Benoist, en un editorial de la revista Éléments titulado “Olvidar Occidente”, se preguntaba qué es Occidente, recordando cómo «Raymond Abellio observaba que “Europa se fija en el espacio, es decir, en la geografía, a diferencia de Occidente, que es portable”. De hecho, Occidente ha continuado viajando y cambiando de dirección. En un principio este término significaba la tierra donde se pone el sol (Abendland), en oposición a la tierra del sol naciente (Morgenland). Comenzando con el reinado de Diocleciano a finales del siglo III d.C., la oposición entre el Este y el Oeste se redujo a la distinción entre el Imperio Romano de Occidente (cuya capital era Milán y luego Rávena) y el Imperio Romano de Oriente en Constantinopla. El primero de ellos desapareció en el año 476 d.C., con la abdicación de Rómulo Augústulo.

Después, Occidente y Europa se unieron para siempre. Sin embargo, a partir del siglo XVIII, el adjetivo “occidental” salió a la luz en las cartas náuticas que se refieren al Nuevo Mundo, también llamado el “sistema americano”, en oposición al “sistema europeo”, o el “hemisferio oriental” (que luego incluiría Europa, África y Asia).

En el período de entreguerras, Occidente, siempre después de haber sido asociado con Europa, como por ejemplo en la obra de Spengler, fue contrastado con el Oriente, que se convirtió en un objeto de fascinación (René Guénon) o en un espantapájaros (Henri Massis). Durante la Guerra Fría, Occidente –incluida Europa occidental y sus aliados anglosajones como Inglaterra y Estados Unidos–, situó a ambos en ese momento frente a el “bloque del Este”, dominado por la Rusia soviética. Este punto de vista fue lo que permitió a los EE.UU. legitimar su hegemonía, sobreviviendo al colapso del sistema soviético.

Hoy, Occidente ha adquirido nuevos significados. A veces puede tener uno puramente económico: “Western” son todos los países modernos desarrollados e industrializados, como Japón, Corea del Sur y Australia, incluidos los países de la antigua “Europa del Este”, América del Norte o América Latina. “Ex Oriente lux, Luxus ex Occidente”, (La luz viene desde el Este; el lujo viene del Oeste), dijo en tono de broma el escritor polaco Stanislaw Jerzy Lec. Occidente está perdiendo su contenido espacial sólo para terminar fusionándose con la noción de modernidad. A nivel mundial y como la última encarnación de resistencia al furor orientalis, a los ojos de los occidentales, Occidente se opone al Islam. En consecuencia, existe una división fundamental que separa el sistema “judeocristiano” occidental del “árabe musulmán” oriental, y algunos no dudan en predecir que la lucha final de “Roma” e “Israel” –la guerra de Gog y Magog– culminará en la era mesiánica.

En realidad, no existe nada que manifieste un unitario “Occidente”, al igual que no hay homogeneidad en el “Oriente”. En cuanto a la noción del “Occidente cristiano”, que ha perdido todo su significado desde que Europa se hundió en la indiferencia y el “materialismo práctico”, y en vista del hecho de que la religión se ha convertido en un asunto privado, Europa y Occidente se han visto completamente desarticulados entre sí –hasta el punto de que la defensa de Europa a menudo significa la lucha contra Occidente–. Ya que no está relacionada con un dominio geográfico, por no hablar del cultural, la palabra “Occidente” se debe olvidar para siempre. Y hablar más bien de Europa.

Dice Alain de Benoist que, repentinamente, Europa quiso acceder a una misión universal, «un deseo que no se encuentra en otras culturas. Jean-François Mattei habla, con razón, acerca de la “visión teórica de lo universal”. Esta idea de lo universal ha degenerado más adelante en el universalismo, que originalmente tenía un carácter religioso y luego un carácter laico (sólo hay tanta distancia entre lo universal y universalismo como la hay entre la libertad y el liberalismo). En su búsqueda de la igualdad, el universalismo se reduce a la ideología de lo mismo, a expensas de la diferencia, es decir, en la afirmación de la primacía de la unidad frente a la multiplicidad. Pero también refleja el etnocentrismo oculto hasta el punto de que, cualquier idea de universal inevitablemente refleja una determinada concepción de lo universal».

Entonces, ¿qué es Occidente, qué representa? ¿El progreso, la razón, la ciencia y la técnica? O, por el contrario, ¿la explotación, la dominación, el exterminio, la hipocresía? Algunos adversarios de Occidente lo reducen al capitalismo y la colonización. Pero no hay que olvidar que algunos de los países más ricos del mundo son los árabes, y su sistema de justicia social es cuando menos cuestionable. Otros ven en Occidente una sociedad sin Dios, libertina y salvaje, insolidaria y vil, atea, hereje y sin respeto por lo humano, deshumanizada y maquinista. Otros han criticado a Occidente por genocida, esclavista, explotador… España, Portugal, Holanda, Francia, Bélgica, Alemania, Italia, Gran Bretaña han masacrado pueblos y culturas, han torturado y matado. En Francia, por ejemplo, la esclavitud no fue oficialmente abolida hasta 1848. En América, la conquista del Oeste conllevó el exterminio de las culturas amerindias.

Lo que está claro, pues, es que Occidente es una representación, escenifica lo mejor y lo peor de la especie humana. Y para que podamos representarlo, debemos constatar la herencia de tres grandes aportaciones: el elemento grecorromano, el elemento judeocristiano y el elemento tecnocientífico.

  • La cultura grecorromana nos da el uso exacto de la lengua, el razonamiento, el debate público, la educación basada en la tradición clásica, los valores fundamentales (virtud, honradez, veracidad, valor…), la idea de ciudadanía y de patria y de “lo bárbaro” (lo extranjero).
  • El elemento judeocristiano es también fundamental y coexiste con el antisemitismo cristiano, muy presente en Occidente (España, Francia, Inglaterra, Rusia, Alemania…). Las ideas de pecado, confesión, arrepentimiento; prohibido matar, robar, adulterar; el respeto a la vida humana; la dignidad de todas las personas; el respeto a los padres, todo eso es judeocristiano. Occidente se hizo cristiano en la Edad Media (a partir del año 1000 más o menos, cuando fueron evangelizados territorios remotos como Irlanda y Escandinavia) frente al Oriente Próximo y Medio, que es musulmán, y el Extremo Oriente, que es taoísta, budista o hinduista. A medida que Occidente se expandió, también lo hizo el cristianismo. Aunque pronto surgen divisiones: la Iglesia de Occidente se hace católica (obedece al Papa de Roma) y la de Oriente, se convierte en ortodoxa (obedece a los popes).
  • Con el Renacimiento, Occidente dejó de ser tan cristiano, comenzó la crítica de los libertinos, los librepensadores y los filósofos. Empiezan las guerras de religión, aparece el protestantismo. Desde el siglo XVIII, con la Ilustración, progresó el ateísmo. Y en el XIX progresó la crítica a la religión, con teorías científicas como el racionalismo, el positivismo, el experimentalismo… Lo cierto es que el Occidente subdesarrollado de la Edad Media se convierte en el Occidente hegemónico a partir del Renacimiento. En la Edad Media, China poseía una gran civilización en ciencia, técnica y arte. También la India cultiva la filosofía y es esplendorosa. Y en los países árabes se desarrollan las matemáticas, la medicina, el saber heredado de los griegos. Pero en Occidente hay una regresión bárbara, disminuyen las ciudades, hay inseguridad en los caminos, desparecen los intercambios comerciales. Todo eso cambia con el Renacimiento y la nueva mentalidad científica. Resurge el optimismo, hay expansión por América, pero también genocidio de culturas (mayas, incas, aztecas). La técnica y el comercio dieron el poder a Occidente. Sevilla, Venecia, Rotterdam, Ámsterdam son plazas comerciales y centros financieros. En el XVIII se crean los bancos centrales y las monedas fiduciarias, que permiten crear dinero con unas escrituras, basándose en un sistema de confianza. La mentalidad científica hace florecer la crítica, el análisis, la verificación, la refutación, la actitud de curiosidad, de indagación permanente, el deseo de libertad, el individualismo, la desconfianza… Hay una lucha titánica entre religión y ciencia, entre política e Iglesia. En 1789 se proclamó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Y en 1948 se proclamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

En los siglos XIX y XX Occidente lo domina todo. Y esto también tiene su cara sombría, por supuesto. En el siglo XX, con la Primera y la Segunda Guerra Mundiales, Occidente, por primera vez, se volvió contra sí mismo. Y casi se aniquila. Los monstruos del totalitarismo (fascismo, nazismo, comunismo) lo hicieron cabalgar hacia la destrucción total.

La dificultad de enfrentarse al concepto de Occidente viene de que se trata sólo de una de las civilizaciones existentes, entre otras varias, pero que es también en la que nacieron históricamente muchas de las ideas son patrimonio común de toda la humanidad, es decir, universales. Aportaciones como los derechos humanos, la democracia o la economía de mercado han surgido en el marco occidental, pero se han convertido prácticamente en el denominador común de todas las sociedades humanas, todas imitando el modelo o paradigma occidental. ¿Cuál es pues la especificidad de Occidente? Algunos autores creen que hay que buscarla en el legado de una historia milenaria, otros en la exportación de los llamados “valores universales”, otros, finalmente, consideran que el modelo occidental está hoy representado por los valores angloamericanos a los que hemos hecho referencia (liberalismo, democracia representativa, economía de mercado, religión de los derechos humanos, globalización, etc.). Estos últimos subrayan que la civilización occidental ha supuesto el triunfo del individualismo, del liberalismo, del mercantilismo, del democratismo y del universalismo. Todo lo cual supone la difícil admisión del concepto de que el pluralismo conduce a un orden autoorganizado, en contraposición con el orden natural con el que a veces sueña una cierta derecha y con el orden estatal al que a veces aspira una determinada izquierda. Los defensores de Occidente no cesan de fijar fronteras, limitándolo, por ejemplo, a Europa occidental, Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, excluyendo, aunque sea de manera provisional, a Europa oriental y a Iberoamérica. Y tampoco dejan de preconizar una Unión Occidental Euroatlántica que se opondría a la idea inversa de una Unión Eurasiática. Olvidan los defensores de Occidente que éste, en su versión americanocéntrica, no tiene límites ni conoce fronteras.

A partir de los años setenta del siglo pasado, la Nouvelle Droite atacó el mismo concepto de “Occidente”. La idea general era que este término comprendía algo más que un sentido económico (países occidentales = países desarrollados), y que Europa, como una forma de cultura y civilización, además de unos valores de referencia, tenía también intereses fundamentalmente diferentes de los estadounidenses. En ese momento, que era el de la “guerra fría”, la Nueva Derecha reaccionó contra el mito del “mundo libre”, representado por la oposición de Estados Unidos a la Unión Soviética y materializado abrumadoramente por el “nacional-liberalismo”. La sensación era que Europa debía recuperar las condiciones de su autonomía sin involucrarse ni alinearse con esos bloques. El objetivo era situarse fuera del orden bipolar heredado de Yalta, para escapar de la “pinza” que había enajenado su independencia, una “pinza” no sólo política, sino también metafísica (como Heidegger había visto).

Esta crítica de Occidente tiene también una dimensión histórica. Desde el principio, esta “escuela identitario-diferencialista” se opuso a las doctrinas universalistas, tanto en sus formas religiosas como seculares. El universalismo es un etnocentrismo oculto: se elevan ciertos valores específicos a la categoría de universales –en este caso, los valores occidentales– y se impone su adopción por parte de todas las culturas de la tierra, en detrimento de sus propios valores, como una perspectiva posible, deseable y necesaria. En los dos milenios anteriores, Occidente dejó de ser una tierra de conversos para pasar a imponer esa conversión por todos los medios: las diferentes culturas del mundo

Pero la Nueva Derecha irá más allá de esa denuncia, alertando de la amenaza igualitaria que comenzaba a manifestarse mediante la uniformización del mundo por la extensión del modo de vida norteamericano, identificando al enemigo como el Occidente americanomorfo, atlantista y mundialista. El nuevo pensamiento identitario consideraba que «Europa debe estar unida frente al paradigma de la modernidad decadente, del materialismo y del sepulturero de la tradición, el modelo demoliberal que su agente privilegiado, los Estados Unidos, quiere imponer a todo el planeta».

Se trataba, en definitiva, de una profunda reflexión sobre Europa y sobre la fractura introducida, en las relaciones internacionales, por la llamada línea del “hemisferio occidental”, la línea global de división del mundo introducida por la americanista doctrina Monroe y utilizada «de modo tal que los estados Unidos sean identificados con todo aquello que de moral, civil o político hay en la sustancia de ese hemisferio. Línea, por lo tanto, políticamente antieuropea, trazada para distinguir el reino americano de la moralidad, de la paz y del derecho, del mundo tradicional y belicoso representado por Europa. La preeminencia dada a los factores económicos se incardina en una determinada concepción del mundo en la que domina la inversión de los valores y órdenes del mundo indoeuropeo tradicional, de lo que los néodroitiers llaman, remitiéndose a Dumézil, la ideología europea.

La civilización occidental es la civilización planetaria, hija pródiga y bastarda de Europa, dominada por el modelo americano, y encaminada a universalizar la primacía absoluta de la sociedad comercial y del igualitarismo individualista. Por tanto, es muy importante no confundir Occidente con Europa. La civilización occidental no cubre ya ningún valor étnico, sino que se confunde con un proyecto de civilización cosmopolita copiado sobre el modelo americano. Partiendo de Europa, esta civilización occidental se revolvió trágicamente contra ella, imponiéndose como modelo universal. Conviene, pues, oponer la civilización occidental a la civilización europea. La civilización planetario-occidental se caracteriza, en primer lugar, por la primacía absoluta de la economía sobre cualquier otra consideración, sin ninguna preocupación seria de las consideraciones ecológicas, étnicas o sociales. A continuación, por la ignorancia del concepto de pueblo y, obviamente, de patria, planteándose como una sociedad que tiende a minar y reducir toda soberanía y toda voluntad política. Se caracteriza también por no estar ya fundada sobre ninguna espiritualidad, sobre ningún valor trascendente e inmaterial; mucho mejor de lo que lo hizo el comunismo, encontrando además, tanto en la hipócrita religión de los derechos humanos como en el culto de la democracia formal, los simulacros de legitimación espiritual.

La Europa contemporánea es víctima de la ideología que ella misma creó, a partir de la filosofía de la Ilustración del siglo XVIII (Aufklärung) y que se puede denominar “ideología occidental” o también “ideología mundial”. Esta ideología está fundada en las siguientes concepciones: 1) El individualismo absoluto y la búsqueda de la felicidad por el materialismo económico; 2) Una interpretación de la técnica como divinidad capaz de aportar la felicidad y de sustituir a la espiritualidad; 3) La afirmación de la igualdad de todos los seres humanos y, por consiguiente, la negación implícita de la idea de pueblo y comunidad; 4) La negación de lo divino y de la herencia de los antepasados; 5) La creencia en el “desarrollo” económico y en el “progreso” infinitos de la humanidad como forma suprema de felicidad colectiva e individual; 6) La fe absoluta en la “razón” (racionalidad instrumental); y 7) La eliminación de todas las identidades étnicas de Europa.

Se rompía así la presunta unidad occidental. En realidad, el antiamericanismo identitario no se opone tanto a los Estados Unidos como al Occidente americanomorfo: nombrar a Occidente es señalar a Norteamérica, patria del igualitarismo cosmopolita, del imperialismo mercantilista, la democracia de masas, del culto al dólar y del “biblismo”.

La designación de Estados Unidos como “el enemigo americano” y la ruptura de la presunta unidad de la civilización occidental, supuso un auténtico hito en el pensamiento de la derecha, siempre liberal y partidaria del americanismo, más centrada en un defensivo anticomunismo que en una reivindicación del europeísmo matricial. Sin embargo, cierta disidencia neoderechista, crítica con las posiciones antiamericanas, y representada, sobre todo, por el díscolo Guillaume Faye, siguiendo la dialéctica conflictual schmittiana, venían a definir a los Estados Unidos como un competidor y un adversario (inimicus), antes que como un enemigo hostil (hostis). En definitiva, se proponía el retorno a la vieja idea de Occidente de los tiempos de Europe Action, alejándose de las tesis del “cáncer américain” de Robert Aron y Arnaud Dandieu: Europa y Norteamérica proceden de la misma matriz étnica, por lo que era posible pensar en una alianza entre los dos bloques continentales, especialmente contra el “nuevo y diabólico enemigo”, el Islam. Para ellos, considerar el nuevo imperialismo americano, manifestado explícitamente mediante formas tanto militares como tecnoeconómicas, como una ofensiva amenazante y mortífera contra Europa, sería indicio de un antiamericanismo obsesivo e histérico, típico de la mentalidad del “colonizado”, y que resultaría contraproducente para Europa, incapacitándola para reconocer a los verdaderos enemigos de Europa, que ya no provienen del expansionismo yanki o de la imposición del “american way of life”, sino de la invasión islámica procedente del sur y de una quintacolumna político-intelectual que justifica y legitima el asentamiento de estos nuevos colonos en territorio europeo.

Pero quizás la pregunta fundamental gire en torno a qué civilización podrá surgir de la decadencia occidental y del declive europeo. Alain de Benoist dixit: «La verdadera cuestión es si existe otra cultura que, después de haber abrazado la modernidad, pueda ofrecer al mundo una nueva forma de dominio de lo universal, tanto en la teoría como en la práctica, o para el caso, si la cultura occidental, después de haber llegado a su fase terminal, podría dar a luz a otro tipo de civilización. De hecho, cuando una cultura llega a su fin, otra puede sustituirla. Europa ya ha sido escenario de muchas culturas y, por tanto, no hay ninguna razón por la que no puede volver a ser la patria de una nueva cultura».

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