Contendientes en el caos ruso de 1917

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El 23 de febrero de 1917, en San Petersburgo, estallaron una serie de revueltas que terminaron con la abdicación del zar de todas las Rusias, Nicolás II, y con la posterior proclamación de un Gobierno provisional. Era el fin del autocrático Imperio ruso y el inicio de uno de los períodos más convulsos de la historia de Rusia. En octubre, los bolcheviques —con Vladímir Ilich Uliánov, «Lenin», a la cabeza— dan un golpe de Estado y asumen el poder eliminando a sus rivales políticos: es el comienzo de la guerra civil rusa, que se internacionalizaría rápidamente. Aquélla no solo enfrento a la facción roja con la blanca, sino también a múltiples grupos, organizaciones e incluso aventureros individuales que se sumaron a la melé de todos contra todos en que se había convertido el antiguo Imperio.

En el bando soviético primó la disciplina y la capacidad de liderazgo. Por el lado político, impusieron la dictadura del proletariado, que, citando a Lenin, se explica muy bien: «La dictadura es un poder que se apoya directamente en la violencia y no está sometido a ley alguna». Para aplicar esa violencia revolucionaria se creó la primera policía político-militar, la tan tristemente famosa Checa. Mientras, por su parte, León Trotski reorganizó el Ejército Rojo, por lo que los bolcheviques comenzaron el conflicto bajo un único liderazgo político —Lenin— y militar —Trotski— frente a sus enemigos, que no logran coordinar un frente unido. El sector antibolchevique es un maremágnum: hablamos del llamado Movimiento Blanco, al que damos este nombre por definirlo, ya que, al carecer de coordinación central, no puede calificarse como movimiento sino de esfuerzos inconexos de una serie de altos oficiales rusos, véanse l almirante Kolchak, en Siberia; el general Denikin, del Ejército de Voluntarios; el general Wrangel, en Crimea; y otros militares que, aunque lograron algunos éxitos militares, vieron cómo su incapacidad para presentar un frente cohesionado ante los bolcheviques y la ausencia de apoyo popular para sus políticas (que pretendían reinstaurar el antiguo Imperio Ruso) les llevaron a la derrota militar.

Con estos dos bandos en guerra sería suficiente para iniciar una guerra civil, pero, en este caso, nos encontramos con otros contendientes en liza, lo que aumentaría aún más, si cabe, el caos y el terror en la zona. Los anarquistas, con Néstor Majnó a la cabeza, se alzaron en Ucrania, creando el Territorio Libre o Majnovia; el Ejército Negro, ya que de este color eran sus banderas, combatió contra los blancos y los bolcheviques hasta que fue desarticulado y su líder marchó al exilio, en 1921; también intervino el Ejército Verde, que no era propiamente un ejército organizado pero agrupaba a una multitud de grupos de campesinos que tomaron las armas contra el resto de las facciones, en autodefensas que se limitaban a asegurar su propia zona y expulsar al resto de contendientes. Aleksandr Solzhenitsyn compara a estos grupos con la rebelión de la Vendée, en la Francia revolucionaria, o con las rebeliones de otras organizaciones como la de los cristeros en México. Los campesinos, al ver amenazados su religión y su modo de vida por la autoridad gubernamental, se alzan en armas; su relación con los bolcheviques siempre fue problemática, y el terror rojo se cebó indiscriminadamente con ellos. Los eseristas, miembros del Partido Social Revolucionario, fueron el principal rival de los bolcheviques hasta 1917. Kérenski era el presidente del Gobierno Provisional. Languidecieron a lo largo del conflicto y fueron finalmente purgados en los años 20.

En el Asia Central estalla la revuelta de los Basmachi y aparece uno de esos aventureros de los que hemos hablado más arriba: Enver Baja era un militar turco que, como miembro de los Jóvenes Turcos, llegó a ocupar el cargo de ministro de Guerra en el Imperio Otomano; participó en el genocidio armenio y, tras el final de la I Guerra Mundial, escapó a la Rusia soviética para ofrecer sus servicios. Enviado por los rusos a Asia Central, traicionó a sus antiguos amos y lideró una facción de los Basmachi con el sueño de crear un Estado pantúrquico, muriendo en 1922 frente a los soviéticos. La Legión Checoslovaca fue una potencia regional a tener en cuenta en el conflicto. Tras el tratado de Brest-Litovsk entre las potencias centrales y la Rusia Soviética, esta unidad debía ser evacuada por el Transiberiano, rumbo a Estados Unidos. La traición de los soviéticos hizo que la Legión tomara las armas para lograr su repatriación; tras ocupar ocho vagones repletos de oro de la Rusia imperial, consiguió negociar su salida del avispero ruso en 1920. La marcha de la Legión Checoslovaca, a través del Transiberiano, en dirección a Vladivostock, recuerda a la historia del Anabásis o Expedición de los 10.000 de Jenofonte. El general Semionov es otro de esos individuos que florecieron en esta época de crisis; convertido en señor feudal de una parte de Siberia y apoyado por los japoneses, resistió a los soviéticos hasta 1921. El Barón Ungern es, quizás, el más conocido y peculiar aventurero de esta época; noble y militar, caudillo de los Rusos Blancos, conquistó Mongolia y proyectó crear un Imperio en Asia Central, como Gengis Khan, un dios destructor que espera regar de sangre la estepa, inmortalizado en el libro Bestias, hombres y dioses de Ossendowski.

Ahora enumeraremos las diversas facciones nacionalistas que surgieron al calor del conflicto ruso. En Ucrania, los Imperios Centrales impusieron un Estado títere, el Hetmanato, pero su derrota en la I Guerra Mundial provocó su caída y el surgimiento del Directorio. El Directorio se enfrentó por igual a blancos y bolcheviques, y, en 1920, llegó a un acuerdo con Polonia; bajo la dirección de Jozef Pilsudski, los polacos habían logrado la independencia, y, ahora, aspiraban a ampliar sus fronteras hacia el Este, para restituir la República de las Dos Naciones (la Miedzymorze, que en polaco significa entre mares). Este proyecto fracasó, por el escaso interés de las naciones a las que se había invitado a la Federación, como Lituania y Ucrania; el nulo interés que despertó una Polonia fuerte en la Europa Occidental; y la derrota en la guerra polaco-soviética de 1921. Los cosacos de Kuban apostaron por la República Popular de Kuban, que se mantuvo dividida entre los que apostaban por una alianza con los blancos para reconstruir Rusia y los que apostaban por la independencia, triunfando éstos últimos, en un gesto que fue visto como una de las muchas puñaladas traperas que se infligían, unos a otros, los antibolcheviques. En la zona del Báltico, la URSS no recupera los territorios del antiguo Imperio ruso; Letonia, Estonia y Lituania logran su independencia durante la I Guerra Mundial, y se mantienen así hasta los prolegómenos del segundo gran conflicto. Finlandia sufre una cruenta guerra civil, de la que salen vencedores los blancos. Mientras, en el Cáucaso, Azerbaiyán, Armenia y Georgia fueron anexionadas por los soviéticos, entre 1919 y 1920.

 

No solamente debemos contar con los combatientes nacionales en el caos que surgió del derrumbamiento del Imperio, sino que, a éstos, debemos sumar la intervención de los aliados en Rusia, a partir de la firma de la paz de Brest-Litovsk por parte de los soviéticos y de los Imperios Centrales. La misión internacional, formada por catorce países, pasó de hostigar a las Potencias Centrales a apoyar a los Ejércitos Blancos. La derrota de sus aliados locales propició que los aliados se retiraran de territorio ruso en 1920, siendo el Imperio japonés el último en abandonar la zona, en 1922. Significó esto el fin de la República del Lejano Oriente, que hacía de Estado colchón entre la URSS y Japón.

Pese a las victorias militares soviéticas, la revolución comunista no se extendió por Europa. En Alemania, el levantamiento espartaquista de 1919 fue reprimido por el Gobierno socialdemócrata con la ayuda de los Freikorps, fuerzas paramilitares nacionalistas. La República Soviética de Hungría, junto a la de Eslovaquia (de Bela Kum) fue también muy breve, y cayó derrotada ante los rumanos.

El convulso siglo XX se iniciaba, con la I Guerra Mundial, en 1914, y se daba por terminado, con la disolución de la Unión Soviética, en 1991. Por ello, podemos deducir que la Revolución rusa y sus consecuencias políticas, sociales, geoestratégicas, ideológicas, etc. marcaron claramente el siglo XX.

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